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Facebook Messenger Kids. ¿De verdad era necesario?

Cuando pensé que nada podría ya sorprenderme acerca de las redes sociales y su relación con los niños, va Facebook y anuncia el lanzamiento de su red de mensajería para pequeños ¡de 6 a 12 años! ¿Se nos ha ido la cabeza? Sigue leyendo “Facebook Messenger Kids. ¿De verdad era necesario?”

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Crear una comunidad en redes sociales: nace @AvilaTuitera

¿Qué hacen una periodista, un vigilante de seguridad, un empresario, un cocinero, un policía, una experta en marketing y un experto en cochinillos, desayunando juntos tarta de queso con membrillo? Esto, que puede parecer el inicio de un chiste, es el germen de la mejor experiencia que he vivido últimamente en redes sociales.

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Consejos para un ‘Black Friday’ responsable y práctico

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Lo confieso. Sí, yo también he caído. No es fácil resistirse. Te ponen el cebo … y picas irremediablemente. Sí, yo también estaba esperando el ‘Black Friday’ como agua de mayo. En fin, consumista debilucha que es una. Y es que, si te puedes ahorrar unos eurillos de las compras navideñas, pues mira qué maravilla, ¿verdad? ¿O no?

Lo curioso del caso es cómo hay quien no sabe lo que es una calbotada (por poner un ejemplo de una tradición popular), pero conoce al dedillo cómo se celebra el Día de Acción de Gracias en Estados Unidos, lo del indulto al pavo, el pastel de arándanos, el clásico partido de fútbol americano por la televisión, y por supuesto el ‘Black Friday’ que llega después de todo ello. Las películas de Hollywood nos han inoculado estas tradiciones propias del país de las barras y estrellas. Y nada, como aquí somos muy de celebrar, y de comprar, y de gastar, pues las importamos y las hacemos nuestras. Y el ‘Black Friday’ se españoliza y se multiplica, y vemos reclamos de la ‘Black Week’, de los ‘Black Days’, del ‘Black Month’ … hasta descuentos ‘ pre Black Friday’ he visto este año. Porque ya que nos ponemos, lo hacemos a lo grande. ¿Para qué conformarnos sólo con un día de gangas?

El ‘Black Friday’ llegó a España hace tan solo seis años, en plena crisis económica, precisamente para intentar incentivar el consumo a base de descuentos masivos. Ahora ya ha entrado a formar parte de nuestro calendario, hasta el punto de que ha modificado nuestros hábitos de consumo navideño. Está previsto que más de un 70 % de españoles realice alguna compra en estos días (un 4 % más que el año pasado), y la media del gasto será de 222 euros. El gigante Amazon vendió el año pasado una media de 352 pedidos por minuto durante la jornada. Ahí es nada.

Y esta moda tiene, además, un componente digital muy potente. Debido a nuestras extensas jornadas laborales, nuestro ritmo de vida tan agitado, y las pocas ganas (cada vez menos) que tenemos de guardar colas en los establecimientos, hay una tendencia on line en alza en esta jornada. De hecho, el perfil del consumidor de esta fecha es un usuario plenamente conectado, que se informa y compra desde el ordenador o el teléfono móvil en plataformas como Amazon o Aliexpress, con el consiguiente ahorro de dinero y de tiempo.

Pero lo que podría ser una gran ayuda para quien pretenda ahorrarse dinero adelantando las compras navideñas, no deja de ser una tentación que no solo conviene analizar desde el punto de vista económico y de estrategia de ventas, sino también desde la perspectiva psicológica del marketing emocional. La publicidad en estos días nos dice que todos saldremos ganando: más compras, más baratas, más trabajo en las empresas. Sin embargo, todo consiste en una trampa en la que el consumidor es susceptible de caer en el momento en que deja a un lado valores y necesidades reales y canaliza la compra como un medio para alcanzar la felicidad: la felicidad de poseer objetos.

La intención del marketing de este tipo de campañas es crear mensajes que generen sensación de urgencia para así incitar al consumidor a hacer una compra impulsiva. Ofertas irrepetibles, sólo por un espacio corto de tiempo. Si no lo haces, te arrepentirás de ello. Y claro, al final caemos. Yo la primera, de hecho. La presión publicitaria es tan potente que puede llegar a dificultar que nos paremos a pensar en la necesidad real del producto.

Lógicamente, comprar todos vamos a tener que comprar en Navidad. Algunos más, algunos menos. A priori, no pasaría nada por adelantar un poco esas compras. Pero para evitar caer en estas trampas consumistas, conviene tener en cuenta una serie de consejos, de cara a que nuestros bolsillos no se resientan, no adelantemos la cuesta de enero a diciembre, y seamos unos consumidores más justos y plenamente responsables. Ahí van algunos de ellos:

1.- PLANIFICACIÓN.- Sí, nosotros también podemos hacer nuestra particular carta a los Reyes Magos (la ‘wishlist’ que dicen las ‘it girls’). Haz una lista con los productos que quieras comprar, así como los regalos de cada miembro de la familia. Solo aquello que realmente necesitas o tienes por seguro que vas a regalar. Deja los caprichos para otro momento, y acuérdate de que en sólo unas semanas llegarán las rebajas y también querrás comprar. No despilfarres. Ayuda mucho, también, prever un presupuesto de lo que quieres gastar. Aférrate a él: ni un euro de más de lo que has considerado oportuno.

2.- INVESTIGACIÓN.- Bucea en la Red. Identifica cuáles son esas tiendas donde podrás hacer tu compra según tus prioridades. Revisa sus perfiles sociales. Busca y compara las promociones de unos y otros para encontrar la mejor de todas. Y vigila que las tiendas no hayan subido antes los precios para después hacer el descuento, que suelen hacerlo con demasiada frecuencia. Trabajo de campo muy necesario.

3.- VERIFICACIÓN.- Cuando ya tengas claro qué quieres comprar y dónde quieres hacerlo, asegúrate de la fiabilidad del vendedor, principalmente si es on line. Porque muchas veces esos descuentos maravillosos esconden letras pequeñas no tan maravillosas. Revisa que el producto tenga el IVA, qué política de devoluciones tiene, los gastos de envío y los plazos de entrega, …

Como los Mandamientos, yo voy a resumirlos en dos: cabeza y sentido común. Es hora de comprar … y de ser responsables.

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¿Por qué nos emociona tanto el anuncio de la Lotería?

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Si hay algo que indica que la Navidad se asoma ya en el horizonte (además de ver surgir como setas los turrones y juguetes en los centros comerciales) es la llegada del anuncio de la Lotería. Un acontecimiento que en los últimos años ha tomado tal entidad que tiene incluso presentación propia, con toda la pompa y boato.

El de este año es raro. Raro al estilo Amenábar. Pero raro. Tengo que confesar que a mí me ha sacado alguna lagrimita. Será que ando algo más blanda de lo normal, porque analizando fríamente el contenido, tampoco es que sea tan lacrimógeno como “Los puentes de Madison”. Para gustos, los colores. Pero sí, una vez más, la Lotería apuesta por el componente emocional para ganar adeptos. ¿Para ganar más compradores de boletos? No lo creo. Más bien para ganar en imagen de marca, en tradición, en sensaciones y sentimientos. Van más a la ‘patata’ que al bolsillo. Y funciona. Vaya que si funciona.

Las emociones juegan en este caso, y en los anuncios de los años precedentes, un papel importante al intentar buscar un nexo de unión entre la promoción de una campaña comercial navideña y la sensibilidad de las personas. De esta manera, esas emociones que transmite el anuncio tienen más fuerza que el propio contenido, que es el sorteo en sí mismo. En base a estas premisas, los creativos publicitarios centran sus acciones hacia estrategias y mensajes que tocan de lleno el alma de cada ser humano, en los que las sensaciones o sentimientos que puedan generar superan incluso las propias funcionalidades de los productos o servicios que se ofrecen. Están buscando, simple y llanamente, crear un vínculo emocional con el consumidor.

De hecho, ¿qué mensaje nos está ofreciendo Loterías con sus anuncios? Simplificando en exceso, que el sorteo del 22 de diciembre es una tradición consolidada en nuestro país; que más allá del indudable beneficio pecuniario que aporta (al que gana, claro), se ve envuelto de bellos valores como la solidaridad, el amor, la amistad. Una idea que refuerza además con su eslogan: “El mayor premio es compartirlo”.

Afortunadamente, Loterías y Apuestas del Estado se olvidó pronto de aquel histriónico experimento que juntó a la Caballé con Raphael y Niña Pastori, y que fue carne de ‘memes’ durante largo tiempo. Lo hizo tras darse cuenta que lo que más llega, lo que más convence, no es la risa, sino la emotividad que genera empatía.

Apostar por la emoción para ganarse al público objetivo es casi una victoria segura en publicidad. Apostar por la emoción y la sensiblería en fechas cercanas a la Navidad es sinónimo de triunfo asegurado. Y es que, a largo plazo, la publicidad emocional puede ser más beneficiosa para la marca que la mera publicidad racional en la que únicamente marquen sus objetivos en el impulso de la compra directa. El por qué de esta cuestión radica en nuestra capacidad de retención: estos anuncios tan emotivos van penetrando en nuestra mente poco a poco, sin que apenas nos demos cuenta, de forma que llegamos a apreciar más a una marca sin ser plenamente conscientes de ello.

Anuncios que forman parte ya del imaginario colectivo y que consiguen, aún hoy, erizarnos la piel. El chico que vuelve a casa por Navidad al olor del turrón de El Almendro. Justino y sus maniquíes. El bar de Antonio. La inocente Carmina, que el año pasado se metió en el bolsillo a todo un pueblo. Los ‘hijos del entendimiento’ de Campofrío, marca que también en su día brindó por los valores nacionales en aquel recordado ‘Hazte extranjero’. O mis preferidos: los de la cadena de supermercados Gadis, que cada año se superan con su exaltación gallega. Si recuerdas todos y cada uno de ellos, es que estas campañas han conseguido su objetivo: llegarte muy adentro. Prueba palpable del éxito de un tipo de publicidad cada vez más extendida en todos los formatos y plataformas.

 

Publicado en Periodismo, Política

Je ne suis pas El Jueves

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Vaya por delante que no tengo mucho sentido del humor. ¡Qué se le va a hacer! Pocas cosas consiguen sacarme una sonrisa desaforada, y no me divierten ciertas chanzas que parecen ser del gusto del común de los mortales. No me gustan las gracias que buscan la carcajada fácil con humillaciones, insultos y burlas. Llamadme rara si queréis.

Esta semana hemos conocido la decisión de un juez de investigar al director de El Jueves por un artículo en el que “se pasaron de la raya”, y nunca mejor dicho. Haciendo referencia a la ingente presencia policial en Cataluña, “bromeaban” con la posibilidad de que se agotaran las reservas de cocaína en la zona. Poco más que decir al respecto. Parece que a los propios aludidos no les ha hecho demasiada gracia el tema. Lógico. Donde unos ven una crítica satírica, yo lo único que veo es una descalificación flagrante. Y no, lo siento pero no me hace reír.

Se presupone que, como periodista que soy, debo defender a capa y espada la libertad de expresión. Y así es. Sin libertad de expresión no hay libertad de pensamiento ni tampoco democracia. El derecho a que los ciudadanos puedan expresar y difundir libremente sus opiniones es fundamental para cualquier sociedad desarrollada. Pero la raíz de todo debate radica en algo muy sencillo: no es un derecho absoluto. Habrá que defenderlo siempre, sí, pero únicamente hasta que choca de pleno con otros.

La libertad de expresión tiene límites, y estos pasan por el respeto a la dignidad y el honor de quienes estamos opinando. No es censura, sino sentido común. Si leemos detenidamente el artículo 20 de la Constitución, observamos que de sus cuatro apartados, tan sólo el primero describe este derecho fundamental, mientras que los otros tres se dedican a restringirlo. También lo hace la Ley Orgánica 1/82 sobre el Derecho al honor, la intimidad y la propia imagen. Y traspasando nuestras fronteras, el artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos determina los límites a este derecho al establecer que su ejercicio entraña deberes y responsabilidades especiales, por lo que puede estar sujeto a ciertas restricciones que deberán estar expresamente fijadas por ley.

Por supuesto que El Jueves, Charlie Hebdo, y publicaciones similares pueden publicar lo que quieran. Eso es libertad. Pero también entenderán que puede haber quien no entienda sus gracias y se sienta ofendido por ellas, tomando las medidas que considere oportunas. Eso también es libertad. Y democracia. Y justicia.

Y no, para hacer humor no es necesario provocar tensando la cuerda al límite. No todo vale. Un insulto, una insinuación de una conducta reprobable, no hace honor a la máxima de la práctica periodística: la búsqueda de la verdad. Y daña no sólo al ofendido, sino a la profesión en general. Hay muchos casos honrosos de sátiras geniales sin necesidad de caer en la falta de respeto o la humillación. Quizá el problema sea que eso ahora no interesa, no vende, no vale.

Existe una fina línea entre la corrección plausible y la ofensa. Por ella debe moverse con cuidado un viñetista o comunicador humorístico. Como el niño del globo en el campo de cactus de la imagen de portada. Si es demasiado correcto no hará gracia, pero si se pasa de frenada se volverá ofensivo y realmente tampoco hará reír. Cuando una broma ofende a alguien, en ese momento deja de ser una broma o al menos pierde su gracia. No podemos hacer de la libertad de expresión un paraguas bajo el que cobijar absolutamente todo lo que se nos pase por la cabeza. No puede haber libertad de expresión para una mentira, para un insulto, para humillar a otro. Jamás.

Por eso, yo sí puse en mis redes sociales en 2015 el famoso #JeSuisCharlie, porque no me entra en la cabeza que se asesine a alguien por publicar lo que sea. Pero nunca estuve, ni estoy, de acuerdo con su línea editorial. Tampoco con la de El Jueves. Sencillamente no me hace gracia ver cómo se burlan de otros. Para eso están las leyes que limitan este derecho: para que no pase de ser una plena libertad a un libertinaje absoluto.

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Los #TontosDelBulo

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

En la era de la postverdad, donde lo verosímil se convierte por la vía rápida en verídico, donde dar a un botón basta para dar credibilidad a algo, crecen los altavoces de rumores y bulos sin sentido. Y WhatsApp se lleva la palma.

Por supuesto, los bulos y las leyendas urbanas existen desde antes de la sociedad de las fake news. Desde el perro de Ricky Martin hasta los cromos con droga que regalaban a las puertas del colegio. Sin embargo, las nuevas tecnologías multiplican y viralizan su efecto en cuestión de segundos. Ahora, los grupos de Whatsapp están desbancando a las redes sociales como potentes altavoces de rumores. Con solo publicar el mensaje en un grupo de familia, de amigos o de trabajo, estamos dándole una difusión tremenda con sólo un golpe de pulgar. Como además nos llegan de personas que conocemos, nos fiamos de su supuesta veracidad, sin apenas plantearnos que pueda ser falso.

Todos estos bulos tienen ciertas características comunes. Son mensajes anónimos, escritos de forma atemporal, que se repiten cada cierto tiempo, con un gancho morboso o alarmante que nos invita a compartir sin dudar; y todos, todos, respaldados en supuestas fuentes oficiales, intentado así darles más credibilidad.

Tenemos, por un lado, los bulos tremendistas, los que se acogen a la visceralidad de nuestro miedo. España en nivel 5 de alerta terrorista, la búsqueda de furgonetas blancas, los desalojos de estaciones de autobuses, secuestros de menores en un parque cercano a nuestro domicilio, las frutas infectadas con el VIH, el Dalsy contaminado, la “banda del perfume”, o los Latin Kings que rajaban la cara de quienes les hicieran una ráfaga con las luces del coche. Todos, absolutamente todos, falsos. Con el mismo denominador común: “me lo ha dicho un amigo que trabaja en la Guardia Civil”, “una fuente fiable del CNI”, “mi primo que trabaja en el SUP”. El resultado es la creación de un estado de alarma permanente, de miedo generalizado, que nos impulsa a querer avisar del peligro a los demás. Cuando, realmente, no nos damos cuenta de que el miedo lo estamos generando nosotros mismos con ese comportamiento tan compulsivo.

De estos dan buena cuenta diferentes entidades y organismos en las redes sociales. Hashtags como #StopBulos, #TontosDelBulo, #NoPiques, son frecuentes en las cuentas de Twitter de Policía y Guardia Civil. También en la archiconocida @malditobulo, que se dedica a dar incluso argumentos que rebaten este tipo de historias. Y también los perfiles de los diferentes VOST, la Asociación Nacional de Voluntarios Digitales en Emergencias, que realizan un encomiable e impagable trabajo de vigilancia en la Red.

Hay también otra variante de los bulos de WhatsApp. Si la primera tocaba nuestro miedo, esta apela a nuestra conciencia. Son los bulos solidarios, los que nos piden ayuda para un precioso fin, como pagar el tratamiento a un enfermo. ¿Quién podría negarse a ello? Esta semana me llegó el último: una foto con un lazo rosa, en la que se aseguraba que por cada diez veces que se compartiera, WhatsApp donaría 1 euro a la investigación contra el cáncer. Ni rastro de qué asociación o quién estaba detrás de esta obra de caridad. Lo que está claro es que la famosa aplicación de mensajería instantánea no lleva a cabo este tipo de acciones, pero si las llevara, se encargaría de anunciarlas a bombo y platillo. No era el caso. Rápidamente fue desmentido por la Policía. Lo más sensato, si lo que quieres es colaborar con una buena causa, es hacerlo desde las cuentas oficiales de las organizaciones pertinentes. Sin trampa ni cartón.

Tenemos también los bulos de los cupones. Mercadona, Lidl, Zara, … Todos nos regalan 500 euros por su aniversario, por ser el Día de la Madre, o qué sé yo. Estas marcas ya han explicado bastantes veces que no realizan este tipo de promociones. Promociones que, por otra parte, además de falsas son peligrosas, pues nos demandarán nuestros datos para poder entregarnos el supuesto premio. Cuidado con ellos.

Y el último bulo del que quería hablar es el bulo religioso. ¡Cuántas veces habrá sido tomada la ciudad iraquí de Qaraqosh, a tenor de las veces que nos dicen cada año que recemos por su invasión a cargo del DAESH! ¡Cuántas veces nos llama (supuestamente) el Papa Francisco a realizar una cadena mundial de oración por Siria, y además nos insisten en que dicha cadena “no debe cortarse”! Y el último, el que revolucionó a todo el mundo hace unos días, que anunciaba y pedía oraciones por el delicado estado de salud de Benedicto XVI, e incluso su muerte; “confirmada”, decían, por su propio secretario (a quien, por cierto, no le hizo nada de gracia que pusieran en su boca palabras que él no había pronunciado). El desmentido que hizo el director de la Sala Stampa de la Santa Sede, Greg Burke, sencillamente brillante: publicaba en su cuenta de Twitter una imagen de Joseph Ratzinger acompañado de dos religiosas con buena apariencia, con la fecha y hora en que había sido tomada. Faltaba el periódico del día para terminar de asimilarlo a las pruebas de vida de los secuestros. Insisto: brillante.

Ante tanto bulo de WhatsApp, ante tanta desinformación, ¿qué podemos hacer? Lo primero de todo, desconfiar. Esta semana decía un colega periodista que más del 90 % de los mensajes que nos llegan por WhatsApp son falsos. Así que estemos ojo avizor con ellos antes de darle al botón de reenviar. Lo segundo, si desconfiamos de su fiabilidad, recurrir a las fuentes oficiales. Sí, puede ser un tanto engorroso y nos lleve algo de tiempo, pero es la única manera. Y lo tercero, consultar los medios de comunicación tradicionales: si la noticia de la que nos hablan (especialmente si es relevante o afecta a nuestra seguridad) es cierta, ten por seguro que ellos la publicarán; si no lo hacen, ahí tienes la respuesta.

Otro tema que nos daría para otro debate es cuando los propios medios “se tragan” también ellos los bulos, y terminan vendiéndonos que las flatulencias de los hipopótamos cántabros mandan a turistas al hospital … Pero esto ya es, efectivamente, otro tema … más pestilente. En todos los sentidos.

Publicado en Periodismo, Política

Por favor, no maten al mensajero

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Asisto entre preocupada y atónita a la oleada de acoso y vejaciones que están sufriendo compañeros de la profesión estos días en Cataluña. Un clima irrespirable, en el que ejercer el periodismo libre se ha vuelto prácticamente un acto de valientes con pleno sentido del deber de la responsabilidad para con la sociedad.

El conflicto catalán ha quemado sus naves en la batalla de la comunicación. La lucha por el control de la información es la recompensa que buscan en el botín de la independencia los bucaneros del ‘procès’. Por un lado, con presiones del Gobierno de Puigdemont sobre la prensa local (a la que tienen agarrada por … las subvenciones) y la extranjera (a la que pretenden hacer creer sus propias mentiras). Por otro, agitando a ‘hooligans’ desaforados, que intimidan a los periodistas con gritos y comportamientos más propios de neandertales que de personas civilizadas. Hemos visto zarandeos a las estructuras donde los reporteros realizan sus conexiones, robos de micrófonos en pleno directo a profesionales tan curtidos como Hilario Pino, e incluso amenazas de muerte a Ferreras y su equipo de ‘Al rojo vivo’ cuando salieron escoltados del Parlament (algunos de ellos entre lágrimas).

Se les llena la boca al chillar ese pareado tan poco florido de “prensa española manipuladora”. Quizá embrujados bajo el hechizo ficcionado de la mentira independentista, se olvidan de que, hoy por hoy, la prensa catalana también es española. O jugamos todos, o se rompe la baraja. Aquí manipular, manipulamos todos. Pero bien entendiendo la palabra, sin dobles connotaciones. El ejercicio de informar incluye la capacidad de dar distintas versiones con unas u otras fuentes, exponiendo, presentando una realidad desde una perspectiva. La que sea. Creando estereotipos más o menos válidos. La diferencia entre el ejercicio deontológico de unos medios y otros reside no en su nivel de manipulación éticamente válida, sino en el de la mentira o el uso de la información con fines ideológicos. Es este el debate y no otro.

Estamos asistiendo a un ejercicio totalitario de la libertad de información que es fiel reflejo de la forma de pensar y actuar de los que quieren imponer sus criterios al margen de la ley. Tratan de vender hacia el exterior (incluso con vídeos cargados de patrañas sentimentaloides) la victimista idea del pueblo catalán agredido por un Estado opresor, que a lo largo de los siglos ha expoliado Cataluña. Una ficción que sólo se puede sostener con mentiras … y con control. Ojo de aquel que se mueva, porque no es que no salga en la foto, sino que directamente se lo cargan. Metafóricamente hablando. Quien no sostenga esta tesis, o tenga la valentía de rebatirla con argumentos, es señalado con el dedo, y vilipendiado hasta la extenuación. También en redes sociales, donde el acorralamiento se vuelve terriblemente asfixiante para algunos. Listas negras, ciberacoso, presiones políticas, son el día a día de muchos periodistas en Cataluña. Algo que recuerda “a los años más duros de ETA (salvando las distancias de que allí existía una banda terrorista)”, como señalan desde FAPE.

No hay periodismo sin periodistas, ni democracia sin periodismo. Sin periodistas, sin información plural, veraz, crítica y contrastada, no hay democracia posible. La libertad de expresión (que no el libertinaje), y el periodismo como medio de control del poder político y social son la raíz de todo el sistema democrático. Si lo rompemos, si lo zarandeamos, si lo culpabilizamos y criminalizamos, estamos llegando a otro tipo de regímenes, más propios de las dictaduras y los totalitarismos que de la tan deseada democracia, aquella que se enarbola como la justificación de referendos ilegales pero que luego algunos se encargan de pisotear desde la base. Así no.