Expresiones con olor a naftalina

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Que me estoy haciendo mayor es un hecho innegable. Mis hijas me lo recuerdan a diario, y no con mala intención (¡pobres!), sino constatando que ellas y yo pertenecemos a generaciones distintas. Y no hay mucho más que decir. El otro día, cuando la mayor me pidió que comprásemos la merienda, le dije que habría que pasar antes por el banco porque “me había quedado sin un duro”. Sus ojos se abrieron como platos al no entender la expresión; a ella, que es de la “generación euro”, lo de las pesetas, los duros y demás le suena a chino.

Es curioso cómo, a la vez que adoptamos términos tan modernos como “guasapear”, “tuitear” y demás, conservamos ciertas expresiones rancias, ciertos arcaísmos, que no se corresponden con la realidad actual. No sé si será por nostalgia, o por la pervivencia del regustillo vintage del lenguaje de nuestra generación. Lo de las pesetas es sólo uno de tantos ejemplos de esa vertiginosa evolución, pues no hay que olvidar que el cambio de moneda sobrevino hace “solo” catorce años. Sin embargo, expresiones como “te ha faltado el canto de un duro”, “la pela es la pela”, o “nadie da duros a cuatro pesetas”, no tienen ya aplicación, por lo que puede no ser entendidas, especialmente si nuestro interlocutor es demasiado joven.

Cada tiempo tiene sus propios lenguajes. Cuando en el colegio leíamos “El Cantar del Mío Cid”, o las obras de Santa Teresa, lo normal es que no entendiésemos muchos de sus textos, al estar repletos de expresiones en desuso desde hace siglos. Los avatares mundiales, las ideologías, las diversas técnicas, los descubrimientos, las modas, han influido notablemente en la evolución de las diferentes lenguas a lo largo de la Historia. Y seguirán cambiando. Pero todo proceso de cambio tiene un período de adaptación.

Seguimos diciendo “tirar de la cadena”, pese a que todos los urinarios cuentan con un pulsador. Continúan los enfados entre parejas porque uno deja con la palabra al otro al “colgar el teléfono”, pese a que los Smartphone no se cuelgan en ningún aparato físico; ni siquiera el teléfono inalámbrico de tu casa, ese que apenas usas, tiene dónde colgarse. Ya no “rompemos lanzas” en favor de alguien, más que nada porque no existen lanzas ni en la guerra. Y criticamos lo poco centrada que está una persona afirmando que vive “en los mundos de Yupi” (en serio, ¿alguien se acuerda de Yupi y Astraco?).

¿A qué obedece esta pervivencia de expresiones “viejunas”? Primero, a que el salto generacional no se ha producido del todo. Igual que yo escuchaba a mis padres hablar con total normalidad de reales y medias fanegas (sin pararme a pensar mucho en qué querían decir con ello), nuestros hijos reinventan su propio lenguaje en convivencia con el nuestro. Y segundo, porque la lengua es algo vivo, no estático, en constante cambio. Mientras la necesidad de buscar nuevas expresiones aumente, el vocabulario se expande, al combinar viejas palabras o inventar nuevas para expresar los matices y complejidades de la vida humana, sea en la época de la Historia que sea.

Por ello, ante las nuevas realidades que aparecen cada día, la lengua sólo tiene una salida: incorporar un elemento léxico en su sistema que dé buena cuenta de cada concepto, bien mediante la creación de un nuevo término (neologismo formal), bien mediante la adopción o adaptación de una forma extranjera (préstamo) o bien mediante la aplicación de dicho concepto a una forma ya existente (neologismo semántico). Una práctica que, lejos de amenazar o empobrecer el idioma, lo enriquece. Pero mientras esos cambios se produzcan, y los neologismos o préstamos se instalen definitivamente, habrá que convivir con ciertas frases con olor a naftalina. Y seguir explicando qué era un duro a las generaciones que ya pagan con el móvil para que logren entendernos cuando hablamos.

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