Supervisar no es espiar. Sobre la vigilancia de nuestros hijos en Internet

artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

La pasada semana estuve en una clase con chicos de 12 años, hablando de podcast como una nueva forma de comunicar acorde a los hábitos de consumo de medios que existen actualmente. En un momento determinado, y para lograr conectar con ellos, aludí a uno de sus youtubers favoritos para explicar la importancia de las sintonías y las presentaciones. Me repitieron a coro, los veintipico, el saludo de Auronplay (querido @smdani: tú tienes la culpa de me haya enganchado a su canal). Sin embargo, y esto es lo más llamativo del tema, los profesores que les acompañaban se quedaron descolocados, sin saber de qué les estaba hablando.

Esto me ha hecho pensar, ya no tanto en los educadores (que podemos dejarlo para otro día), sino, yendo más allá, en el papel de los padres a la hora de conocer de primera mano qué contenidos ven sus hijos en Internet. Porque sí, es necesario estar pendientes para lograr empatizar con ellos, estar en su misma sintonía. Si tú, padre, no sabes quién es El Rubius, o qué es eso del Clash Royale, lo siento: no podrás mantener una conversación con tu hijo mínimamente interesante. Es lo que hay. YouTube, por ejemplo, ofrece un nuevo lenguaje, nuevas formas de compartir lo de siempre y un nuevo espacio en el que pasar tiempo libre. Mucho tiempo libre. Por eso, es necesario conocer y compartir las aficiones de nuestros hijos para entender su mundo.

 

Conocer, compartir, dialogar, formar, … ¿y censurar? Soy consciente de que, en plena era de la información, una de las grandes preocupaciones que tenemos los padres es cómo podemos controlar ese contenido, así como el uso que le dan nuestros hijos a sus redes sociales. Emilio Calatayud, juez de menores, asegura que, igual que nuestros padres rebuscaban en nuestros cajones, ahora somos nosotros quienes debemos rebuscar en el móvil de nuestros vástagos. Pese a que me suelo identificar mucho con sus opiniones, siento tener que decir que esta vez no estoy de acuerdo. Y ojo, que ni soy psicóloga, ni nada por el estilo: lo que explico a partir de ahora lo hago desde mi percepción personal y desde lo que a mí, como madre, me parece lo más apropiado para mis hijas (espero no equivocarme en un futuro).

Ser padre en la era del smartphone, en la que cada dos minutos sale una nueva aplicación social, hace que la vigilancia constante sea prácticamente imposible. ‘Ciberbullying’, ‘sexting’, ‘grooming’, son peligros derivados del mal uso de las nuevas tecnologías que nos preocupan a todos. El problema está en delimitar dónde termina el derecho a la intimidad de los hijos y dónde empieza nuestra responsabilidad como padres. Derivada de esta extrema preocupación, han surgido controles parentales que nos permiten bloquear ciertos contenidos que consideramos no apropiados; incluso, existen aplicaciones para espiar las conversaciones on line de nuestros pequeños descendientes. Haz la prueba: busca en Google “padres controlan a sus hijos en Internet” y verás que lo que más se demanda es “app para localizar el móvil de los hijos”, “controlar un móvil desde otro”, o “cómo controlar el WhatsApp de mi hijo gratis”. Alucinante. ¿Realmente esta es nuestra función como padres: espiar antes que confiar?

Curiosear a hurtadillas lo que hace nuestro hijo no va a evitarle todos los males de la adolescencia. Más bien, creo que lleva a una sobreprotección que puede frenar su madurez personal. No se trata de mirar su móvil, de controlar todos sus pasos: la clave (creo yo) reside en la formación previa y el acompañamiento. Si directamente optas por el control absoluto, algo falla. Cuando pones un programa de GPS a tu hijo estás vulnerando directamente su esfera más íntima. Piensa por un momento en qué valores le estás inculcando cuanto tú como padre le espías en su vida privada.

Antes de todo esto, habla con tu hijo. Explícale qué es Internet, qué peligros conlleva, y cómo debe actuar en la Red. Acompáñale en sus primeros pasos. Recuérdale que no comparta excesivos datos personales. Insístele en que una inocente foto, en el momento en el que salga de su móvil, ya ha perdido todo control sobre ella. Comparte con él sus inquietudes y aficiones: entra en su mundo. Vigila y permanece alerta, pero no espíes. Y, cuando sea el momento, marca unos límites de uso, pero siempre desde el respeto. Quid pro quo: la confianza que tú muestres en él será la confianza que él demuestre en ti.

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