Aprender a escuchar el silencio

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Me gustan los espacios en blanco entre los capítulos de un libro. Me gustan los puntos suspensivos y la expectativa que ofrecen de algo más. Me gusta cuando se apagan las luces en el cine. Me gusta sentarme en el sofá del salón de madrugada, iluminada tan solo por las luces de la farola de la calle. Me gusta ver dormir a mis hijas, como si nada pudiera perturbarlas. Me gusta el silencio. Me gusta esa maravillosa sensación que nos embarga cuando no se escucha nada. Simple.

Pero es tan complicado encontrarlo… tan difícil disfrutarlo… Vivimos sumergidos en una burbuja de ruido constante. Gritos, bocinazos, anuncios, televisiones encendidas, la alarma del móvil, la notificación de Twitter, el pitido del WhatsApp, conversaciones por compromiso que se vuelven monólogos. Ruido, ruido. Ruido. Hablamos demasiado sin decir nada, porque oímos demasiado sin escuchar nada.

Somos adictos al sonido. Es como si no pudiésemos vivir sin él. Cuando estamos en silencio es como si hiciésemos un ayuno forzoso de ruido, una privación incómoda poco soportable en una sociedad estruendosa. El silencio puede ser desconcertante y puede hacer que la gente se sienta incómoda, en una soledad no buscada. ¿Cuántas personas encienden la televisión simplemente para que se escuche de fondo, para romper ese silencio que les asusta? ¿A qué le tienen miedo? A algunos les evoca soledad, a otros incluso la muerte. Y hay quien mira más allá y lo considera una oportunidad de reconectar con nuestro “yo” interior. Algo hay de misterioso en ese terreno del silencio que nos fascina y nos aterra a partes iguales.

En medio de tanta estridencia, el silencio es una bendición. Como respirar hondo y coger aire. Como una ducha para despejar la mente. El silencio tiene una enorme importancia en la comunicación humana. Y es que habla y silencio son complementarios. El silencio no es renuncia a comunicarse, sino contención, reflexión, prudencia. Hay silencios que gritan, que duelen, que hieren. La comunicación es palabra y es también silencio. De hecho, como señalaba recientemente Leticia Soberón (de la Secretaría para la Comunicación de la Santa Sede), “el silencio es vital para que las palabras tengan sentido”.

Cultivar el silencio enriquece nuestro ser, nos ayuda a ser más productivos. Nos reinicia. Hasta la abeja es más productiva no cuando zumba sino cuando silenciosamente liba la miel de las flores. “En serio, es necesario apagar la rotativa para volverla a arrancar”, me dice Alberto por Twitter. Totalmente cierto. Es una verdadera desconexión, una desintoxicación de sonido.

Y este será mi propósito del verano: un baño de silencio, recargar mi mente, enriquecer mi alma. Al menos, siete minutos diarios dedicados a no pensar nada, a reflexionar. ¿Quieres sumarte? Apaga el televisor, la radio, el móvil, y acompáñate de silencio externo; aprovecha para preguntarte mentalmente al final de día: ¿qué cosas buenas he hecho hoy?, ¿qué podría haber hecho mejor?, ¿qué he aprendido? Gotas de silencio que calan en nuestro interior como la más deseada lluvia fina.

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