(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Hace tiempo publiqué en el blog de “La comunicación de las cosas” un artículo sobre este controvertido asunto del que hay muchas opiniones al respecto. Me ha parecido oportuno rescatarlo en este momento, cuando acaba de empezar un nuevo curso y nos tenemos que ver una vez más en la misma tesitura.

Al grano. Tengo dos niñas en edad escolar. Y soy de las que piensa que es fundamental la implicación de los padres en el proceso educativo de los hijos, no “aparcarlos” en la escuela para que les enseñen allí. Por eso, cuando la madre de una compañera de mi mayor me invitó a formar parte de un grupo de Whatsapp con otras mamás de la clase no lo dudé ni un segundo. “¡Esto es genial, poder consultar dudas y estar conectada con gente como yo!”. Ese fue mi primer pensamiento. Hace ya 4 años. Ahora, las cosas se ven de otra manera, y lo que en un principio me resultó tan atractivo, tiene ahora más sombras que luces.

No es que piense que los grupos para padres sean completamente negativos. Whatsapp es una herramienta a priori fantástica para el colegio, puesto que nos permite estar en contacto con las madres (ojo, algún padre también, aunque son la excepción) de los compañeros de nuestros hijos; un contacto de mucha utilidad si lo dedicásemos en exclusiva para a intercambiar información sobre cumpleaños, reuniones, trabajos en grupo, material extraviado o pequeñas dudas. Desgraciadamente, esto es una utopía, y al final ciertas conversaciones terminan por cansarte. Y es que hemos pasado de los corrillos a las puertas del cole a los “corrillos guasaperos”, con todo lo que esto conlleva.

No voy a entrar en el problema más conocido y preocupante, que es el de las críticas a profesores y al centro educativo en el grupo. Más que nada porque, gracias a Dios, no lo he vivido de primera mano. Pero sí en otro que afecta directamente a la educación de nuestros hijos. Hay veces que cuando me conecto a uno de los dos grupos del cole a los que pertenezco me entra un verdadero “complejo de agenda”: aparecen preguntas sobre la tarea del día, sobre qué materiales les han pedido en una determinada asignatura … Y veo madres verdaderamente agobiadas por este asunto, demandando celeridad en la respuesta para que el niño no se quede el día siguiente sin llevar los ejercicios. Ya cuando crecen y empiezan a tener exámenes, circulan todo tipo de mensajes sobre lo que entra o no entra para la prueba y, de verdad, es estresante. ¡Y los temibles deberes! … que nos hacen consultar en el grupo cada vez que hay una duda sobre cómo se resuelven. ¡Terminamos haciéndoles las tareas nosotros!

Sí, he de confesar que yo lo he hecho una vez, y reconozco que llegué a preocuparme para que mi hija no se quedara sin llevar los ejercicios hechos el día siguiente, aunque ella, que se había olvidado apuntarlos en la libreta, estaba tan tranquila; eso sí, a mi enana le quedó claro que aquella vez fue la primera y la última, y se lo recuerdo en cada ocasión que ella misma me dice “pregúntalo a otras mamás por Whatsapp” y yo me niego rotundamente. Con esto quiero decir que la sensación que tengo es que los grupos se han convertido en un verdadero mercadeo de tareas escolares, haciendo que los padres lleguen a ser una suerte de secretarios de sus hijos, preocupados por esa presión social latente por el éxito personal de nuestros vástagos. Que no digo yo que nos despreocupemos totalmente de lo que tiene que hacer el niño, pero estar pendiente no significa asumir su parcela de responsabilidad. ¿O sí?

Como en muchas otras facetas de la vida, con este comportamiento generado por el abuso de una tecnología que no nació para esto, estamos cercenando la libertad y autonomía de los niños al propiciar que deleguen sus obligaciones escolares en nosotros. Porque, piensen fríamente: ¿qué pasa si un día no llevan la tarea hecha al colegio? Lo más probable, que para la siguiente vez estén más atentos en clase, espabilen y lo apunten para no olvidarse. Y es que tan importantes son los deberes como la educación en responsabilidad, una de esas lecciones que, si aprenden de pequeños, podrá ayudarles mucho en la vida. No estamos haciendo ningún favor a nuestros hijos si les sobreprotegemos y terminamos haciendo nosotros su trabajo. Si en el colegio les intentan inculcar ese hábito de la responsabilidad, que empieza por acordarse de hacer los deberes o de qué lecciones entran en un examen, ¿quiénes somos nosotros, padres, para montar una red social paralela que les sirva a ellos como un colchón de seguridad?  ¿De verdad alguien nos ha pedido que nos ocupemos de eso?

Estoy convencida de que lo más importante para la educación de nuestros hijos es hacerles comprender que tienen ciertas obligaciones, y que nosotros estaremos ahí para ayudarles en lo que necesiten, pero no para dárselo todo mascado y regurgitado. Es necesario que entiendan que los padres somos un gran apoyo, pero que ellos deben asumir ciertas responsabilidades, pequeñas, a su nivel. Y que son capaces de hacerse cargo de ellas sin que esté sonando continuamente nuestro móvil, agravando nuestro estrés con cada pitidito. Formemos personas autónomas, y no autómatas dependientes.

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