De cómo la televisión se reinventa para sobrevivir

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

El 21 de noviembre hemos celebrado el Día Mundial de la Televisión. Una jornada para rendir homenaje al medio por excelencia, a la tecnología que cambió radicalmente las formas de comunicación del siglo XX. También es un buen momento para hacer un chequeo general para comprobar su salud, si sigue siendo tan influyente e importante en un mundo en constante evolución comunicativa.

Cuando estudiaba periodismo, uno de mis profesores nos recomendó la lectura de un inquietante libro. Digo inquietante por la profecía que contiene el título: “La televisión ha muerto”, publicado en el año 2000. Su autor, Javier Pérez de Silva, comentaba entonces que “la tecnología está cambiando el negocio de la televisión. El día de mañana, el acceso a los distintos programas se hará bajo demanda on line, y las productoras televisivas ya están tomando posiciones para no perder el tren que nos lleva a todos hacia el futuro: el tren de Internet. (…) Nos acercamos hacia un futuro lleno de posibilidades, en el que no cabe el concepto actual de televisión”.

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Este es el libro en cuestión, publicado en el año 2000

Han pasado 16 años desde aquella predicción, y el hecho es que no iba desencaminada del todo. Aunque quizá fuera un tanto radical en su planteamiento, pues morir, lo que se dice morir, la televisión no ha muerto. Como reza la primera ley de termodinámica, no se destruye, sino que se transforma: ha evolucionado para adaptarse a las circunstancias de la sociedad actual. Una sociedad en la que las nuevas generaciones no encajan con el modelo de la televisión tradicional, consistente en pararse delante de una pantalla para ver lo que se emite: los nuevos consumidores de medios deciden ver contenidos que realmente encajen con sus intereses, deciden cuándo verlos e incluso deciden producir ellos mismos sus propios contenidos. No es de extrañar que en los últimos 12 años, la audiencia de televisión haya caído vertiginosamente en picado. Y entre los jóvenes es donde esa caída ha sido más acentuada, pasando de consumir más de 26 horas semanales de televisión, a “tan sólo” 18.

La idea de “esperar” los contenidos es totalmente anacrónica, contraria a lo que nos ha (mal)acostumbrado Internet. Yo lo veo diariamente en mis hijas, quienes, cuando no es de su gusto la programación que ofrecen los canales infantiles, rápido piden que ponga Internet en la propia televisión para ver su serie favorita. Está claro: la audiencia quiere el control. Y lo quiere ya. Lo más normal es que sólo nos sentemos a ver la tele cuando hay un Real Madrid-Barça, el concierto del reencuentro de OT, o si no queremos quedarnos fuera de la tertulia del café el día siguiente sin saber a quién han expulsado de “Masterchef”. Sin embargo, hoy por hoy es absurdo quedarse despierto hasta la 1 de la madrugada para terminar de ver tu serie favorita, cuando puedes disfrutarla en streaming donde quieras y cuando quieras.

Casos como el de las recientes elecciones en EEUU han dejado constancia del cambio no sólo en la televisión de entretenimiento, sino en la de información. Ahora las empresas de noticias utilizan Facebook Live, Snapchat, YouTube y otras herramientas para informar en vivo sobre un acontecimiento de estas características. Es algo hecho a la medida para una campaña electoral que se ha librado tanto en Twitter y Facebook como en los informativos nocturnos, con debates trasmitidos en vivo por Internet y candidatos atacándose desde las redes sociales.

Ante este panorama, ¿cómo es posible que sobreviva la televisión, tal y como la conocemos? Reinventándose a sí misma. Evidentemente, la tecnología ha sido una gran impulsora de estos cambios en la manera en la que los espectadores consumen televisión. Pero también la tecnología ha sido quien ha propiciado el cambio en la manera de hacer la nueva televisión. Según datos del último estudio de la consultora Kantar TNS, la llamada Smart TV tiene ya una penetración entre los usuarios de nuestro país del 34 %. Y creciendo. Aplicaciones propias y contenidos a la carta, donde las grandes empresas de comunicación ofrecen repeticiones de sus propios programas, así como avances inéditos de sus series más populares. Incluso contenido exclusivo on line, como el canal MTMad, la nueva y rompedora apuesta de Mediaset.

A su vez, asistimos al nacimiento de una “televisión social”, integrada con las redes. Los índices de audiencia ya no miden sólo los espectadores reales, sino el “impacto social” que ha tenido un programa concreto. Y es que el 79 % de españoles utiliza el móvil para comentar lo que está viendo en ese momento. ¿Crees que exagero? Echa un vistazo a la lista de trending topics de Twitter, y descubrirás bastantes hashtags relacionados con programas de televisión. Muchos de ellos, por cierto, auspiciados por la propia cadena, que invita a sus espectadores a esta práctica, consciente de su importancia actual.

En definitiva, la televisión aún no ha muerto como tal, aunque sí se ha transformado tanto que a veces parece complicado reconocerla. Ya no estamos únicamente ante un medio de comunicación de masas, sino que debemos entenderla como un dispositivo en constante desarrollo, participando de la convergencia con las tecnologías digitales y las redes sociales. Y que nadie la defenestre aún, pues, como ocurrió con otras tecnologías que en el pasado se tacharon de obsoletas, esta crisis televisiva que auguran algunos bien puede propiciar un renacimiento cual Ave Fénix. Sólo el tiempo lo dirá.

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