Publicado en Lenguaje, Twitter

‘El huracán Bartual’, o cómo hacer de Twitter la herramienta narrativa por excelencia

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Ni el último capítulo de Juego de Tronos ha suscitado tantas conversaciones en este final adelantado de verano. Suscita críticas y alabanzas a partes iguales. Pero de lo que nadie duda es de que ha sido un verdadero fenómeno: una novela transmedia fasciculada en tuits de 140 caracteres. Y hemos descubierto (asombrados) que la gente sí tiene ganas de leer, pero no de la manera que entendíamos hasta ahora.

El relato de las vacaciones de Manuel Bartual ha sorprendido a propios y extraños. Como en su día hiciera Orson Welles al radiar “La guerra de los mundos”, las vacaciones de Manuel han dado un vuelco a la forma de hacer y difundir la cultura popular. Mezclar realidad y ficción, implicar al espectador. Bartual ha transformado los hilos de Twitter para siempre, explotando toda su potencialidad. Más allá de la mera contextualización de noticias o argumentaciones más complejas sobre un mismo tema, ahora servirán también para construir un relato en primera persona.

Realmente este guionista y dibujante no ha inventado ningún género nuevo. Pero digamos que ha encontrado la clave para hacerlo más atractivo. Su éxito se basa en la temporalidad: la narrativa se desarrolla en tiempo real, algo que no se puede conseguir en un formato convencional como un libro. De ahí que se volviera tan sumamente adictivo y completamente viral.

Las vacaciones y los dobles de Manuel son un contenido original creado por y para Twitter. No se trata de fascicular una novela convencional tuit a tuit: es un guion hecho a la medida de la red social. Así lo ha reconocido el propio autor, justificando que tenía preparada hasta la escaleta de antemano, sabiendo en cada momento lo que quería publicar: el orden de cada suceso, las localizaciones, los giros argumentales… Y todo ello apoyado por material gráfico en forma de fotografías y vídeos perfectamente gestionados, que daban verosimilitud a su historia. Era como ver una serie según iban ocurriendo los capítulos. Y eso tiene mucho enganche.

Y vaya si lo ha tenido. Cuando empezó el relato el 21 de agosto, Manuel Bartual tenía poco más de 16.000 seguidores en su perfil de Twitter. A día de hoy superan los 400.000. El experto en métricas para el análisis de reputación de marcas personales, Francesc Pujol, ha elaborado un exhaustivo análisis del impacto que ha tenido este experimento narrativo. Y estos son los resultados más significativos:

– El relato de Bartual ha recibido más de 445.000 retuits, con una media de 1195 RT por cada tuit.

– Además, ha conseguido más de 3,5 millones de “me gusta”, con una media de 9.420 por cada tuit.

– Sus 373 tuits han tenido una mayor difusión (medida en número de retuits) que los mensajes de los más destacados líderes políticos de España. 6 veces más dfusión que los tuits de Pablo Iglesias, y 12 veces más difusión que los tuits de Mariano Rajoy.

–  Si se compara con los referentes en Twitter de los medios de comunicación españoles, la diferencia es aún mayor. La ficción de Manuel tiene un impacto entre 100 y 500 veces superior al que genera cada tuit de medios como El País o El Mundo.

¿Qué lección podemos sacar de todo esto? Estoy convencida de que el ‘huracán Bartual’ va a tener consecuencias en la forma de entender Twitter. No me refiero a que vaya a suponer una revolución literaria, ni mucho menos. Que nadie se asuste, que se seguirán publicando novelas tradicionales. Cada cosa en su lugar. Pero sí que debería servir para plantearnos cómo utilizar de forma efectiva esta herramienta on line tan potente y de la que solo manejamos una ínfima parte.

Se ha descubierto cómo llegar a nuestros potenciales clientes, anunciantes, lectores, espectadores: con interacción. Ha quedado de manifiesto que un perfil no sirve solo como agenda difusora de contenidos, teletipos mal entendidos de agencias de noticias, bots fríos y sin alma. Esto yace ya en la prehistoria de las redes sociales. Twitter es mucho más que un altavoz para dar visibilidad a algo o a alguien. Es una verdadera comunidad de seres que buscan y quieren relacionarse unos con otros en torno a un contenido que realmente suscite su interés.

Ojalá el relato de Bartual sirva para hacer una reflexión más profunda de hacia dónde queremos que nos lleven nuestras redes. Él ha dado el primer paso. Ahora nos toca al resto hacer lo mismo.

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Francisco. El Papa 2.0

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Soy muy fan de este Papa. Y la razón es obvia: sabe comunicar. Si hay algo que le  caracterice es su capacidad para llegar a la gente, para hacer su mensaje fácil y accesible a todo el mundo. Tanto, que incluso los más alejados de la vida de la Iglesia suelen hacerse eco de sus discursos. Desde el mismo día de su elección, Bergoglio supo respaldar sus palabras con acciones. Es un gran y potente comunicador.

Y el Papa, que es muy sabio, sabe aprovechar como nadie las nuevas potencialidades que brindan las nuevas tecnologías. Cabalgando al ritmo de los tiempos, el Pontífice está on line, potenciando su presencia en las redes sociales hasta el punto de haberse convertido en “un auténtico fenómeno mediático”, como le ha calificado la revista Forbes. Veamos por qué.

TWITTER

Si bien es cierto que la cuenta de Twitter la heredó de su antecesor Benedicto XVI, el llamado “efecto Francisco” ha logrado batir récords. Su primer tuit hizo que @Pontifex llegara a sumar hasta 10.000 seguidores a la hora. Y, desde entonces, no ha hecho más que crecer hasta sobrepasar los 12 millones de seguidores. Tiene 9 cuentas en 9 idiomas, incluido en latín (la cuenta en español supera con creces los 13 millones y medio de followers) y sus mensajes se llegan a retuitear hasta 40.000 veces.

No en vano, nos encontramos ante el usuario de Twitter con más influencia en la red de microbloging, con más de 10.000 retuits por cada mensaje solo en su cuenta en español. Según se ha señalado en varios estudios, el Papa es el líder internacional más influyente en Twitter, por delante incluso de Donald Trump, que aunque tiene más seguidores, sus mensajes no son tan retuiteados como los del Papa Francisco.

Quienes más comparten sus mensajes son los jóvenes. Lógico, si tenemos en cuenta que son quienes más utilizan esta red social. Especialmente significativos han sido los tuits que publica el Pontífice tras aparecer una nueva Encíclica, desgranando poco a poco, en tan solo 140 caracteres, lo esencial de su mensaje. Así lo hizo, por ejemplo con “Laudato Si”, cuyos tuits fueron muy comentados incluso por tuiteros del mundo de la política.

INSTAGRAM

“Rezad por mí”. Con este simple mensaje publicado en 9 idiomas distintos, que recordaba lo que dijo en sus primeras declaraciones tras asumir el Papado en 2013, y acompañado de una foto arrodillado mientras oraba, inauguraba el Papa su cuenta de Instagram, la red social de fotos por excelencia. El día de su puesta de largo, el Prefecto de la Secretaría de las Comunicaciones de la Santa Sede, Darío Viganó, explicaba que la intención de esta nueva presencia mediática era “ayudar a contar el pontificado a través de imágenes. La intención es darle prioridad a los detalles, a esos aspectos que transmiten el mensaje de cercanía e inclusión que cada día Francisco tiene para con los demás”. En sus primeros pasos estuvo acompañado del propio fundador de la red social, Kevin Systrom, quien se mostraba gratamente sorprendido: “ver al papa Francisco publicar hoy su primera foto en Instagram fue un momento increíble. ¡Francisco, bienvenido a la comunidad de Instagram! Tu mensaje de humildad, compasión y misericordia dejará una marca duradera”.

De nuevo, el “efecto Francisco” llegó como un huracán. Sólo veinte minutos después de su lanzamiento ya contaba con 10.000 seguidores. Tras publicar la primera imagen fue capaz de sumar más de 55.000 seguidores. En menos de 12 horas consiguió un millón más. Algo que a David Beckham le costó 24 horas (por poner un ejemplo de alguien muy influyente en esto de las redes). A día de hoy llega a los cuatro millones y medio de seguidores. Entre las imágenes que publica se incluyen también simpáticos videos con familias y niños. Pero, sobre todo, muchos gestos de cercanía y misericordia del Papa. El poder de la imagen completa a la fuerza de la palabra. Un gran acierto.

YOUTUBE

Sí, el Papa también es ‘youtuber’. Bueno, no es que se ponga en su habitación de Santa Marta a grabarse con una webcam. Desde hace un tiempo, el canal “El video del Papa” muestra cada mes un video que difunde las intenciones mensuales de oración del Pontífice sobre muy diversos temas: la familia, los agricultores, los artistas, los refugiados,… Es una iniciativa que de momento está funcionando a la perfección, por su calidad, su esmero y la belleza de sus imágenes, acompañadas de la voz y presencia del propio Papa.

OTROS MEDIOS

Hay una anécdota que ilustra a la perfección la relación del Santo Padre con esta nueva presencia mediática y nuevas formas de comunicarse. A bordo de un vuelo papal, una periodista de la agencia Efe le preguntó qué pensaba de los selfies, el Papa soltó una gran carcajada y dijo: “¿Que qué pienso? Es otra cultura. Me siento un bisabuelo. Hoy, un policía grande, tendría unos 40 años, me ha dicho: me hago un selfie. Y le he dicho: pero tú eres un adolescente… Sí, es otra cultura, pero la respeto”. La respeta tanto que nunca se niega a hacerse una autofoto con quien se lo solicita.

¿Y EL FUTURO?

Gustavo Entrala, responsable de la Agencia 101 (que está detrás de la cuenta de @Pontifex) adelantaba hace un año que “además de las cuentas que ya existen en Instagram, se están haciendo pruebas muy preliminares en Snapchat”. Incluso en alguna ocasión, el propio Entrala confirmaba un cierto avance para una posible presencia papal en Facebook, que todavía no se ha producido. La barca de Pedro navega, ahora más que nunca, por el ciberespacio.

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La retórica del terror: cuando las palabras dañan como balas

artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Esta semana se ha escenificado la pantomima del supuesto desarme de ETA. Y digo “supuesto” porque no estoy plenamente de acuerdo con cómo se ha gestado, ni creo que esto ponga el punto y final a una historia de terror, sangre y muerte.

En estos días, en los que los medios han vuelto a recuperar la dialéctica habitual de las décadas de los 80 y 90, creo necesaria una reflexión acerca del lenguaje que se utiliza en las noticias al hablar de actos terroristas. Y no sólo de ETA, sino más recientemente a la hora de informar sobre atentados perpetrados por el Daesh.

Comienzo con una curiosidad. ¿Alguien se ha parado a pensar por qué la noticia del supuesto desarme se publicaba en un medio británico, siendo una banda terrorista eminentemente española? Lo primero, claro está, por intentar explotar una proyección internacional. Pero también por el tratamiento que suele dar la BBC a este tipo de acciones. No hay en el Reino Unido ninguna duda sobre el carácter criminal de los actos de ETA. Sin embargo, el libro de estilo de la cadena rechaza el término “terrorista” en aras de una supuesta neutralidad, y los define simplemente como “grupo separatista vasco”. Así lo justifican: “Debemos reportar actos de terror, de manera rápida, precisa, completa y responsable. Nuestra credibilidad está socavada por el uso indeterminado de palabras que conllevan juicios emocionales o de valor. La palabra “terrorista” en sí misma puede ser más una barrera que una ayuda para lograr entender algo. Debemos evitar el término sin atribución, y dejar que la gente sea quien lo caracterice mientras nosotros reportamos los hechos tal y como los conocemos”.

Esto ocurre con la BBC. Pero durante años, los propios periodistas españoles también cayeron en la trampa de la dialéctica terrorista. Hablaban entonces de “lucha armada” (que parece ennoblecer al terror), “aparato militar” (que sugería una identificación con las fuerzas armadas de un país), “aparato logístico”, “comandos”. Escuchábamos hablar eufemísticamente del “conflicto vasco”, equiparándolo así a un enfrentamiento histórico entre Euskadi y el resto de España. Para el terrorismo es fundamental incidir con eficacia sobre los medios de comunicación y sobre el lenguaje político, lo que supone la imposición de un vocabulario propio, dirigido a alterar la visión de la realidad de acuerdo con su propia doctrina. La realidad es que no había guerra, ni bandos: sólo un grupo que buscaba infligir dolor y lo justificaba con fines políticos. Los medios de comunicación adoptaron poco a poco todo un lenguaje belicista, con lo que accedieron al juego de los torturadores y asesinos.

Mala praxis. Hay determinados temas lo suficientemente delicados, como lo es el del terrorismo, en los que los periodistas no pueden hablar de neutralidad y objetividad. La unión de toda la sociedad contra el terror debe ser común, e incluye también a los medios. La indefinición del lenguaje termina por definir de alguna manera al periodista, al programa y al medio. Y estas posturas están, sin duda, facilitando la desinformación y la distorsión de la realidad.

Ahora, ETA ya no está (afortunadamente) en la primera línea de la actualidad. Pero el terror sigue, en forma de atentados del Daesh. Sí, y digo Daesh porque me niego seguir el juego de quien quiere vendernos que son ‘Estado Islámico’, que son algo más que un complejo y completo grupo de terroristas organizados como si fueran un ejército. En un mundo completamente mediatizado, en el que las nuevas tecnologías de la comunicación son esenciales, estos terroristas apuestan por la propaganda, al más puro estilo del Goebels de la Alemania nazi. Por eso, es fundamental que no les dejemos ganar la batalla del lenguaje.

Los atentados suicidas no son inmolaciones, pues este último término revela una supuesta justificación noble de quien ejecuta el acto. Las acciones que llevan a cabo no son de la Yihad, pues este vocablo tiene una fuerte connotación religiosa, cuando sabemos que el Islam es una religión completamente alejada de toda violencia y busca la paz. Y no, no podemos hablar de Estado Islámico, puesto que se trata simple y llanamente de un grupo terrorista, y no de un Estado, e insistimos: no representa al Islam. Son, sencillamente, criminales asesinos, integristas radicales. Terroristas, no mártires.

Por eso se retuercen cuando se les nombra como Daesh, pues comprueban los daños que puede hacer el lenguaje en el imaginario colectivo. Este acrónimo árabe es plenamente peyorativo por la cercanía fonética de palabras como ‘Daes’, que significa “el que aplasta algo bajo sus pies” o ‘Dahes’: “el que mete cizaña”. Además, en su forma plural, ‘Daw’aish’ define a una agrupación de intolerantes que impone su punto de vista sobre los otros. Por eso, cuando escuchan esta palabra, los terroristas están tomando de su propia medicina.

Debemos aprender de nuestros propios errores. Los fallos que cometimos durante la sangrienta historia de la banda terrorista ETA no podemos cometerlos ahora con el nuevo terrorismo del siglo XXI. Ahora sí que estamos en una guerra total: la del lenguaje. En nuestras manos está saber quién se alzará con la victoria final.

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Somos los más cools

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Esta semana me ha llegado al trabajo una invitación de una empresa que celebraba su aniversario. En la tarjeta me invitaban, muy correctamente, a una gran fiesta nocturna, precedida de un lunch. ¿Cómo un lunch? Lo primero que pensé es que se trataba de un error, puesto que siempre había pensado que este vocablo inglés describía nuestro habitual almuerzo. Entonces, ¿cómo era posible que se nos invitase a un almuerzo por la noche? Como lo mejor es resolver las dudas con profesionales, llamé a una amiga traductora, quien pudo despejar todas mis dudas al respecto. Efectivamente lunch es el término utilizado para referirse a la comida del mediodía, pero la extensión de su uso ha propiciado que incluso la RAE lo haya aceptado como “comida ligera que se sirve a los invitados en una celebración”. Al final no sólo se ha cogido prestado el término del lenguaje anglosajón, sino que, como buenos españoles que somos, lo hemos modificado a nuestro antojo. Bravo, pues, por la precisión lingüística de la susodicha invitación, que yo presuponía errada.

Esto que cuento no deja de ser una anécdota, pero refleja fielmente lo que está ocurriendo hoy en día con la lengua de Cervantes. Una lengua vasta en vocablos como la nuestra, que cada vez, sin embargo, está adoptando nuevos hijos lingüísticos de otras culturas. Hay quien dice que esto terminará por empobrecerla, pero sinceramente soy de las que opinan que tiene justo el efecto contrario: la enriquece. Eso sí, si somos capaces de adaptar los nuevos vocablos a nuestra lengua y no abusar de ellos de forma desmedida. Así, y sólo así, podemos describir el español como una lengua viva, en constante cambio y evolución.

El problema radica, insisto, en el abuso de estos términos, llegando a distorsionar tanto el mensaje que podemos no llegar a entender a nuestro interlocutor. De esta forma, hablamos del CEO de una empresa para referirnos al director, celebramos en el trabajo cada día morning meetings, solucionamos las dificultades laborales con un know-how, paramos a media mañana para hacer un break, nos reímos de la gracieta del nuevo hípster que han contratado en la oficina, celebramos cada tarde una reunión de brainstorming, y acabamos el día con nuestros compañeros de trabajo disfrutando de una copa en un afterwork. Ah, y las vacaciones, ¡qué sería de nuestros bolsillos si no comprásemos nuestros billetes en una compañía low cost! Si has entendido este párrafo entero, enhorabuena: has alcanzado el universo del bilingüismo español – inglés en nuestra rutina diaria.

El por qué de este uso masivo de vocablos, desplazando incluso a su traducción española, lo encontramos en una especie de esnobismo cultural, que nos seduce hasta el punto de pretender hablar como si fuéramos los más inteligentes del universo, aunque a veces no sepamos ni qué estamos queriendo decir. Queda más cool. Claro, queda más fino decir que haces running que afirmar que sales a correr por el parque (porque incluso el running ha terminado por absorber al footing, palabra ya en desuso y fuera de onda, sólo usada por loosers).

Desde luego, quizá pienses leyendo esto que soy una especie de integrista del lenguaje. Nada más lejos de la realidad. Es enormemente positivo, como comentaba anteriormente, adoptar términos de otras lenguas y así hacer crecer la nuestra. Ocurre, por ejemplo, en el campo de las nuevas tecnologías, donde se hace casi imprescindible el uso de palabras de raíz inglesa: wasapeamos, tuiteamos y somos blogueros. Pero es mucho más enriquecedor si ese préstamo consigue crear nuevos términos, y no adoptarlos en bruto, hasta el punto de que los menos duchos en la lengua de Shakespeare pueden llegar a perderse. Y qué decir tiene que la práctica es realmente penosa cuando, por puro interés estético, el término foráneo sustituye a uno ya existente en nuestra lengua. Por eso, deberíamos plantearnos cuidar un poquito más la salud de nuestro idioma, que al fin y al cabo será nuestro legado común para las nuevas generaciones. OK?

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Lenguaje tecnológico: ¿qué palabras están aceptadas por la RAE?

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Las nuevas tecnologías de la comunicación tienen un enorme potencial para cambiar la sociedad del siglo XXI. Pero además, poseen la capacidad para transformar también nuestro lenguaje. La era tecnológica ha transformado de múltiples formas la manera en que se relacionan y se comunican las personas en la modernidad. Por ello, nuestra lengua, que cuenta con unas reconocidas raíces históricas, debe adaptarse y evolucionar para dar cabida a esas nuevas realidades que conlleva la revolución digital, incluyendo palabras que hasta hace un par de años ni siquiera existían.

Son muchos los anglicismos tecnológicos que llegan a nuestras vidas para quedarse, bien en su forma original o bien en su forma adaptada al español. Neologismos de sobra conocidos por todos, que muchos utilizan hasta el hastío en un afán por ser el más moderno, más hípster, más cool. Pero, ¿están plenamente aceptados en nuestra lengua? Es la Real Academia Española la que se encarga de poner luz entre tanta maraña de términos extranjeros y, en función de su uso e integración en la sociedad, los descarta o incorpora a su Diccionario de la lengua española.

De momento, estos son los vocablos que están reconocidos por la RAE:

– Tuit, tuitear, tuitero. Nada de ponerlo en su versión anglosajona, donde nos liamos al colocar la uve doble. Estas tres formas están adaptadas desde 2014. Y cada una cuenta con su propia definición oficial, que nos indica el nivel de penetración de estas palabras en nuestro día a día. Por ‘tuit’ entendemos aquel “mensaje digital que se envía a través de la red social Twitter y que no puede rebasar un número limitado de caracteres”. El verbo ‘tuitear’ es precisamente la acción que nos permite comunicarnos “por medio de tuits”, o bien “enviar algo por medio de un tuit”. Y, por lógica, un ‘tuitero’ será aquella “persona que tuitea”.

– Dron. Cuando mi hija pidió uno de estos a los Reyes Magos, entonces fui plenamente consciente de que no estamos ante un trasto futurista, sino ante un elemento cotidiano más para nuestro tiempo de ocio. Está adaptado del inglés drone (admito que jamás lo he visto escrito en su forma original). Y, en este caso, estamos recurriendo a un neologismo que ayuda a la economía lingüística: ¿por qué enredarnos con definiciones como “avión no tripulado” o “aeronave que carece de piloto”, cuando con apenas cuatro letras estamos diciendo exactamente lo mismo?

Wifi. Así, pronunciado tal como suena. Algunos ultramodernos pretenden corregirnos diciendo ‘guaifai’. Ni caso. El sistema de conexión inalámbrica entre dispositivos y con la red de internet es tan común que ha encontrado también su hueco en nuestro diccionario. Puede escribirse junto, o también separado (‘Wi Fi’).

Tableta. La verdad es que están en desuso, pero, debido a su explosión hace no muchos años, hemos adaptado el término al castellano. No, ya no es de modernos emplear el anglicismo ‘tablet’. Ahora, el “dispositivo electrónico portátil con pantalla táctil y con múltiples prestaciones” compite semánticamente con el chocolate. Dos tabletas, distintos significados.

– Emoticono. ¿Qué sería de nuestras conversaciones de Whatsapp sin las caritas sonrientes, las que lloran de la risa, las flamencas o las más escotológicas? Los conocidos ‘emojis’ se han españolizado para hablar de la “representación de una expresión facial que se utiliza en mensajes electrónicos para aludir al estado de ánimo del remitente”. Bueno, al estado de ánimo, o de hambre, si colocamos la nueva paella con pollo.

– Pantallazo. Sí, ese que todos hemos hecho primero en el ordenador y después en el móvil para enseñar algún contenido curioso. Algunos prefieren llamarlo ‘captura de pantalla’. Ambas expresiones sirven para denominar la fotografía tomada de un momento concreto de la pantalla con el fin de compartirlo, mostrarlo o guardarlo.

– Chatear. Bueno, esta es un tanto antigua, porque los chats están de capa caída. Esta acepción habla de un “intercambio de mensajes electrónicos a través de Internet que permite establecer una conversación entre dos o varias personas”. Lo dicho: tras el nacimiento de las redes sociales y las aplicaciones de mensajería, ya casi nadie chatea. Salvo en los bares, claro …

– Blog. Curiosamente, se trata de una de las palabras que más ha tardado en ser incluida en el diccionario de la RAE, y eso que llevamos años hablando de ellos. Se trata del “sitio web que incluye, a modo de diario personal de su autor o autores, contenidos de su interés, actualizados con frecuencia y a menudo comentados por los lectores”. Junto a él, se incluye también su autor reconocido como ‘bloguero’.

Sin embargo, hay muchos que achacan cierta lentitud a la RAE a la hora de incluir nuevas definiciones de forma oficial. Por eso, recurrimos también a la Fundéu (la Fundación del Español Urgente), que nos recomienda el uso de estas expresiones, pese a no estar aceptadas aún por los académicos:

– Wasapear y guasapear. Tal cual. Algo que hacemos una media de dos horas al día. Algo tan común como beber un vaso de agua, que hacemos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. ¿Y de verdad no está reconocidas por la RAE? En este caso, la Fundéu toma como referencia los criterios de la Ortografía de nuestra lengua para adaptar esta nueva realidad. Y hago un inciso para rogar a aquellos que dicen que me van a mandar un ‘wass’: amigos, eso no existe, ni para la RAE, ni para Fundéu, ni para nadie; no pretendáis ser los más modernos del lugar.

– Selfi. La palabra del año en 2014. El autorretrato al que nos hemos comido la ‘e’ final, aunque muchos siguen añadiéndola. Curioso que, pese al bombardeo egocéntrico al que somos sometidos diariamente con esta práctica, la Real Academia no se haya pronunciado sobre su uso. Sí lo hace la Fundéu, que recomienda la adaptación española.

– Viral. Ahora todo es viral: un vídeo, una foto, una respuesta en Facebook. Se comparte todo de forma masiva, y llega a todos los rincones del mundo. A todos, menos a las páginas del Diccionario de la RAE, donde no tiene cabida (salvo para expresar lo relativo a los virus, que no es el caso).

– Meme. Están por todas partes. Estoy alucinada con la creatividad y la destreza de algunos para hacerlos aparecer nada más terminar un partido de fútbol, por ejemplo. Hablamos de esas imágenes de contenido humorístico que se comparten exponencialmente en las redes en un período corto de tiempo. Se ve que a los académicos no les hacen demasiada gracia …

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Expresiones con olor a naftalina

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Que me estoy haciendo mayor es un hecho innegable. Mis hijas me lo recuerdan a diario, y no con mala intención (¡pobres!), sino constatando que ellas y yo pertenecemos a generaciones distintas. Y no hay mucho más que decir. El otro día, cuando la mayor me pidió que comprásemos la merienda, le dije que habría que pasar antes por el banco porque “me había quedado sin un duro”. Sus ojos se abrieron como platos al no entender la expresión; a ella, que es de la “generación euro”, lo de las pesetas, los duros y demás le suena a chino.

Es curioso cómo, a la vez que adoptamos términos tan modernos como “guasapear”, “tuitear” y demás, conservamos ciertas expresiones rancias, ciertos arcaísmos, que no se corresponden con la realidad actual. No sé si será por nostalgia, o por la pervivencia del regustillo vintage del lenguaje de nuestra generación. Lo de las pesetas es sólo uno de tantos ejemplos de esa vertiginosa evolución, pues no hay que olvidar que el cambio de moneda sobrevino hace “solo” catorce años. Sin embargo, expresiones como “te ha faltado el canto de un duro”, “la pela es la pela”, o “nadie da duros a cuatro pesetas”, no tienen ya aplicación, por lo que puede no ser entendidas, especialmente si nuestro interlocutor es demasiado joven.

Cada tiempo tiene sus propios lenguajes. Cuando en el colegio leíamos “El Cantar del Mío Cid”, o las obras de Santa Teresa, lo normal es que no entendiésemos muchos de sus textos, al estar repletos de expresiones en desuso desde hace siglos. Los avatares mundiales, las ideologías, las diversas técnicas, los descubrimientos, las modas, han influido notablemente en la evolución de las diferentes lenguas a lo largo de la Historia. Y seguirán cambiando. Pero todo proceso de cambio tiene un período de adaptación.

Seguimos diciendo “tirar de la cadena”, pese a que todos los urinarios cuentan con un pulsador. Continúan los enfados entre parejas porque uno deja con la palabra al otro al “colgar el teléfono”, pese a que los Smartphone no se cuelgan en ningún aparato físico; ni siquiera el teléfono inalámbrico de tu casa, ese que apenas usas, tiene dónde colgarse. Ya no “rompemos lanzas” en favor de alguien, más que nada porque no existen lanzas ni en la guerra. Y criticamos lo poco centrada que está una persona afirmando que vive “en los mundos de Yupi” (en serio, ¿alguien se acuerda de Yupi y Astraco?).

¿A qué obedece esta pervivencia de expresiones “viejunas”? Primero, a que el salto generacional no se ha producido del todo. Igual que yo escuchaba a mis padres hablar con total normalidad de reales y medias fanegas (sin pararme a pensar mucho en qué querían decir con ello), nuestros hijos reinventan su propio lenguaje en convivencia con el nuestro. Y segundo, porque la lengua es algo vivo, no estático, en constante cambio. Mientras la necesidad de buscar nuevas expresiones aumente, el vocabulario se expande, al combinar viejas palabras o inventar nuevas para expresar los matices y complejidades de la vida humana, sea en la época de la Historia que sea.

Por ello, ante las nuevas realidades que aparecen cada día, la lengua sólo tiene una salida: incorporar un elemento léxico en su sistema que dé buena cuenta de cada concepto, bien mediante la creación de un nuevo término (neologismo formal), bien mediante la adopción o adaptación de una forma extranjera (préstamo) o bien mediante la aplicación de dicho concepto a una forma ya existente (neologismo semántico). Una práctica que, lejos de amenazar o empobrecer el idioma, lo enriquece. Pero mientras esos cambios se produzcan, y los neologismos o préstamos se instalen definitivamente, habrá que convivir con ciertas frases con olor a naftalina. Y seguir explicando qué era un duro a las generaciones que ya pagan con el móvil para que logren entendernos cuando hablamos.

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De loterías y leche …

(artículo publicado en La Comunicación de las Cosas)

Esta semana todo el mundo habla de publicidad. De dos campañas concretas, sobre las cuales se han generado sendos debates acerca de su conveniencia, de sus bondades, de sus objetivos. Curiosamente ninguno acerca de las propias marcas en sí.

Por un lado, tenemos el conocido anuncio de Lotería de Navidad, que este año nos muestra cómo se vuelca un pueblo entero con una anciana que, erróneamente, cree que le ha tocado la lotería. Por si eres de los pocos que aún no lo han visto, es éste:

El debate viene sobre el engaño a la anciana, y si se trata de solidaridad o de una falsa compasión. Entre los detractores, vemos comentarios como éste:

“¿A quién no le ha emocionado, especialmente el abrazo final? Pues a mí el primero, claro. Pero, ¿qué dice después de todo el anuncio? Pues un desprecio a la gente mayor: “pobrecita, llevale la corriente que ya se le va la cabeza”. Está es la falsa compasión: mejor no decir la verdad, mejor engañarse un poco. Nadie saldrá herido, aparentemente. No pasa nada, aparentemente. Pero lo que ha pasado es un engaño sobre otro engaño, después del desprecio manifiesto del nieto a su abuela. ¿Lo pasan bien? Si, ¿El gesto final es emotivo? también. Pero en el fondo, me da pena. Esta es la sociedad que vivimos, día a día, en muchas facetas. Y la verdad, qué decepción”.

Sin embargo, hay voces que también aplauden el argumento del spot:

“Yo prefiero quedarme con la idea de que la sociedad es buena, que se esfuerza por no disgustar a una persona mayor/enferma, y que hace todo lo posible para que no lo pase mal. Yo no lo llamaría engaño, sino una forma de ver las cosas diferentes para que esta mujer no sufra. No lo veo falsa compasión. ¡Al revés! Lo veo una solidaridad completa, una caridad y una mano tendida al prójimo”.

Dejando la Lotería de lado, tenemos también la campaña de Puleva para pedir a la RAE que cambie la definición de “madre”. Primero, he aquí el anuncio:

Por si hay alguna duda, te pongo también la definición de “madre” que hace la RAE. Y una curiosidad más: compárala con la definición de “padre” (que no entra en la campaña):

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Y aquí surgen las inevitables diferencias de opinión. Muchos han aplaudido la idea, señalando la necesidad de cambio del término (del término de “madre”, solamente). Y, desde luego, aplauden a la empresa por una perfecta campaña de marketing, apoyada por rostros conocidos, con la que han conseguido estar en boca de todos.

“Venden leche. Su anterior campaña era una madre dando el pecho a su hijo y hacían ver que lo mejor es una madre y después, PULEVA, cómo no. Ahondando en la línea de la maternidad, dan un paso más. Como campaña publicitaria , EXTRAORDINARIA. Se habla del producto y se habla de la marca, asociado a algo tan querido universalmente como “mamá”. ¿Que la RAE cambie o no? Ese no es el objetivo. Sencillamente genial”

Sin embargo, hay bastantes voces discordantes (entre las cuales me encuentro) acerca de la supuesta “buena intención” de esta campaña. Ayer por la tarde, uno de mis miles grupos de WhatsApp ardía con decenas de mensajes sobre esta cuestión. Rescato alguno de ellos, que merece la pena que sean leídos con atención. Por ejemplo, éste de Pablo Enríquez:

“Esto es una campaña publicitaria, de una empresa que potencia así su imagen, y que toca el lado emocional. Por tanto funciona. Miente si afirma que su pretensión es pulir el idioma (y lo dice). ¿Por qué digo esto? Si esto va de convencer a la RAE de que dé un significado distinto a una palabra, no tienen nada que hacer. Las palabras tienen denotaciones (significados) y connotaciones (conceptos asociados a la palabra, no son la esencia del término pero sí aspectos relacionados con el mismo). Y la RAE expresa el significado (denotación) de un término. En este caso, madre es aquella mujer que ha parido. A ver…, mi madre, nuestras madres, vosotras, mi mujer, todas las mujeres que tenéis en mente, llevan el término “madre” a lo más elevado. No se limitan a parir. Correcto, pero eso, lo que todos tenemos en mente, es algo que connota el término madre, no que significa (denota). Este rollo, porque es un rollo, se vende mal, no emociona, pero es así. Una madre también es la que da a su hijo nada más nacer, la que lo tira a un contenedor, la que lo mal cría, la que se desentiende de su vida… Una mala madre, pero una madre al fin y al cabo. ¿Que queremos que madre sólo signifique “buena madre”? Bien, entonces el debate es otro. Un lingüista diría que lo que se genera con esto es un anarquismo lingüístico, o semántico. Claro que es una campaña magnífica: cala, emociona y estamos hablando de ella. Por eso, reconociendo que es una muy buena idea publicitaria, sostengo que el tema en sí no va a ningún lado, entre otras cosas porque las palabras tienen una etimología, una tradición, un sentido que no nace de un día para otro. Y reconozco que lo primero que me llamó la atención fue cuando me enteré de que el concepto de padre tiene prácticamente la misma redacción que el de madre. Y, la verdad, yo me siento algo más que lo que pone en el diccionario de la RAE (tres hijos en el curriculum…), pero no puedo limitar el concepto de padre a los “buenos padres” (se supone que yo soy uno de estos, en fin)”.

No hay que olvidar que Puleva es una marca comercial, que lo que pretende es aumentar sus ventas, no contribuir a una mejora de la práctica lingüística. Sin embargo, este tipo de contenidos o de acciones generan empatía con el consumidor, y un cierto engagement que fortalece la imagen de marca. Como bien apuntaba también otra de mis contertulias guasaperas, “PULEVA vende leche. E IKEA muebles. Y ellos tampoco van a conseguir nada con su campaña de menos deberes y más cenas. Hablamos, pues, de que la pretensión no es generar un cambio social, sino un fortalecimiento de la marca en su sector. Si tenemos esta premisa clara, entonces veremos la campaña con otros ojos.

No reproduzco el resto de mensajes por no alargar el contenido. Bueno, mención especial merece el de mi amigo Txomin, que piensa que “estamos a un paso de que McDonald’s decida cómo se tiene que definir “carne”…. y Burguer King se escandalizará. Os lo profetizo”.

Y tú, ¿qué piensas de estos dos anuncios?


PD 1.-Yo tengo una teoría sobre el spot de la Lotería: creo que la señora es consciente de todo desde el principio, y que es ella la que propicia todo el paripé, para sacar al “ni-ni” de su nieto del sofá, para que su hijo la preste más atención, y para que todo el pueblo se una en fraterna alegría. De hecho, creía que al final del anuncio, cuando se acerca el hijo, la mujer era la que iba a destapar todo el engaño …

PD 2.- Un abrazo a Julián, el administrador del grupo machacón de WhatsApp, que anoche se acordaría de las “madres” de todos. ¡Hay que ver lo que hablamos cuando nos ponemos!