Somos los más cools

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Esta semana me ha llegado al trabajo una invitación de una empresa que celebraba su aniversario. En la tarjeta me invitaban, muy correctamente, a una gran fiesta nocturna, precedida de un lunch. ¿Cómo un lunch? Lo primero que pensé es que se trataba de un error, puesto que siempre había pensado que este vocablo inglés describía nuestro habitual almuerzo. Entonces, ¿cómo era posible que se nos invitase a un almuerzo por la noche? Como lo mejor es resolver las dudas con profesionales, llamé a una amiga traductora, quien pudo despejar todas mis dudas al respecto. Efectivamente lunch es el término utilizado para referirse a la comida del mediodía, pero la extensión de su uso ha propiciado que incluso la RAE lo haya aceptado como “comida ligera que se sirve a los invitados en una celebración”. Al final no sólo se ha cogido prestado el término del lenguaje anglosajón, sino que, como buenos españoles que somos, lo hemos modificado a nuestro antojo. Bravo, pues, por la precisión lingüística de la susodicha invitación, que yo presuponía errada.

Esto que cuento no deja de ser una anécdota, pero refleja fielmente lo que está ocurriendo hoy en día con la lengua de Cervantes. Una lengua vasta en vocablos como la nuestra, que cada vez, sin embargo, está adoptando nuevos hijos lingüísticos de otras culturas. Hay quien dice que esto terminará por empobrecerla, pero sinceramente soy de las que opinan que tiene justo el efecto contrario: la enriquece. Eso sí, si somos capaces de adaptar los nuevos vocablos a nuestra lengua y no abusar de ellos de forma desmedida. Así, y sólo así, podemos describir el español como una lengua viva, en constante cambio y evolución.

El problema radica, insisto, en el abuso de estos términos, llegando a distorsionar tanto el mensaje que podemos no llegar a entender a nuestro interlocutor. De esta forma, hablamos del CEO de una empresa para referirnos al director, celebramos en el trabajo cada día morning meetings, solucionamos las dificultades laborales con un know-how, paramos a media mañana para hacer un break, nos reímos de la gracieta del nuevo hípster que han contratado en la oficina, celebramos cada tarde una reunión de brainstorming, y acabamos el día con nuestros compañeros de trabajo disfrutando de una copa en un afterwork. Ah, y las vacaciones, ¡qué sería de nuestros bolsillos si no comprásemos nuestros billetes en una compañía low cost! Si has entendido este párrafo entero, enhorabuena: has alcanzado el universo del bilingüismo español – inglés en nuestra rutina diaria.

El por qué de este uso masivo de vocablos, desplazando incluso a su traducción española, lo encontramos en una especie de esnobismo cultural, que nos seduce hasta el punto de pretender hablar como si fuéramos los más inteligentes del universo, aunque a veces no sepamos ni qué estamos queriendo decir. Queda más cool. Claro, queda más fino decir que haces running que afirmar que sales a correr por el parque (porque incluso el running ha terminado por absorber al footing, palabra ya en desuso y fuera de onda, sólo usada por loosers).

Desde luego, quizá pienses leyendo esto que soy una especie de integrista del lenguaje. Nada más lejos de la realidad. Es enormemente positivo, como comentaba anteriormente, adoptar términos de otras lenguas y así hacer crecer la nuestra. Ocurre, por ejemplo, en el campo de las nuevas tecnologías, donde se hace casi imprescindible el uso de palabras de raíz inglesa: wasapeamos, tuiteamos y somos blogueros. Pero es mucho más enriquecedor si ese préstamo consigue crear nuevos términos, y no adoptarlos en bruto, hasta el punto de que los menos duchos en la lengua de Shakespeare pueden llegar a perderse. Y qué decir tiene que la práctica es realmente penosa cuando, por puro interés estético, el término foráneo sustituye a uno ya existente en nuestra lengua. Por eso, deberíamos plantearnos cuidar un poquito más la salud de nuestro idioma, que al fin y al cabo será nuestro legado común para las nuevas generaciones. OK?

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