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Historias de una becaria feliz

En estos días en que el calor empieza a apretar, observo con nostalgia y algo de envidia la llegada de los chicos de prácticas a los medios de comunicación. Los becarios, como hemos llamado toda la vida, aunque ahora haya a quien no le guste la denominación por las connotaciones negativas que algunos se hayan empeñado en otorgarle. Sigue leyendo “Historias de una becaria feliz”

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Publicado en Comunicación, Comunicación no verbal

Comunicación no verbal: escuchar más allá de las palabras

Es curioso comprobar cómo, en numerosos momentos trascendentales de nuestro día a día (un discurso, una entrevista de trabajo, una rueda de prensa, una exposición de un trabajo en la universidad) nos concentramos en exceso en buscar las palabras más apropiadas para que nuestra comunicación sea efectiva. Sin embargo, nos olvidamos de lo fundamental: aunque tengamos una dialéctica de Premio Nobel, nuestros mensajes pueden ser malinterpretados por un leve movimiento de cabeza o una mueca inconsciente en un momento poco oportuno. Sigue leyendo “Comunicación no verbal: escuchar más allá de las palabras”

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¿Por qué nos emociona tanto el anuncio de la Lotería?

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Si hay algo que indica que la Navidad se asoma ya en el horizonte (además de ver surgir como setas los turrones y juguetes en los centros comerciales) es la llegada del anuncio de la Lotería. Un acontecimiento que en los últimos años ha tomado tal entidad que tiene incluso presentación propia, con toda la pompa y boato.

El de este año es raro. Raro al estilo Amenábar. Pero raro. Tengo que confesar que a mí me ha sacado alguna lagrimita. Será que ando algo más blanda de lo normal, porque analizando fríamente el contenido, tampoco es que sea tan lacrimógeno como “Los puentes de Madison”. Para gustos, los colores. Pero sí, una vez más, la Lotería apuesta por el componente emocional para ganar adeptos. ¿Para ganar más compradores de boletos? No lo creo. Más bien para ganar en imagen de marca, en tradición, en sensaciones y sentimientos. Van más a la ‘patata’ que al bolsillo. Y funciona. Vaya que si funciona.

Las emociones juegan en este caso, y en los anuncios de los años precedentes, un papel importante al intentar buscar un nexo de unión entre la promoción de una campaña comercial navideña y la sensibilidad de las personas. De esta manera, esas emociones que transmite el anuncio tienen más fuerza que el propio contenido, que es el sorteo en sí mismo. En base a estas premisas, los creativos publicitarios centran sus acciones hacia estrategias y mensajes que tocan de lleno el alma de cada ser humano, en los que las sensaciones o sentimientos que puedan generar superan incluso las propias funcionalidades de los productos o servicios que se ofrecen. Están buscando, simple y llanamente, crear un vínculo emocional con el consumidor.

De hecho, ¿qué mensaje nos está ofreciendo Loterías con sus anuncios? Simplificando en exceso, que el sorteo del 22 de diciembre es una tradición consolidada en nuestro país; que más allá del indudable beneficio pecuniario que aporta (al que gana, claro), se ve envuelto de bellos valores como la solidaridad, el amor, la amistad. Una idea que refuerza además con su eslogan: “El mayor premio es compartirlo”.

Afortunadamente, Loterías y Apuestas del Estado se olvidó pronto de aquel histriónico experimento que juntó a la Caballé con Raphael y Niña Pastori, y que fue carne de ‘memes’ durante largo tiempo. Lo hizo tras darse cuenta que lo que más llega, lo que más convence, no es la risa, sino la emotividad que genera empatía.

Apostar por la emoción para ganarse al público objetivo es casi una victoria segura en publicidad. Apostar por la emoción y la sensiblería en fechas cercanas a la Navidad es sinónimo de triunfo asegurado. Y es que, a largo plazo, la publicidad emocional puede ser más beneficiosa para la marca que la mera publicidad racional en la que únicamente marquen sus objetivos en el impulso de la compra directa. El por qué de esta cuestión radica en nuestra capacidad de retención: estos anuncios tan emotivos van penetrando en nuestra mente poco a poco, sin que apenas nos demos cuenta, de forma que llegamos a apreciar más a una marca sin ser plenamente conscientes de ello.

Anuncios que forman parte ya del imaginario colectivo y que consiguen, aún hoy, erizarnos la piel. El chico que vuelve a casa por Navidad al olor del turrón de El Almendro. Justino y sus maniquíes. El bar de Antonio. La inocente Carmina, que el año pasado se metió en el bolsillo a todo un pueblo. Los ‘hijos del entendimiento’ de Campofrío, marca que también en su día brindó por los valores nacionales en aquel recordado ‘Hazte extranjero’. O mis preferidos: los de la cadena de supermercados Gadis, que cada año se superan con su exaltación gallega. Si recuerdas todos y cada uno de ellos, es que estas campañas han conseguido su objetivo: llegarte muy adentro. Prueba palpable del éxito de un tipo de publicidad cada vez más extendida en todos los formatos y plataformas.

 

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La “primera guerra mundial en Internet”

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

ue vivimos en una sociedad globalizada, donde cada problema local se convierte en mundial, es algo que no se le escapa a nadie. Que en este mundo hiperconectado las nuevas tecnologías juegan un papel fundamental, tampoco. El conflicto catalán no es únicamente una cuestión que afecta a España: más bien es un problema que traspasa nuestras fronteras, y llega a formar parte de esa especie de segunda Guerra Fría que se vive entre Rusia y los países occidentales.

El fundador de Wikileaks, Julian Assange, ha definido este episodio de nuestra historia como la “primera guerra mundial en Internet”. Y creo que es con lo único de lo que ha dicho recientemente con lo que estoy de acuerdo. Los gerifaltes de la Generalidad han utilizado la Red para organizar la pantomima del 1-O. Mientras, ese mismo día, vimos cómo el Gobierno se afanaba por bloquear enlaces, cortar comunicaciones y censurar sitios web. La guerra de trincheras se ha trasladado al ciberespacio. Y nada, nada de lo que se publica en estos días es inocente.

La divulgación de noticias altamente exageradas sobre víctimas de las actuaciones policiales en Cataluña, así como la curiosa proliferación de informaciones que tratan de denigrar y desprestigiar al Estado español frente a la postura de quienes sencillamente se estaban saltando la ley a la torera al ir a votar y propiciar un referendum al margen de toda legalidad, ya se está valorando en la sede de la OTAN. Detrás de todas ellas, un conglomerado de webs prorrusas y perfiles sospechosos en Twitter que han jugado un papel de desestabilización social al que se orquestó durante el Brexit, a favor de Marine Le Pen o de la ultraderecha alemana.

Pero ¿por qué ese interés de Rusia en un asunto que aparentemente es “de orden interno”? Lo que subyace detrás de esta ciberestrategia es un aprovechamiento geopolítico contra Occidente. Putin entiende que apoyando a los movimientos de ultraderecha y separatistas (como es el caso de Cataluña), está debilitando a Europa, socavando su unidad. Tal y como sucediera en la década de los ochenta. La Historia está condenada a repetirse.

Y capitaneando esta ofensiva en las redes sociales, el señor Assange, aliado del Kremlin. Precisamente el fundador de Wikileaks, acusado por EEUU de espionaje y otros delitos sexuales, y que vive desde hace años sin salir de una embajada en Londres para evitar su detención, ha estado especialmente activo estas últimas semanas en la Red hablando del conflicto catalán. Él, junto a Edward Snowden (exinformante de la CIA), y, ¡oh sorpresa! el canal televisivo ruso RT (uno de los principales medios de propaganda de Moscú) encabezan la lista de tuiteros más influyentes en torno al debate sobre el referéndum catalán, según portales especializados en análisis de datos de Twitter. La web Hashtagify, un motor de búsqueda de etiquetas en Twitter, sitúa a estas tres cuentas como las más activas con la etiqueta #Catalonia. De hecho, sólo entre esas tres cuentas se ha publicado un tercio de todo el tráfico tuitero con ese hashtag.

La mayoría de estos tuits están llenos de incongruencias y falsedades, fotografías de otros conflictos, y mera propaganda política. El mensaje más retuiteado (casi 10.000 difusiones) respecto a Cataluña es de Snowden, quien compartió a finales de septiembre un artículo de Puigdemont en el que hablaba de la supuesta “violación de los derechos humanos” que vive Cataluña por “la mano dura de España”.

Estamos en la época de la postverdad, la propaganda y la manipulación con fines políticos. La tecnología y las redes sociales han ensuciado la verdad. Pero nuestra experiencia nos ha enseñado a defendernos de las mentiras, de los datos falsos. La luz del conocimiento es la que debe acabar con las tinieblas de los tejemanejes de quienes quieren dominarnos desde las redes. No caigamos en el relativismo, pero tampoco seamos crédulos. Hoy, más que nunca, urge una conciencia crítica para un buen uso de las redes sociales y de los medios de comunicación en general. Esa será nuestra mejor arma en este nuevo modelo de guerra, la que nos aguarda en el siglo XXI: la guerra mediática.

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De la propaganda nazi a la postverdad catalana

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

En los años 30, un alemán de corta estatura, excelente demagogo y mejor orador, mostró al mundo entero cómo las mejores armas no son las que se utilizaban en la línea de fuego ni en las trincheras, sino en panfletos, periódicos, carteles, mítines, y hasta en producciones cinematográficas. Había nacido la propaganda política, y quedaba meridianamente claro que quien supiera utilizarla de forma correcta podría ganar cualquier batalla. Al menos, la ideológica.

Han pasado casi ocho décadas de aquello, pero esas técnicas que Goebbels promovió en la Alemania nazi siguen, a día de hoy, plenamente integradas en la comunicación de masas. Por eso, hechos como al que asistimos por desgracia en Cataluña el pasado 1 de octubre, nos recuerdan peligrosamente aquella maquinaria propagandística del Tercer Reich, con toda la implicación y carga emocional que esto conlleva. De los once principios que el Ministro de la Propaganda ideó como claves para llevar a cabo sus objetivos, al menos cinco de ellos han sido reproducidos fielmente en estos días, principalmente a través de las redes sociales.

PRINCIPIO DE SIMPLIFICACIÓN Y DEL ENEMIGO ÚNICO. La pretensión de Goebbels era mostrar y repetir hasta la saciedad una única idea, un único símbolo que permitiera individualizar al adversario en un único enemigo. Los nazis se esforzaron en presentar a los judíos como la fuente de los problemas económicos de Alemania. En el caso de Cataluña, los esfuerzos se centran en presentar al Estado español como causante de todos sus males históricos. He leído que España les roba, he escuchado que España se queda con sus riquezas. Mismos argumentos repetidos en entrevistas de televisión, en las escuelas e institutos. Jóvenes que lo lanzan insistentemente a través de los 140 caracteres de Twitter. Chavales que quizá no se hayan siquiera parado a pensar cómo, de qué manera se les está robando: simplemente lo dan por válido. Y se lo creen. Y se lanzan a poner en práctica el PRINCIPIO DE LA TRANSPOSICIÓN, cargando sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque.

Un argumento repetido millones de veces pretenden convertirlo así en verdad. Pero no tiene por qué serlo. Es el resultado del PRINCIPIO DE ORQUESTACIÓN, según el cual la propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas.

Esto entronca directamente con el PRINCIPIO DE LA TRANSFUSIÓN. Por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas. Hoy en día hablamos de ello como la “postverdad”, la forma de crear y modelar opinión pública apelando a las emociones y a las creencias personales. Tocando más las vísceras que la cabeza. Influir a través de la imagen, más que de la palabra. La imagen poderosa, que nos emociona, nos indigna, nos entristece. Y se comparte. Sin importar de dónde viene. Sin importar su veracidad. El gatillo fácil de Twitter.

Y de ahí deriva uno de los graves peligros de las redes sociales: la falta de criterio a la hora de compartir algo sin saber si es o no cierto. Lo que Goebbels llamaba PRINCIPIO DE LA EXAGERACIÓN Y DESFIGURACIÓN. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave. Es el arte supremo de la propaganda, que libra de todo pecado la mentira, si con ella se consiguen los objetivos que se pretenden. De esta manera, las redes sociales se convertían el pasado domingo en un vertedero incontrolado de bulos, exageraciones y burdas mentiras, con el único propósito de victimizar a unos y culpabilizar a otros. Como las personas ensangrentadas con brechas inexistentes y un buen chorro de mercromina. Como las ancianas que se caen por las escaleras y se culpa de ello a un supuesto empujón policial. Como las fotos de revueltas y heridos que se comparten una y otra vez en Twitter, sin importar que sean de otros años, que ni siquiera fueran en Cataluña. Como la imagen trucada del grupo de la estelada que acompaña este artículo (la original no tiene bandera alguna), y que algún humorista pasado de vueltas proponía para el Pullitzer. Como la cadena de WhatsApp del niño de seis años que habían dejado en coma las porras de la Guardia Civil. Como la joven de los dedos de la mano rotos “de uno en uno”, que reconoce finalmente su trampa. Y así, suma y sigue. Esto es lo que buscaban los que han orquestado este esperpento. Poco importaba el referéndum como expresión democrática. Querían sangre y violencia, que todo el mundo viera cómo son tratados por el país del que pretender dejar de ser. Y lo han conseguido. Han ganado la batalla. Lo triste es cómo un Gobierno entero ha caído en su trampa, ha picado en su anzuelo propagandístico, y se ha dejado hacer la cama. Poco importa ya que medios como Le Monde se dediquen a deshacer una a una las falacias en las redes estos días. La idea victimista ha quedado inoculada. Y el virus ya es imparable a estas alturas. “Miente, miente, miente que algo quedará. Y cuanto más grande sea la mentira, más gente la creerá”. Joseph Goebbels, 1936.

Y termino de escribir, y releo lo escrito. Y me entristece y asusta a partes iguales.

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Aprender a escuchar el silencio

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Me gustan los espacios en blanco entre los capítulos de un libro. Me gustan los puntos suspensivos y la expectativa que ofrecen de algo más. Me gusta cuando se apagan las luces en el cine. Me gusta sentarme en el sofá del salón de madrugada, iluminada tan solo por las luces de la farola de la calle. Me gusta ver dormir a mis hijas, como si nada pudiera perturbarlas. Me gusta el silencio. Me gusta esa maravillosa sensación que nos embarga cuando no se escucha nada. Simple.

Pero es tan complicado encontrarlo… tan difícil disfrutarlo… Vivimos sumergidos en una burbuja de ruido constante. Gritos, bocinazos, anuncios, televisiones encendidas, la alarma del móvil, la notificación de Twitter, el pitido del WhatsApp, conversaciones por compromiso que se vuelven monólogos. Ruido, ruido. Ruido. Hablamos demasiado sin decir nada, porque oímos demasiado sin escuchar nada.

Somos adictos al sonido. Es como si no pudiésemos vivir sin él. Cuando estamos en silencio es como si hiciésemos un ayuno forzoso de ruido, una privación incómoda poco soportable en una sociedad estruendosa. El silencio puede ser desconcertante y puede hacer que la gente se sienta incómoda, en una soledad no buscada. ¿Cuántas personas encienden la televisión simplemente para que se escuche de fondo, para romper ese silencio que les asusta? ¿A qué le tienen miedo? A algunos les evoca soledad, a otros incluso la muerte. Y hay quien mira más allá y lo considera una oportunidad de reconectar con nuestro “yo” interior. Algo hay de misterioso en ese terreno del silencio que nos fascina y nos aterra a partes iguales.

En medio de tanta estridencia, el silencio es una bendición. Como respirar hondo y coger aire. Como una ducha para despejar la mente. El silencio tiene una enorme importancia en la comunicación humana. Y es que habla y silencio son complementarios. El silencio no es renuncia a comunicarse, sino contención, reflexión, prudencia. Hay silencios que gritan, que duelen, que hieren. La comunicación es palabra y es también silencio. De hecho, como señalaba recientemente Leticia Soberón (de la Secretaría para la Comunicación de la Santa Sede), “el silencio es vital para que las palabras tengan sentido”.

Cultivar el silencio enriquece nuestro ser, nos ayuda a ser más productivos. Nos reinicia. Hasta la abeja es más productiva no cuando zumba sino cuando silenciosamente liba la miel de las flores. “En serio, es necesario apagar la rotativa para volverla a arrancar”, me dice Alberto por Twitter. Totalmente cierto. Es una verdadera desconexión, una desintoxicación de sonido.

Y este será mi propósito del verano: un baño de silencio, recargar mi mente, enriquecer mi alma. Al menos, siete minutos diarios dedicados a no pensar nada, a reflexionar. ¿Quieres sumarte? Apaga el televisor, la radio, el móvil, y acompáñate de silencio externo; aprovecha para preguntarte mentalmente al final de día: ¿qué cosas buenas he hecho hoy?, ¿qué podría haber hecho mejor?, ¿qué he aprendido? Gotas de silencio que calan en nuestro interior como la más deseada lluvia fina.

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Tirando de ingenio para rechazar llamadas comerciales

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Tienen respuesta para todo. Insisten hasta la saciedad y no aceptan un ‘no’ por respuesta.

Llaman a la hora de la siesta, cuando estás dando de comer a tu hijo pequeño. Y claro, nuestra paciencia tiene un límite y saltamos. ¡Vaya si saltamos!

Al hilo de mi artículo de la semana pasada sobre las dificultades de realizar gestiones telefónicas, surgió en Twitter la idea de hablar de cómo respondemos frente al ‘acoso’ de los comerciales de operadoras de telefonía, banca o similares.

Vaya por delante que esto no es una crítica hacia los teleoperadores en sí. A fin de cuentas, ellos solo hacen lo que les piden en sus empresas. De hecho, en estas conversaciones tuiteras de esta semana me han puesto al corriente de la presión bajo la que están trabajando con un sueldo más bien escaso: hay sitios donde graban sus llamadas para ver cómo responden, a algunos hasta les controlan el tiempo que pasan en el baño, y ni siquiera son en muchos casos quienes eligen a quién llamar, pues hay  empresas de telemarketing cuentan con ordenadores que emiten llamadas automáticas.

Por eso, la queja no es hacia quien ejecuta las reglas del juego del marketing telefónico, sino para quien las pone, que debe de pensar que cansar hasta la saciedad es una buena idea. Quizá deberían replantearse sus estrategias de venta y así evitarían que el cliente tenga que recurrir a artimañas.

En todo caso, estamos en verano, intentando relajarnos, así que vamos a tirar un poquito de humor. Pedí por Twitter vuestra ayuda para saber cómo era la actitud que mostramos cada uno de nosotros cuando recibimos este tipo de llamadas. La respuesta ha sido abrumadora (¡gracias a todos!), y esta es una recopilación de las más ingeniosas que he recibido:

  • La que entiende la situación del trabajador: “Les digo que no puedo atenderles y que no es momento de llamar. Procuro ser amable, el operador no tiene culpa”. “Pues yo escucho 1 minuto y después les agradezco la llamada y les digo que no me interesa. Me da penita. Hacen su trabajo”.
  • La que lo intenta … pero no lo consigue: “Respondo lo más cordialmente que puedo, si el momento lo permite. Pero a veces me lo ponen difícil. Son estrategias algo agresivas”.
  • La más efectiva: “Apúntate en las listas Robinson. Mano de santo, hace años que no me llaman”. [Nota: la Lista Robinson sirve precisamente para indicar a estas empresas que un particular no desea ser “importunado” con sus llamadas]
  • Diálogo de besugos: “- Perdona, no me interesa. – ¡Pero si aún no le he ofrecido nada! –Ya, pero seguro que no me interesa. Que tenga una agradable siesta sin interrupciones”.
  • El típico fallo de cobertura tonto: “- ¿Si?… Si……… Si…….. Si……. No”
  • Estrategia avestruz: “Cuelgo. Si vuelve a llamar lo meto en teléfonos bloqueados y palante”
  • Rechazo y actúo: “Yo suelo decir directamente que no me interesa, y que no son horas. Me he apuntado a una lista para que no me llamen más los operadores”
  • Por pedir que no quede: “Ya les tengo dicho que si no me ofrecen casa y coche y unas vacaciones ninguna oferta me interesa”.
  • Dando lástima: “Les digo que estamos velando a un fallecido. ¡Es genial su corte!”
  • La excusa del robo: “Pues mire usted, yo soy un ladrón que ha entrado a esta casa y no debería haber cogido el teléfono”.
  • Estrategias divinas: “Una vez le dije a uno que tenía prisa, que entraba en misa (era cierto), y ¡no supo qué responder!”
  • Excusez – moi?: “Hablar francés. Con mucha amabilidad y educación. Pero francés”.
  • Han llamado donde no debían: “Pues si le dices que es el cementerio, ¡cuelgan enseguida!”
  • K.O. técnico por aburrimiento: “Les contesto educadamente y les dejo en espera como te hacen ellos. Cuando se aburren y cuelgan, cuelgo yo. Con dos o tres veces que lo haga seguidos tengo descanso para unos meses”.
  • Entre bomberos no hay que pisarse la manguera: “Suelo decir que en ese momento no les puedo atender. Si insisten les digo que trabajo para la competencia y que no quiero perder mi trabajo”.
  • Siempre happy: “Muy educado, exagero mi felicidad y fidelidad, y les digo que llevo años contentísimo con mi operador, con descuentos y paseos gratis en unicornio”.

Y dejo la mejor para el final. Esta me la ha pasado un amigo por WhatsApp. Insuperable: “- ¿Está D. Domingo? – Sí, claro – Le llamamos de Orange (o Movistar, o Jazztel, o la que sea). – Muy bien, ¿qué se les ofrece? Y en ese momento, activas el altavoz del móvil y lo pones al lado de la tele. Preferiblemente el “Sálvame” o una telenovela. En ocasiones llaman dos veces… pero nunca tres. Deben marcar alguna opción que dice ‘este es un capullo, no volver a llamar”.