La retórica del terror: cuando las palabras dañan como balas

artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Esta semana se ha escenificado la pantomima del supuesto desarme de ETA. Y digo “supuesto” porque no estoy plenamente de acuerdo con cómo se ha gestado, ni creo que esto ponga el punto y final a una historia de terror, sangre y muerte.

En estos días, en los que los medios han vuelto a recuperar la dialéctica habitual de las décadas de los 80 y 90, creo necesaria una reflexión acerca del lenguaje que se utiliza en las noticias al hablar de actos terroristas. Y no sólo de ETA, sino más recientemente a la hora de informar sobre atentados perpetrados por el Daesh.

Comienzo con una curiosidad. ¿Alguien se ha parado a pensar por qué la noticia del supuesto desarme se publicaba en un medio británico, siendo una banda terrorista eminentemente española? Lo primero, claro está, por intentar explotar una proyección internacional. Pero también por el tratamiento que suele dar la BBC a este tipo de acciones. No hay en el Reino Unido ninguna duda sobre el carácter criminal de los actos de ETA. Sin embargo, el libro de estilo de la cadena rechaza el término “terrorista” en aras de una supuesta neutralidad, y los define simplemente como “grupo separatista vasco”. Así lo justifican: “Debemos reportar actos de terror, de manera rápida, precisa, completa y responsable. Nuestra credibilidad está socavada por el uso indeterminado de palabras que conllevan juicios emocionales o de valor. La palabra “terrorista” en sí misma puede ser más una barrera que una ayuda para lograr entender algo. Debemos evitar el término sin atribución, y dejar que la gente sea quien lo caracterice mientras nosotros reportamos los hechos tal y como los conocemos”.

Esto ocurre con la BBC. Pero durante años, los propios periodistas españoles también cayeron en la trampa de la dialéctica terrorista. Hablaban entonces de “lucha armada” (que parece ennoblecer al terror), “aparato militar” (que sugería una identificación con las fuerzas armadas de un país), “aparato logístico”, “comandos”. Escuchábamos hablar eufemísticamente del “conflicto vasco”, equiparándolo así a un enfrentamiento histórico entre Euskadi y el resto de España. Para el terrorismo es fundamental incidir con eficacia sobre los medios de comunicación y sobre el lenguaje político, lo que supone la imposición de un vocabulario propio, dirigido a alterar la visión de la realidad de acuerdo con su propia doctrina. La realidad es que no había guerra, ni bandos: sólo un grupo que buscaba infligir dolor y lo justificaba con fines políticos. Los medios de comunicación adoptaron poco a poco todo un lenguaje belicista, con lo que accedieron al juego de los torturadores y asesinos.

Mala praxis. Hay determinados temas lo suficientemente delicados, como lo es el del terrorismo, en los que los periodistas no pueden hablar de neutralidad y objetividad. La unión de toda la sociedad contra el terror debe ser común, e incluye también a los medios. La indefinición del lenguaje termina por definir de alguna manera al periodista, al programa y al medio. Y estas posturas están, sin duda, facilitando la desinformación y la distorsión de la realidad.

Ahora, ETA ya no está (afortunadamente) en la primera línea de la actualidad. Pero el terror sigue, en forma de atentados del Daesh. Sí, y digo Daesh porque me niego seguir el juego de quien quiere vendernos que son ‘Estado Islámico’, que son algo más que un complejo y completo grupo de terroristas organizados como si fueran un ejército. En un mundo completamente mediatizado, en el que las nuevas tecnologías de la comunicación son esenciales, estos terroristas apuestan por la propaganda, al más puro estilo del Goebels de la Alemania nazi. Por eso, es fundamental que no les dejemos ganar la batalla del lenguaje.

Los atentados suicidas no son inmolaciones, pues este último término revela una supuesta justificación noble de quien ejecuta el acto. Las acciones que llevan a cabo no son de la Yihad, pues este vocablo tiene una fuerte connotación religiosa, cuando sabemos que el Islam es una religión completamente alejada de toda violencia y busca la paz. Y no, no podemos hablar de Estado Islámico, puesto que se trata simple y llanamente de un grupo terrorista, y no de un Estado, e insistimos: no representa al Islam. Son, sencillamente, criminales asesinos, integristas radicales. Terroristas, no mártires.

Por eso se retuercen cuando se les nombra como Daesh, pues comprueban los daños que puede hacer el lenguaje en el imaginario colectivo. Este acrónimo árabe es plenamente peyorativo por la cercanía fonética de palabras como ‘Daes’, que significa “el que aplasta algo bajo sus pies” o ‘Dahes’: “el que mete cizaña”. Además, en su forma plural, ‘Daw’aish’ define a una agrupación de intolerantes que impone su punto de vista sobre los otros. Por eso, cuando escuchan esta palabra, los terroristas están tomando de su propia medicina.

Debemos aprender de nuestros propios errores. Los fallos que cometimos durante la sangrienta historia de la banda terrorista ETA no podemos cometerlos ahora con el nuevo terrorismo del siglo XXI. Ahora sí que estamos en una guerra total: la del lenguaje. En nuestras manos está saber quién se alzará con la victoria final.

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