Aquel pequeño transistor negro

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Recuerdo aquella mañana de Navidad del 93. Bajo el árbol, una pequeña caja esperaba a ser desenvuelta. Dentro, un transistor negro. En mi cara, una mirada escéptica. ¿Qué iba yo a hacer con aquel trasto, si lo único que quería escuchar era la música de mi recién estrenado equipo de CD? ¿Qué utilidad se suponía que iba a darle? “Puedes ponértelo con unos cascos por la noche, como hace tu padre, y escuchar los programas de deportes, por ejemplo”, se adelantó mi madre a responder, antes incluso de que llegase a formular en alto mis inquietudes respecto al futuro de ese regalo.

Así lo hice. Aquel pequeño transistor negro se convirtió en un elemento más de mi cama, y no pocas veces saltaba la tapa de las pilas cuando, al quedarme dormida, terminaba golpeándose contra el suelo. Con él descubrí una compañía que hasta entonces no había sabido apreciar, aunque siempre había estado presente de alguna manera en mi vida, silente, esperando ser descubierta. Porque mis más remotos recuerdos con la radio se reducen a la sintonía del “Protagonistas” de Luis del Olmo, con la que me despertaba cada mañana inyectándome en vena casi tanta energía como el café recién hecho, cuyo aroma llegaba desde la cocina acompañado de aquellos cantarines acordes.

Aquel pequeño transistor negro me puso en contacto de tú a tú con el medio. Y lo que empezó siendo una escucha breve para ver si cogía el sueño, se convirtió en un estimulante para no dormir. Con él aprendí a navegar en la Onda Media para ver si me llegaban los sonidos de García desde Madrid. Con él aprendí que la almohada también sirve para acallar carcajadas intempestivas. Con él me enganché al Larguero, llegando a guardar cola por una entrada para verlo en directo en la Escuela de Policía cuando hacía su tournée con la Vuelta a España. Y llegué a correr tras De la Morena para conseguir que me firmase su libro, como una histérica fan enloquecida.

Y tras los deportes, vinieron los desvelos con las locuras del “Hablar por hablar”, con las que descubrí que el mundo estaba peor de lo que imaginaba. Y de ahí a abrir ventanas más amables por la tarde, disfrutando con Sardá y el Señor Casamajor. Y mientras, Del Olmo seguía haciéndome saltar de la cama cada mañana.

Aquel pequeño transistor negro supuso el inicio de una relación de amor correspondida. Un aprendizaje prematuro, con el que una adolescente de apenas 12 años dejó muy claro qué quería ser de mayor: periodista. Y por esas coincidencias de la vida, tiempo después entraba un sábado en SER Ávila de la mano de Mari Ángeles para ver cómo se hacía un programa local en directo. Fue el día que echaron a Cruyff del Barça; lo recuerdo porque hubo muchas conexiones con la ciudad condal. Ahí entendí cómo se fabricaba la magia, con esfuerzo, trabajo, pero sobre todo con mucha ilusión.

Y aquel pequeño transistor negro se vino conmigo a Salamanca para empezar juntos a construir un sueño. Y en la Facultad, cuando las carpetas de mis compañeros lucían fotos de cantantes conocidos, la mía mostraba imágenes de los monstruos del micrófono. Y fue allí, en la Facultad, donde disfruté del histórico homenaje a “Carrusel Deportivo”, y madrugué para reír en directo con el “Anda Ya” de Juanma Ortega. Y fue allí, entre libros e ilusiones, donde dos profesores, Chelo y Luismi, me mostraron que la radio, más que una profesión, es una verdadera pasión que hay que vivir y sentir.

Llegaron aquellos veranos de inicio del milenio, donde renuncié a playas y piscinas a cambio de micrófonos y grabadoras. Donde Carlos de Miguel me abrió las puertas de Radio España para quitarme los miedos y aprender. ¡Y vaya si aprendí! Por allí estaba Ana Agustín, Nuria, Toño, Soto. Todos fueron grandes maestros, y cada uno, a su manera, me enseñaron cómo curtirme en la radio local, la verdadera escuela del periodismo.

Y desde el balcón de aquella emisora, ahora inexistente, asistimos al despliegue del desembarco de COPE en Ávila, donde desembarqué también yo misma tan sólo un año más tarde. Y comenzamos una historia común, salpicada de sustos “con teléfonos rojos”, entrevistas a un joven portero que terminaría levantando una Copa del Mundo, conversaciones grabadas con cantantes a las tres de la mañana en sus camerinos, e incluso sorprendentes llamadas de agradecimiento (como la que realizó Anasagasti a mi propio móvil, la cual llegué a pensar que era una broma de alguno de mis compañeros). Y así hasta hoy, casi 16 años después.

Allí descubrí que los directores, además de mandar, también saben dejar espacio a la creatividad y la imaginación. Es de agradecer la confianza de quienes siempre creyeron en mí, desde Isidro hasta Marga, pasando por Alejandro, Javier Visiers y Paco. Gracias. Allí descubrí que con el técnico de sonido no sólo tienes que relacionarte por trabajo, sino tener una complicidad especial (gracias, Manolo). Y allí descubrí la auténtica grandeza de este medio: su gente. Gente tan loca y apasionada por la radio como yo, como Álvaro y Reyes, mis verdaderos mentores. Gente currante, como Alberto, Marino, Isa, Marta, Ignacio, María, Fátima, Natalia. Gente genial y dinámica, como Alberto. Gente especialmente especial, como Javito. Gente con pasión por lo que hace, como Dani. Y gente, con mayúsculas, que aportan profesionalidad y dulzura a partes iguales, como Anita o Bea. Gente que suma. Mi gente.

Y, si has llegado hasta aquí, siguiendo la historia de aquel pequeño transistor negro, quizá te preguntes a qué viene contar todo esto, tan personal. Pues viene a cuento de haber celebrado esta semana el Día de la Radio, que me ha removido tantos y tantos recuerdos buenos. Porque para entender este sentimiento, esta pasión, hay que vivirla. Vivir la radio. Sentir la radio. La radio que tanto me ha dado, desde que descubrí aquel pequeño transistor negro.

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