(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Asisto atónita estos días a un encendido debate en una tribuna periodística, que no ha tardado en saltar a las redes sociales. Los púgiles, que se habrán curtido en mil batallas, comparten sillones en la Real Academia de la Lengua. De un lado, el afamado escritor Arturo Pérez Reverte; de otro, el catedrático Francisco Rico. Y la excusa de tal confrontación, el absurdo (o no) desdoblamiento de género en el lenguaje.

¿Es el castellano una lengua sexista? No se ponen de acuerdo en la respuesta los señores catedráticos. Y es que la discusión lleva en la calle desde hace ya demasiado tiempo. Ciertos colectivos, partidos o tendencias políticas han hecho suya esta lucha, y llevan hasta el extremo el uso diferenciado de géneros: “compañeros y compañeras”, “candidatos y candidatas”,… Me duelen los ojos cuando veo la barrita de marras al final de una palabra para poner un femenino forzado (“niños/as”), y terminan de salirse de sus órbitas cuando me lanzan el órdago de la arroba para hacer lo mismo de una forma supuestamente más moderna (“trabajador@s”). ¡Completamente ridículo, a la par que terriblemente engorroso de leer! Rizando el rizo, mis dientes chirriaron cuando, en la fallida investidura de Pedro Sánchez, escuché al líder de Podemos hablar en primera persona como “nosotros y nosotras”; será que Pablo Iglesias quiere sacar a relucir su lado más femenino, porque, hasta donde yo veo, la primera persona de quien habla en ese momento es un hombre con barba y coleta. Y muy recordado es aquel esperpento de la ex ministra de Zapatero, Bibiana Aído, hablando de los “miembros y miembras” de la Cámara. Sin comentarios.

Servidora, que no acaba de entender las bases del feminismo o de la corrección política, jamás se ha sentido discriminada por el lenguaje. No me sentí así en el colegio cuando hablaban de “los alumnos de segundo curso”, entre los cuales yo me encontraba. No me siento así tampoco de adulta cuando soy yo la que acudo a reuniones “de padres”, reuniones “de vecinos”, firmo un convenio de “trabajadores”, etcétera. En fin, que no me siento inferior por ello. Soy mujer, sí, pero entiendo que ciertas estructuras gramaticales, fundamento clave de nuestra lengua, no se pensaron para atacar un género, sino para ganar en corrección lingüística. Y no pasa nada.

Ahora bien, no estoy diciendo que en según qué aspectos sociales la mujer no esté discriminada. Por eso, antes de saber en qué situaciones se producen discursos sexistas (frente a los que, a priori, todos estamos en contra), hay que entrar en los detalles lingüísticos. Porque lo que no se debería permitir es que ciertas tendencias sociales y políticas que son partidarias de eliminar lo que ellos consideran un uso sexista del lenguaje, pongan en jaque la estructura misma del idioma. Por eso, aunque haya debate entre sus miembros (hombres y mujeres, por supuesto), la postura de la RAE en su gramática de 2012 es muy clara al respecto: “Este tipo de desdoblamientos [de género] son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto”.

Cuando los entendidos hablan de lenguaje inclusivo, lenguaje no sexista, o lenguaje de género, consideran que el género masculino es excluyente. Sin embargo, se olvidan de una premisa de la gramática española, que es el llamado género no marcado o inclusivo. Y, ¡qué casualidad!, coincide con el masculino. Por eso, es este el género que se utiliza para incluir (que no excluir) tanto a mujeres como a hombres, en aras a seguir el principio básico de economía del lenguaje. De ahí que el absurdo desdoblamiento de géneros que se escucha en ciertos discursos, o que debemos padecer cuando leemos determinados papeles oficiales, lo único que aporta es artificialidad, pérdida de tiempo y falta de estética lingüística. Las excesivas repeticiones de género terminan por cansar al lector o al oyente, y tampoco es que logren nada en cuanto a la supuesta discriminación de la mujer. Sería bueno que nos preguntaran de vez en cuando a nosotras (sí, en este caso sólo a las mujeres) cómo nos sentimos al respecto, porque quizá se llevarían alguna sorpresa … No pongo en duda que en el lenguaje común existan ciertas expresiones sexistas; sin embargo, no considero que expresiones como “el nivel de vida de los ciudadanos” o “la atención personal a los alumnos” encierren discriminación sexual alguna, pues, aunque no se menciona expresamente a las mujeres, están obviamente comprendidas por ese género inclusivo.

Y no seamos más papistas que el Papa: en la lengua castellana también hay otro elemento no marcado, que nada tiene que ver con una supuesta discriminación sexual. Tenemos dos géneros, pero también dos números, entre los que destaca el singular como número no marcado e inclusivo del plural. Y no creo que nadie se sienta discriminado por ello. ¿O sí?

En definitiva, lo que se pretende no es un debate lingüístico o gramatical, sino un debate mucho más profundo, sobre una idea social de género que quiere impregnar también a nuestra lengua. Una lengua que no está muerta, y que evidentemente debe adaptarse a los nuevos usos y costumbres sociales. Pero, como todo en esta vida, con una buena dosis de sentido común, sin dejarnos arrastrar por modas o quedabienes. Y, sobre todo, con poca corrección política.

Anuncios