Publicado en Comunicación, Periodismo, Radio

Historias de una becaria feliz

En estos días en que el calor empieza a apretar, observo con nostalgia y algo de envidia la llegada de los chicos de prácticas a los medios de comunicación. Los becarios, como hemos llamado toda la vida, aunque ahora haya a quien no le guste la denominación por las connotaciones negativas que algunos se hayan empeñado en otorgarle. Sigue leyendo “Historias de una becaria feliz”

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Publicado en Iglesia, Periodismo, Redes Sociales

Fake news’: cuando mentir se convierte en un arte

“Una mentira puede haber recorrido la mitad del mundo mientras la verdad está poniéndose los zapatos”. Cuando Charles Spurgeon pronunció esta frase sentó cátedra, sin saberlo, sobre uno de los asuntos más controvertidos en los últimos años: el fenómeno creciente de las ‘fake news’.

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Publicado en Periodismo

Por un periodismo digno

Vamos a realizar un sencillo ejercicio de imaginación. Piensa, por un momento, que te encuentras en una camilla de un quirófano. Mientras preparan la anestesia, hablas con el señor que va a operarte. Una conversación banal, para quitar los miedos típicos del momento. En esa charla, no sabes bien cómo, pero sale a colación que ese hombre con bata y guantes no es médico, no ha estudiado medicina; es más, no ha pisado por la Facultad en su vida. Pero intenta convencerte de que él sabe lo que se hace, incluso mejor que algunos médicos titulados. ¿No te levantarías de un salto y saldrías corriendo? Yo sí, desde luego. Sigue leyendo “Por un periodismo digno”

Publicado en Periodismo, Política

Je ne suis pas El Jueves

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Vaya por delante que no tengo mucho sentido del humor. ¡Qué se le va a hacer! Pocas cosas consiguen sacarme una sonrisa desaforada, y no me divierten ciertas chanzas que parecen ser del gusto del común de los mortales. No me gustan las gracias que buscan la carcajada fácil con humillaciones, insultos y burlas. Llamadme rara si queréis.

Esta semana hemos conocido la decisión de un juez de investigar al director de El Jueves por un artículo en el que “se pasaron de la raya”, y nunca mejor dicho. Haciendo referencia a la ingente presencia policial en Cataluña, “bromeaban” con la posibilidad de que se agotaran las reservas de cocaína en la zona. Poco más que decir al respecto. Parece que a los propios aludidos no les ha hecho demasiada gracia el tema. Lógico. Donde unos ven una crítica satírica, yo lo único que veo es una descalificación flagrante. Y no, lo siento pero no me hace reír.

Se presupone que, como periodista que soy, debo defender a capa y espada la libertad de expresión. Y así es. Sin libertad de expresión no hay libertad de pensamiento ni tampoco democracia. El derecho a que los ciudadanos puedan expresar y difundir libremente sus opiniones es fundamental para cualquier sociedad desarrollada. Pero la raíz de todo debate radica en algo muy sencillo: no es un derecho absoluto. Habrá que defenderlo siempre, sí, pero únicamente hasta que choca de pleno con otros.

La libertad de expresión tiene límites, y estos pasan por el respeto a la dignidad y el honor de quienes estamos opinando. No es censura, sino sentido común. Si leemos detenidamente el artículo 20 de la Constitución, observamos que de sus cuatro apartados, tan sólo el primero describe este derecho fundamental, mientras que los otros tres se dedican a restringirlo. También lo hace la Ley Orgánica 1/82 sobre el Derecho al honor, la intimidad y la propia imagen. Y traspasando nuestras fronteras, el artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos determina los límites a este derecho al establecer que su ejercicio entraña deberes y responsabilidades especiales, por lo que puede estar sujeto a ciertas restricciones que deberán estar expresamente fijadas por ley.

Por supuesto que El Jueves, Charlie Hebdo, y publicaciones similares pueden publicar lo que quieran. Eso es libertad. Pero también entenderán que puede haber quien no entienda sus gracias y se sienta ofendido por ellas, tomando las medidas que considere oportunas. Eso también es libertad. Y democracia. Y justicia.

Y no, para hacer humor no es necesario provocar tensando la cuerda al límite. No todo vale. Un insulto, una insinuación de una conducta reprobable, no hace honor a la máxima de la práctica periodística: la búsqueda de la verdad. Y daña no sólo al ofendido, sino a la profesión en general. Hay muchos casos honrosos de sátiras geniales sin necesidad de caer en la falta de respeto o la humillación. Quizá el problema sea que eso ahora no interesa, no vende, no vale.

Existe una fina línea entre la corrección plausible y la ofensa. Por ella debe moverse con cuidado un viñetista o comunicador humorístico. Como el niño del globo en el campo de cactus de la imagen de portada. Si es demasiado correcto no hará gracia, pero si se pasa de frenada se volverá ofensivo y realmente tampoco hará reír. Cuando una broma ofende a alguien, en ese momento deja de ser una broma o al menos pierde su gracia. No podemos hacer de la libertad de expresión un paraguas bajo el que cobijar absolutamente todo lo que se nos pase por la cabeza. No puede haber libertad de expresión para una mentira, para un insulto, para humillar a otro. Jamás.

Por eso, yo sí puse en mis redes sociales en 2015 el famoso #JeSuisCharlie, porque no me entra en la cabeza que se asesine a alguien por publicar lo que sea. Pero nunca estuve, ni estoy, de acuerdo con su línea editorial. Tampoco con la de El Jueves. Sencillamente no me hace gracia ver cómo se burlan de otros. Para eso están las leyes que limitan este derecho: para que no pase de ser una plena libertad a un libertinaje absoluto.

Publicado en Periodismo, Política

Por favor, no maten al mensajero

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Asisto entre preocupada y atónita a la oleada de acoso y vejaciones que están sufriendo compañeros de la profesión estos días en Cataluña. Un clima irrespirable, en el que ejercer el periodismo libre se ha vuelto prácticamente un acto de valientes con pleno sentido del deber de la responsabilidad para con la sociedad.

El conflicto catalán ha quemado sus naves en la batalla de la comunicación. La lucha por el control de la información es la recompensa que buscan en el botín de la independencia los bucaneros del ‘procès’. Por un lado, con presiones del Gobierno de Puigdemont sobre la prensa local (a la que tienen agarrada por … las subvenciones) y la extranjera (a la que pretenden hacer creer sus propias mentiras). Por otro, agitando a ‘hooligans’ desaforados, que intimidan a los periodistas con gritos y comportamientos más propios de neandertales que de personas civilizadas. Hemos visto zarandeos a las estructuras donde los reporteros realizan sus conexiones, robos de micrófonos en pleno directo a profesionales tan curtidos como Hilario Pino, e incluso amenazas de muerte a Ferreras y su equipo de ‘Al rojo vivo’ cuando salieron escoltados del Parlament (algunos de ellos entre lágrimas).

Se les llena la boca al chillar ese pareado tan poco florido de “prensa española manipuladora”. Quizá embrujados bajo el hechizo ficcionado de la mentira independentista, se olvidan de que, hoy por hoy, la prensa catalana también es española. O jugamos todos, o se rompe la baraja. Aquí manipular, manipulamos todos. Pero bien entendiendo la palabra, sin dobles connotaciones. El ejercicio de informar incluye la capacidad de dar distintas versiones con unas u otras fuentes, exponiendo, presentando una realidad desde una perspectiva. La que sea. Creando estereotipos más o menos válidos. La diferencia entre el ejercicio deontológico de unos medios y otros reside no en su nivel de manipulación éticamente válida, sino en el de la mentira o el uso de la información con fines ideológicos. Es este el debate y no otro.

Estamos asistiendo a un ejercicio totalitario de la libertad de información que es fiel reflejo de la forma de pensar y actuar de los que quieren imponer sus criterios al margen de la ley. Tratan de vender hacia el exterior (incluso con vídeos cargados de patrañas sentimentaloides) la victimista idea del pueblo catalán agredido por un Estado opresor, que a lo largo de los siglos ha expoliado Cataluña. Una ficción que sólo se puede sostener con mentiras … y con control. Ojo de aquel que se mueva, porque no es que no salga en la foto, sino que directamente se lo cargan. Metafóricamente hablando. Quien no sostenga esta tesis, o tenga la valentía de rebatirla con argumentos, es señalado con el dedo, y vilipendiado hasta la extenuación. También en redes sociales, donde el acorralamiento se vuelve terriblemente asfixiante para algunos. Listas negras, ciberacoso, presiones políticas, son el día a día de muchos periodistas en Cataluña. Algo que recuerda “a los años más duros de ETA (salvando las distancias de que allí existía una banda terrorista)”, como señalan desde FAPE.

No hay periodismo sin periodistas, ni democracia sin periodismo. Sin periodistas, sin información plural, veraz, crítica y contrastada, no hay democracia posible. La libertad de expresión (que no el libertinaje), y el periodismo como medio de control del poder político y social son la raíz de todo el sistema democrático. Si lo rompemos, si lo zarandeamos, si lo culpabilizamos y criminalizamos, estamos llegando a otro tipo de regímenes, más propios de las dictaduras y los totalitarismos que de la tan deseada democracia, aquella que se enarbola como la justificación de referendos ilegales pero que luego algunos se encargan de pisotear desde la base. Así no.

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WhatsApp como medio de comunicación

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Cuando empecé a escribir este blog, muchos de mis amigos me preguntaron por qué les llegaba cada semana un WhatsApp con el contenido del artículo que había escrito.

Muchos agradecieron el hecho de que compartiera por esta vía mis textos, y otros tantos se extrañaban de que utilizara esta app como una suerte de publicidad para mis publicaciones. El hecho es que, un año después, tengo constancia de que muchos de esos mensajes que reciben mis contactos son plenamente efectivos, pues suelen pinchar en el enlace para leer mis reflexiones. Sea por curiosidad o por verdadero interés, el hecho es que funciona.

Nadie ve extraño que se difunda nuestra actividad profesional en Twitter, LinkedIn o Facebook. Sin embargo, aún llama la atención usar WhatsApp como herramienta de comunicación profesional, de empresa o de marketing, ya que lo asociamos a algo privado (y así es, de hecho). Sea como fuere, esta es una práctica cada vez más extendida en la comunicación 3.0. Y no sólo por particulares, como es mi caso, sino por grandes medios de comunicación. Muchos periódicos, radios e incluso informativos de televisión dejan un teléfono de contacto para que su audiencia pueda solicitar que le lleguen mesajes vía WhatsApp con las últimas noticias.

Esta nueva forma de comunicación a través de mensajería instantánea por parte de los medios es bastante reciente. En 2014, la cadena de televisión británica Channel 4 empezó a usar esta vía para informar de la cobertura de la histórica votación de independencia de Escocia. El material iba a ser difundido a través de WhatsApp con la esperanza de involucrar a los jóvenes que votaban por primera vez. El experimento resultó un éxito, y ha sido imitado hasta la saciedad.

Los grandes holdings de comunicación se van dando cuenta que, bien utilizada y con un objetivo claro, les puede resultar tremendamente útil como una vía alternativa de distribución de información para la audiencia. Porque a nadie se le escapa un hecho fundamental: cada vez nos informamos más a través de esta aplicación. WhatsApp se ha abierto un hueco importante en la forma en la que la gente descubre, debate y comparte las noticias. Tras Facebook y YouTube, es la vía por la que más información se consume en todo el mundo; incluso por delante de Twitter. Son las conclusiones de un estudio publicado por “Reuters Institute for the Study of Journalism”, con datos de 34 países.

Esto, claro está, conlleva un peligro evidente en la era de la postverdad, y es que no todo lo que se comparte por WhatsApp es real. Bien sea por desconocimiento, o bien de manera intencionada, cada día proliferan más y más bulos a través de esta vía, que generan una viralización casi instantánea y prácticamente imposible de frenar. Ante esto, como siempre, es necesaria una mentalidad crítica y un acceso directo a las fuentes que puedan confirmar o desmentir el hecho compartido.

Pero, ¿dónde está el límite en esta forma de comunicación que salta de la privacidad de una conversación a un nuevo modo de información? Hay una premisa bien clara: no ser invasivo. Recibir spam en el correo electrónico es tremendamente molesto, pero ni punto de comparación con recibir cientos de WhatsApp diarios en momentos inoportunos. Por tanto, empresarialmente hablando, se deben usar de forma muy limitada (yo diría que máximo dos al día) y siempre facilitar mecanismos para que el usuario pueda darse de baja del servicio si no le interesa.

Teniendo en cuenta esta norma básica, el uso de WhatsApp por parte de un medio de comunicación puede ser altamente efectivo. En primer lugar, porque permite al medio dirigirse directamente a su público objetivo, con una estrategia directa al mismo. Además, permite crear un vínculo más estrecho con su audiencia, al ser una comunicación casi de persona a persona, consiguiendo así generar un sentimiento de pertenencia a una comunidad: la del medio en cuestión. En medios más concretos, como la radio o la televisión, implican directamente al espectador u oyente, que puede sentirse partícipe de la programación al tener a su alcance una posibilidad directa de intervenir en la misma. Y, por supuesto, ofrece al medio esa inmediatez propia de la generación actual, que quiere y necesita estar informada al momento y con la facilidad de recibir dicha información en su propio dispositivo móvil.

Seguiremos viendo nuevas formas de explotar esta herramienta por parte de los medios, que han encontrado en WhatsApp (por el momento) un filón para difundir su trabajo de forma gratuita, viral y efectiva.

Publicado en Periodismo

Lo que me habría gustado escuchar cuando empecé a estudiar Periodismo

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

En estos días en los que muchos universitarios vuelven a las aulas, no puedo evitar acordarme de ese momento de mi vida, hace 18 años, cuando pisé por vez primera la Facultad de Ciencias de la Información. Con la mayoría de edad recién cumplida, muchos sueños por hacer realidad y cierta inquietud por lo desconocido, comencé una etapa de cuatro años, los mejores de toda mi vida. Sin duda ninguna.

Sin embargo, me hubiera gustado que alguien me hubiera puesto sobre aviso de algunos detalles, simplemente por saber de antemano a qué me estaba enfrentando. Quizá habría enfocado las cosas de otra manera, o habría sabido aprovechar hasta la última gota de aquellos años. Por eso, a modo de guía, comparto con los “futuros plumillas” (que nadie se enfade, que va en tono cariñoso) aquellos consejos sobre periodismo que a mí me hubiera gustado escuchar hace casi dos décadas. Ahí van.

-Lo primero de todo, si has decidido estudiar periodismo, déjame decirte enhorabuena. Acabas de elegir la profesión más hermosa del mundo. Y ojo, que no lo digo yo: es una frase de García Márquez, pero que suscribo al 100 %. Porque sí, es de esas profesiones que te garantizarán en la mayoría de los casos un nivel de satisfacción y realización personal muy superior al de cualquier otra. Poder ayudar a la gente con nuestro trabajo, escuchar y comprender al otro, y sobre todo tener la sensación de que podemos contribuir a cambiar el mundo. ¿Realmente hay algo más gratificante que esto?

– Ahora bien, si has elegido esta carrera por descarte, porque no sabías muy bien qué estudiar, creo que estás a tiempo de cambiar. Esta es una carrera completamente vocacional, no un medio simplemente para ganarte el pan con el sudor de tu frente. Si no sientes el periodismo corriendo por tus venas, es mejor que te dediques a otra cosa. Es una profesión que requiere tiempo, dedicación y sacrificio. Mucho. No será jamás un trabajo de oficina de 8 horas con el que puedas desconectar cuando llegues a casa. Prepárate para estar continuamente conectado, prácticamente sin horarios fijos, y aprende a disfrutar de ello. Sí, créeme, se puede disfrutar de ello sin caer en el masoquismo.

– Si lo que buscas es hacerte rico, cambia de carrera. Aunque es una profesión que te aporta mucho, siento decirte que no te llenará los bolsillos. Es así. Aprende a facturar, pregunta cómo darte de alta como autónomo: así funcionan la mayoría de contratos de periodistas y comunicadores en este país. Ahora bien, recuerda que el dinero no lo es todo en esta vida, ¿verdad?

– ¿Eres tímido, te cuesta hablar en público? Más te vale empezar a soltarte. El periodismo es una profesión de “sin vergüenzas”, y que nadie le busque el doble sentido. O empiezas a comerte el mundo, o el mundo te acabará engullendo a ti.

– Los conocimientos teóricos están muy bien, pero aquí lo que te mete de lleno en la profesión son las prácticas. Si de verdad amas el periodismo, prepárate a cambiar los veranos de playa por tediosas ruedas de prensa. Sí, ser becario te curtirá como profesional más que cualquier otra cosa. Y siéntete pagado con el conocimiento que vas a adquirir con ello. ¿Te he hablado ya de sacrificios?

– Busca lo positivo de todas y cada una de las asignaturas que te ofrece la carrera, incluso aquellas que no sepas a ciencia cierta qué significan. Sí, también la Semiótica te puede aportar mucho, aunque no te lo creas.

– Aprendiz de todo, maestro de nada. Busca el conocimiento en multitud de campos durante tus años de universidad: economía, antropología, historia, política, diseño. Y solo cuando tengas ya esa base previa multidisciplinar, dirígete a la especialización.

– No le cojas excesiva manía a ninguna asignatura en concreto, pues no sabes lo que te deparará el futuro. Servidora juró que jamás se dedicaría a la comunicación institucional …

– Lee. Lee. Lee. Sigue leyendo. Y cuando tengas algo de tiempo libre, lee un poco más. Lee absolutamente todo lo que caiga en tus manos, desde una novela hasta un folleto publicitario. Todo es conocimiento. Todo ayuda. Lee.

– Amarás la Gramática Española por encima de todas las cosas. Y la Ortografía Actualizada de la RAE como a ti mismo. Pulcritud a la hora de expresarse.

– Aprende a trabajar bajo presión, con tiempos escasos. Necesitarás grandes dosis de paciencia, pero también de concentración.

– Escribe un blog, y utiliza todas las redes sociales que tengas a tu alcance. Serán tu mejor escaparate, así que cuídalas y aprende a promocionarte con ellas.

– Empieza desde ya mismo a crear una red de contactos, una agenda. Nunca se sabe quién te puede resultar útil en un momento determinado de tu vida profesional.

– Y, por encima de todo, disfruta. Esto dura unos cuantos años. Aprende a aprovecharlos, porque terminarás por echarlos de menos. Te lo digo por experiencia.