(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Cuando empecé a escribir este blog apunté que todas mis reflexiones se centrarían en el ámbito de la comunicación. Quizá el tema que hoy traigo pueda parecer ciertamente alejado de lo que el lector pueda esperar en un espacio de este tipo. Nada más lejos de la realidad. Hoy, la verdadera protagonista es precisamente ella: la comunicación humana. Sin más.

Mi madre murió de cáncer hace casi nueve años. Una enfermedad que acabó con la vida de una persona noble, con sus sueños e ilusiones. Una parte de mí también se fue con ella, haciendo que, desde ese momento, me enfrentase a la realidad de otra manera, estando más atenta a los pequeños detalles. Por eso, si algo bueno me llevo de aquellos cuatro meses en la unidad de cuidados paliativos es la profesionalidad y calidad humana de quienes allí trabajan, por quienes tengo desde entonces un profundo sentimiento de respeto.

Embarazada de casi siete meses de mi primera hija, llegaba cada día al hospital envuelta en ese estado de ánimo que mezcla la felicidad que sientes cuando sabes que vas a ser madre, con la punzada de dolor al ser consciente de que la vida de la tuya se está apagando. En esta montaña rusa de sentimientos, no sé exactamente el por qué, pero el trato con aquellos ángeles de bata blanca siempre conseguía que pusiera en perspectiva las cosas. En cierto modo, ellos fueron durante ese tiempo parte de mi vida, mi pequeña familia hospitalaria. Y son detalles que nunca se olvidan, por mucho tiempo que pase.

No crea el lector que estoy hablando de actitudes o comportamientos fuera de lo común por su parte. Pero la vida consiste precisamente en eso: en hacer las cosas más ordinarias extraordinariamente bien. Esa es su virtud. Desde los médicos hasta las enfermeras y auxiliares, sabían qué decir en cada momento, teniendo siempre una palabra amable aunque llevasen horas de guardia, aunque algún enfermo hubiera puesto a prueba su paciencia; nada perturbaba su humanidad. Jamás vi en ellos miradas de lástima, como las que obsequiaban algunas visitas de compromiso. Ellos sabían perfectamente la situación en la que nos encontrábamos, hacia dónde nos dirigíamos, y nos dieron la mano para que el camino fuese menos complejo de lo que ya era en sí. Sin ocultar jamás la gravedad del momento, pero haciendo que la digiriéramos de la manera más humana posible. Porque, a veces, una mirada, un gesto, un apretón de hombro o una caricia en una tripa gestante dicen mucho más que mil discursos bienintencionados de los que habitan en libros de autoayuda.

Habrá quien opine que son actitudes impostadas, aprendidas en años de Facultad o cursos estatales. Puede que quizá yo lo pensara en un principio. Sin embargo, cuando descubrí perpleja lágrimas en el rostro de las enfermeras la noche que murió mi madre, sentí verdad y aceptación. Porque es ahí donde radica la verdadera grandeza de la comunicación: la que no es forzada, fingida, la que se siente de veras, la que empatiza con tu interlocutor hasta el punto de implicarte con su historia personal. Porque las palabras pueden parecer estériles, pero si hay verdad en ellas, la comunicación se vuelve real. Y eso se nota. Y, de verdad, se agradece.

Por eso, terminado ya este mes de concienciación para la lucha contra el cáncer, sirva hoy mi pequeño homenaje a estos profesionales de la salud, que trabajan codo a codo con la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Ellos son verdaderos expertos en comunicación humana, la de verdad, la que cura el alma más que cualquier medicina. Quienes hemos pasado desgraciadamente por este trance os debemos mucho. Gracias por cuidarnos a nosotros también.

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