(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

“No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Esta cita se suele atribuir erróneamente a Voltaire, aunque realmente pertenece a una de sus biógrafas, Evelyn Beatrice Hall, que trataba de interpretar con esas palabras el ideario del pensador francés. Una frase que resume el ideal de la revolución que nos introdujo en la Edad Contemporánea, y que sustenta un principio básico de todas las democracias actuales: la libertad de expresión.

Libertad de expresión. ¡Qué bonito suena! Se nos llena la boca al decirlo. La enarbolamos como una bandera de la modernidad, de la libre ciudadanía, del poder del pueblo. Y la esgrimimos como escudo protector para salvaguardar nuestras acciones. Porque la democracia nos trajo esa capacidad expresar nuestras ideas, sean cuales sean, y siempre estaremos en nuestro derecho. ¿Siempre?

Esta semana dos asuntos han deformado hasta la saciedad esta libertad mal entendida. Por un lado, el esperpéntico espectáculo carnavelesco que pretendía que nos maravillásemos ante la burla buscada y provocada de imágenes sagradas. Por otro, el retrógrado bus naranja que pretende erigir a sus promotores en los oscuros torquemadas del siglo XXI (unas formas que, por cierto, no compartimos un amplísimo porcentaje de católicos, quienes asistimos dolidos ante la generalización que hacen hacia nosotros de esta salida de tono de los del bus). Dos casos bien distintos, pero con una raíz común: todos creen tener la razón, pues – dicen – la libertad de expresión les ampara.

Y en cierto modo tienen razón. Los dos. Se trata de un derecho fundamental, recogido en el artículo 20 de la Constitución y, por tanto, está incluso por encima del Código Penal. Un derecho que ampara también a las ideas molestas y las equivocadas. Como bien decía la biógrafa de Voltaire, aunque no se esté de acuerdo. Ahora bien, puede que estén amparados por la ley, e incluso que haya quien no vea delito o daño en estas acciones. Sin embargo, eso no quita para que tanto la acción como el mensaje sean deleznables. En uno y otro caso.

Porque la libertad de expresión tiene un límite muy concreto: el respeto. Y cuando éste se sobrepasa, ya no hablamos de libertad, sino de libertinaje. No todo vale, ni todo es moralmente aceptable. Una cosa es pretender difundir una idea, una ideología, una forma de pensar, una reivindicación. Y otra muy distinta es que con ello estemos creando odio, daño, confrontación, ofensa a otra forma de pensamiento, a otras creencias.

¿Es acaso libertad de expresión el pintar con color sangriento una capilla universitaria para protestar a favor del aborto? ¿Es quizá libertad de expresión enviar réplicas de fetos por vía postal a eurodiputados que van a votar una ley comunitaria sobre el aborto? ¿O bien es libertad de expresión una “obra de arte” realizada con Hostias consagradas? ¿Es libertad de expresión el entrar semidesnuda en un templo gritando “arderéis como en el 36”?

Lo curioso de todo esto es cómo clamamos airadamente libertad para las ideas que coinciden plenamente con las nuestras, o incluso que se consideran socialmente admisibles (políticamente correctas), pero a su vez perseguimos con saña a quienes dicen cosas que nos irritan. Existe, por lo tanto, una doble vara de medir un tanto escandalosa.

Y aquí es cuando nos damos cuenta de que esta manipulación de un derecho fundamental de las democracias modernas viene de cualquier lado, desde la izquierda a la derecha. Porque quienes apoyan y defienden la gracieta del drag de Canarias y lo tachan de represión de su libertad de expresión, son quienes se rasgan las vestiduras ante el famoso autobús. Y no voy a entrar a valorar si un caso es peor que otro, porque cada uno tiene lo suyo: el uno genera ofensa a un sentimiento religioso; el otro genera un odio aberrante ante una situación delicada entre los menores. Sin paliativos.

Ante esto hay quien pide censura, actuaciones punibles de la justicia, castigos divinos. Algunos políticos de nuevo cuño y largas melenas incluso sueñan con un intervencionismo estatal de los medios y un control de cuanto publican. ¿De verdad es la solución que queremos? ¿No estaríamos dando un paso hacia atrás, cambiando democracias por dictaduras camufladas de progresismo? Quiero pensar que el ser humano todavía es capaz de tener cierto raciocinio, de saber controlar los límites de sus acciones, de tener sentido común. Aunque haya quien se empeñe de ponerlo a prueba cada día. Igual que nuestra paciencia.

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