artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

“El nuevo 11-S se hará a golpe de click”. Leí esta afirmación hace unos días, y me quedé con una sensación extraña. Por el significado de sus palabras, y por el dibujo que la acompañaba: una granada de mano que había sustituido el detonador por un ratón informático. Ciertamente, lo que está pasando a nivel mundial con los ciberataques es preocupante, pues efectivamente, los nuevos conflictos, las nuevas guerras, se librarán on line.

Y, como dice el nombre del último virus en causar estragos, cualquiera se echaría a llorar viendo el poder que ejerce el ciberespacio a la hora de manejar el mundo. No soy muy dada a apoyar teorías conspiratorias que parecen sacadas de malos guiones de cintas de James Bond. Pero estoy firmemente convencida de que lo que está pasando últimamente no es más que un ensayo para lo que puede llegar en un futuro: un ataque masivo capaz de paralizar la operatividad de los países más avanzados (tecnológicamente hablando).

Piénsalo fríamente. Un ataque ransomware lo que ejecuta es un secuestro de un servidor o de múltiples terminales, para cuya desaparición se pide un rescate a cambio. Es curioso cómo no han atacado a pequeños usuarios que, probablemente movidos por el miedo, son más proclives a transigir con las exigencias de los hackers. En vez de ello, han ido directamente a por grandes empresas, con la dificultad que eso conlleva a niveles de seguridad. Quizá, entonces, la ganancia monetaria no sea realmente el objetivo final. Porque lo que realmente pretenden conseguir estos ciberataques a gran escala es paralizar (al menos de forma temporal) las instituciones afectadas.

Fíjate en otro detalle que se añade a lo anterior. El ataque se ha dirigido a sectores estratégicos distintos en cada país. En España se vieron afectadas las telecomunicaciones (Telefónica) y la energía (Iberdrola y Gas Natural). En Alemania fue el transporte ferroviario. En Gran Bretaña el sistema de salud. Y en Francia, las fábricas de coches Renault, que paralizaron su producción desde el viernes. Son breves ejemplos a los que se pueden añadir otros casos similares en Japón, Rusia, Canadá, etc.

De ahí mi teoría del ensayo de esta ‘ciberguerra’: ha tocado todos los palos posibles, uno por uno, para ver cómo eran capaces de responder los afectados y el trastorno que podrían llegar a causar. ¿Te imaginas qué pasaría si todos estos sectores fueran atacados a la vez en un único país? Sólo puedo pensar en un caos y un desconcierto absoluto: sin fábricas, sin conexiones, sin posibilidad de pruebas médicas, sin historiales, sin posibilidad de sacar dinero. La nada. El Nagasaki del siglo XXI.

Siempre he sido muy de alabanzas por todo lo que nos ayuda la tecnología en el día a día, por la cantidad de acciones que realizo gracias a ella en mi rutina habitual. ¡Si hasta pago el aparcamiento del coche a través de una aplicación móvil! Pero viendo este escenario, me preocupa la excesiva dependencia que hemos llegado a tener. Y los excesos siempre se acaban pagando. Quienes quieren repartirse el poder en el mundo son conscientes de que ahí está nuestra debilidad, y entrarán en ella pacientemente, como los troyanos, sin que apenas nos demos cuenta. Hasta que sea demasiado tarde.

Y ya podemos protegernos, instalar actualizaciones, hacer copias de seguridad, o contratar al hacker más famoso para que cuide nuestros servidores. Solo son parches que no detendrán a quienes quieren controlar la escena mundial a través de la Red. Ya no importa tanto el capital, el nivel de riqueza o productividad: el poder recaerá en quienes verdaderamente sepan manejar la información. Nos movemos hacia un nuevo escenario geopolítico. No nos queda otra que construirnos una buena trinchera.

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