(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Pongámonos en situación. 3 de la tarde. Comienzan los informativos de televisión. Además de la ración diaria de penurias, corrupción y demás, llega una frase que se repite como un mantra: “Les advertimos que las imágenes que van a ver son muy duras”. Y siempre acompañada de la compungida cara del presentador o presentadora de turno, quien además hace gala de una conveniente pausa dramática. Y en ese momento, optas por mandar salir del salón a los niños, o taparles los ojos, o vete tú a saber qué triquiñuelas más para que no sufran con esas imágenes. Porque lo de cambiar de canal no entra en tus planes: quieres ver cuánto de duras pueden ser. Masoquismo visual, lo llaman.

¿Cuántas veces vimos la escena del asesinato del embajador ruso en Turquía? ¿Cuántas repetimos el vídeo en Internet hasta que pudimos “disfrutar” de una muerte cuasi en directo desde todos los ángulos? Queda claro entonces que la frasecita de advertencia, más que evitar herir nuestra sensibilidad, es un reclamo para que el espectador esté más pendiente de la emisión. Ya sabes: lo prohibido, lo desconocido, el lado oscuro, nos llama. Y da mucho morbo.

Lo que no tengo muy claro es si realmente disfrutamos con la violencia, las vísceras, la naúsea. O simplemente nos hemos adocenado tanto que ya todo nos resbala. Que si muestran al niño africano comido por las moscas lo más que nos llega a dar es repelús porque estamos comiendo. Nada más. Hemos perdido la capacidad de asombrarnos y, con ello, los medios han perdido la capacidad de crear conciencia y denuncia social. Porque nada nos afecta.

Pero la vida, amigo lector, es dura en sí misma. Y no tiene frasecitas de advertencia. Lo que pasa es que no queremos ver la realidad. Preferimos mantenernos en nuestra nube de ignorancia y pseudofelicidad, sin querer aceptar la podredumbre del mundo en que vivimos. Nosotros mismos nos marcamos esa advertencia televisiva en nuestras mentes, y curiosamente, ahora sí, le hacemos caso. Y preferimos mirar hacia otro lado. Para no herir nuestra delicadísima sensibilidad.

¿Qué pasó con Aylán, el niño ahogado? La imagen de su cuerpo inerte en la playa tocó la fibra de todos. Pero poco más de muchos “ayes” y golpes de pecho. ¿Quién se acuerda ya de él? ¿Y qué pasa con los miles de Aylán que mueren cada día, pero no tienen un fotógrafo detrás que inmortalice su tragedia?

Por eso los medios deben seguir denunciando, deben ser altavoces de injusticias, obligarnos a mirar el horror y el miedo a los ojos. Y que no lo escondan con frasecitas de advertencia, pues la vida real es lo suficientemente dura como para que no sean unas imágenes las que hieran nuestra sensibilidad, sino el hecho que representan. Que los que huyen de la guerra sufren, pasan frío y hambre, se ahogan, mueren. Que las pistolas matan, y la muerte por arma de fuego inevitablemente causa sangre. Que la vida, lamentablemente, es así de cruel en ocasiones. Y que, o nos ponemos las pilas, o esto se va al garete. Porque no es desagradable ver a refugiados bañándose como animales en bidones de agua caliente en medio de la nieve: lo verdaderamente desagradable, lo verdaderamente inhumano, es que haya gente en esas situaciones tan lamentables debido a la desidia de sus semejantes. No molesta la imagen, sino que molesta, incomoda y desagrada la realidad que hay detrás de ella.

Otra cosa es que alguien pretenda rentabilizar las desgracias ajenas, vivir del escándalo y hacer negocio con las penurias humanas. Eso es periodismo basura, “oportunismo mercenario”, como lo llama Pérez Reverte. Y es deleznable. No todo tiene un precio, y mucho menos la dignidad del hombre. Entiendo que para un profesional de la comunicación es muy complicado caminar por esa estrecha línea que separa la denuncia social del morbo, separando lo que es necesario mostrar para remover conciencias del gusto por lo gore. Ahí es donde entra en juego la profesionalidad, la ética, la humanidad del comunicador.

Sin embargo, y aunque asumo que existen este tipo de prácticas en el periodismo, que buscan rentabilizar la casquería, esto no debe alejar a los medios de su fin último, que es ser un verdadero espejo de la realidad para que el oyente, el lector, el espectador, conozca lo que ocurre, lo asuma, lo rumie, lo comprenda y actúe. A veces es necesario que alguien nos coja de las solapas y nos zarandee un poco, para bajarnos de nuestra nube y obligarnos a poner los pies en el suelo. A ver si, de una vez por todas, nos enteramos de qué está pasando realmente y sepamos actuar en consecuecia. Y que no volvamos a cerrar los ojos ante unas imágenes duras intentando no herir nuestra sensibilidad. Porque hay heridas más profundas que no provienen de imágenes, sino del corazón.

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