(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Anda el patio revuelto estos días con el caso de la pobre niña Nadia. No voy a entrar en valoraciones sobre la actuación de sus padres, porque ha quedado suficientemente demostrada su catadura moral. Sin embargo, hay un trasfondo en este asunto que me inquieta. Y es que esta macabra estafa ha puesto en jaque al gremio de periodistas por una mala praxis en el tratamiento de la información.

La historia de Nadia tenía todas las papeletas de convertirse en el pelotazo de audiencia navideño. Una niña que rezuma candor cuando visita los platós de televisión, un padre capaz de hacer lo imposible por su hija enferma, hasta el punto de rechazar un tratamiento para su propio cáncer con tal de estar al lado de la pequeña. Historia lacrimógena mezclada con tintes de novela negra, como supuestos viajes a Afganistán bajo las bombas, operaciones con agujeros en la nuca, y atenciones de científicos galardonados con el Nobel.

Canales privados, públicos, medios internacionales. No hay que fusilar a Pedro Simón, periodista de El Mundo. Susana Griso, Ana Rosa Quintana, Mamen Mendizábal… Todos dieron por verídica una información que parecía veraz. Sin embargo, la experiencia nos ha enseñado (y lo ha vuelto a hacer, una vez más) que una cosa es que una información parezca creíble y la otra que sea real.

Cierto es que, aparentemente, se trata de una historia que no debería ponerse en duda, pues ¿en qué cabeza cabe que un padre mintiera para lucrarse de la enfermedad de su hija? Pero un periodista, por mucho que quiera sacar el lado humano de una historia, no debe empatizar tanto con ella que llegue a bajar la guardia de sus principios deontológicos de una forma alarmante. Publicando la información en bruto, sin filtros, el periodista incurre en una grave negligencia: dar pábulo a los tejemanejes de unos sinvergüenzas.

La de Nadia es una historia fácil de contar, con la que llenar páginas cuando tenemos el corazón tierno, como en esta época del año. Es una información agradecida, de esas que nos hace sentir bien, pues notamos que podemos ayudar a alguien que lo necesita (supuestamente). Todo ello contribuyó a que nadie se parara a pensar si era verdad. Se dio por supuesto. El tema ha sido tan vergonzoso que el periódico El Mundo tuvo que admitir en un editorial que habían cometido “un grave error periodístico” y que no se debería volver a repetir: “tenemos que subrayar que nuestro pecado ha sido confiar en una persona a la que nosotros y otros medios habíamos dado crédito desde hace años”.

Josu Mezo, autor del blog “Mala Prensa”, fue uno de los primeros en alzar la voz sobre la posible gran mentira que se estaba tejiendo sin control. La clave está en las primeras líneas de su escrito: “el periodismo sobre buenas causas no puede estar exento de las reglas normales de la profesión, que se resumen en una sola: hacer todo lo posible para que todo lo que se cuenta sea verdad”.

Todos somos humanos y cometemos errores. Los periodistas también. Pero tenemos una cierta responsabilidad social que nos obliga a estar constantemente alerta ante posibles engaños, siendo extremadamente escrupulosos en nuestro trabajo a la hora de dar por buenas las informaciones que llegan a nuestras manos. El trabajo periodístico tiene que ser sinónimo de verdad, de honestidad, de rigurosidad. No teñirse de sentimentalismos baratos que escondan mentiras, pues una sola de ellas puede dañar años de credibilidad.

Ahora los grandes medios se rasgan las vestiduras contra los padres de la chiquilla. No es para menos. Sin embargo, no se dan cuenta de que ellos mismos, con su falta de rigor, también son culpables, pues han permitido que se gestara el fraude al no hacer algo tan simple y básico en la profesión como contrastar datos. Simplemente dieron por buena una historia por el mero hecho de que el emisor transmitía confianza.

Es hora de hacer autocrítica, mirar qué se ha hecho mal y garantizar el futuro de una profesión seriamente dañada por casos como éste. Ojalá este caso sirva para darse cuenta de que ni el periodista ni el medio debe dejarse deslumbrar por los tintineos de una exclusiva, ni por vender la historia más tierna jamás contada. Contrastar, siempre contrastar. Una máxima que debe estar grabada a fuego en todas las redacciones.

El padre en la cárcel. La madre sin la custodia. Los medios, en entredicho. Pero, en el fondo, la verdadera perjudicada en todo esto es la propia Nadia. También los pacientes de otras enfermedades raras, porque a ver quién confía ahora en donar dinero después de todo lo que ha pasado. Y en esto, la responsabilidad de ser unos correveidiles, la tienen todos. La tenemos todos.

Anuncios