Desterrando el mito de la objetividad

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Tengo una mala costumbre desde hace tiempo. Los sábados por la noche los dedico a ver programas de tertulias políticas. ¡Qué se le va a hacer! Deformación profesional, lo llaman. Y digo mala costumbre, porque no son pocas las ocasiones en las que termino yéndome a la cama mosqueada, alterada o indignada. Según como se tercie.

El caso es que hace poco discutía (en buen plan) con un conocido sobre la “poca objetividad” de esos programas o de determinados periodistas. Repetía como un mantra aquello de que el periodismo debe ser objetivo por naturaleza, neutral, contar la realidad aséptica. Nada más lejos de la realidad. Fue la primera lección que aprendí cuando puse mis pies en la Facultad de Ciencias de la Información: la objetividad no existe, pero sí hemos de ser honestos con los hechos. ¿Cuál es la diferencia?

En todo proceso de comunicación interviene un emisor (los periodistas), encargado de elaborar y transmitir la noticia. Participa un receptor (lector, oyente, telespectador), quien recibe la noticia y el mensaje informativo. Y se emite un mensaje, que puede llegar distorsionado por el ruido que haya alrededor. Fijándonos en el trasfondo ideológico que sustenta los grandes holdings de comunicación, un medio cualquiera (sea prensa, radio, televisión o medio on line) posee un conjunto de informaciones que ofrecen al lector el estado de la realidad social, política y económica según su modo de percibir dicha realidad. En consecuencia, los medios de comunicación de masas ejercen una influencia muy concreta sobre el público-lector a través de la “manipulación” (ojo, bien entendida la palabra, sin prejuicios) de la información con la opinión. Y todo esto lo hace basándose en la premisa de comunicar novedades, noticias nuevas, interesantes y singulares.

Y ahí radica el quid de la cuestión. No hay que olvidar nunca el hecho de que toda la construcción periodística está realizada por personas. Personas con intereses, ideas y pensamientos que no se pueden “sacar de la cabeza” cuando comunican, sino que impregnarán su trabajo de forma inconsciente. Por eso, vamos a desterrar ya ese famoso paradigma periodístico sobre la objetividad. Porque no, no puede existir: dado que es un sujeto el que comunica, siempre habrá un cierto grado de subjetividad, un punto de vista, una cierta “manipulación” positiva. Lo que sí debe ser el periodista es honrado con la verdad, y no distorsionar o manipular la realidad a su antojo por un mero afán comercial (así nació, por ejemplo, el amarillismo en prensa en las guerras entre EEUU y Cuba, en la época de Hearst y Pullitzer).

Y vamos más allá, pues la objetividad muere desde el mismo instante en que se selecciona el orden del día en una reunión de edición, o en una escaleta de un programa: ¿quién decide qué temas se publican y cuáles no?, ¿qué temas van primero y duran más tiempo, y cuáles merecen sólo un breve? La principal labor de un periodista consiste en determinar qué y cómo se publica y qué queda relegado al olvido. Con ello, están ayudando a construir la realidad (lo que llamamos en la profesión la “Agenda Setting”) e influyen notablemente en la opinión pública.

Para realizar esta selección, el periodista aplica algunos criterios a los hechos ocurridos. El empleo de estos criterios se hace de manera relativa al medio de comunicación del que se trate. Primero, porque los criterios tendrán un peso diferente en función del medio que los utilice. Segundo, porque los criterios de selección no pueden ser usados siempre de la misma manera, ya que la existencia de una actualidad variada y rica cada día obliga a que se utilicen de una manera diferente. Y tercero, porque los criterios de selección ayudan a valorar si una noticia tiene más importancia que otras con las que coincide en ese día, lo que puede provocar el desplazamiento de una noticia frente a otra.

Así que exijamos a la prensa toda la honestidad del mundo para con los hechos, pues deben ser buscadores de verdades. Que no nos mientan ni nos manipulen conscientemente, obedeciendo a unos fines ideológicos o económicos, porque desprestigian su noble labor y echan por tierra todo su prestigio. Pero ya no más pidamos objetividad, porque no la encontraremos. O al menos, no la encontraremos entendiéndola en su sentido más clásico. A fin de cuentas, los periodistas somos personas, no máquinas (¿o sí?)

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