Publicado en Televisión

Televisión: quién te ha visto y quién te ve

Si hay un medio que ha tenido una relevancia social sin paragón en el siglo XX, ése ha sido la televisión. Un impacto que se ha ido disipando en estos albores del siglo XXI, difuminándola hacia el transmedia. Y es que ¡cuánto ha cambiado la televisión en tan poco tiempo!

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Publicado en Niños y jóvenes, Televisión

Televisión infantil: no todo es para niños

Cuando era pequeña, tenía prohibido ver Los Simpson. Medio mundo hablando de la llegada de las televisiones autonómicas (una verdadera revolución entonces), y de esta serie de personajes amarillos, y yo, con mis diez años, completamente fuera de onda. Los argumentos paternos jamás me convencieron. ¿Cómo que no era un programa para niños? ¡Eran dibujos animados! Veintipico años después, logro entender aquella decisión tan drástica, o al menos los motivos que llevaron a mis padres a aislarme del mundo histriónico de Springfield. Sigue leyendo “Televisión infantil: no todo es para niños”

Publicado en Redes Sociales, Televisión, Twitter

Twitter y la nueva forma de ver televisión

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Lo confieso: no soy capaz de ver la televisión sin tener el móvil al lado. No es que espere una llamada, ni que esté intentando derrotar a un ejército de Montapuercos del Clash Royale (bueno, a veces esto también). La verdad es que hace tiempo que descubrí que ver un programa o una serie y comentarlo con tus seguidores por Twitter es tremendamente adictivo. ¡Y me encanta!

Uno de los mejores momentos que recuerdo en este sentido fue hace unos meses, cuando se emitió el programa de “Masterchef Junior” que se había grabado previamente en Ávila. Muchos tuiteros abulenses estábamos ansiosos por ver cómo había quedado nuestra ciudad en televisión, y orgullosos por que apareciera en prime time. La errada elección del menú, que apostó por un besugo en vez de los pescados de nuestra tierra, indignó a muchos que vimos perdida una oportunidad de potenciar nuestra gastronomía más típica. La noche que pasamos en Twitter, inventado el hashtag #BesugoDelAdaja, fue épica: nunca me había reído tanto yo sola, en el salón de mi casa, móvil en mano, interactuando con varios tuiteros que también quisieron divertirse en ese momento.

Diversión, interacción, socialización. Es el fenómeno conocido como “la doble pantalla”, la “televisión social”. Twitter ha cambiado profundamente la forma en la que consumimos los programas de televisión debido a que somos nosotros, los usuarios, quienes hemos asumido un papel proactivo gracias a las nuevas tecnologías.

Cada noche, uno o varios programas de televisión suelen colarse entre los primeros trending topics nacionales. Programas como “Masterchef”, “Supervivientes” o “El Hormiguero”, han sabido adaptarse a este nuevo modelo de consumo audiovisual dividido en una doble pantalla. Mención especial merece el caso de la exitosa serie de “El ministerio del tiempo”, que tiene una fiel legión de seguidores capaces de presionar hasta conseguir que se ruede una tercera temporada de la serie.

Es cierto que ver la televisión siempre ha sido un hábito social. Son típicas las tertulias en el trabajo el día después de un programa de máxima audiencia, o comentar con tu pareja en el desayuno la última ocurrencia de tu late night favorito. Sin embargo, la televisión social es otra cosa: es una interacción real, directa, entre usuarios que pueden conocerse o no, que comentan cada detalle, lo bueno y lo malo. Hace que las personas sientan la tele más cercana.

Se ha terminado la actitud pasiva del espectador delante de la pantalla. Y esto lo saben Telecinco y compañía, que vuelcan todos sus esfuerzos en buscar un hashtag para cada programa, y animar al espectador a participar en él, a interactuar con el contenido y a convertirse en creador activo de lo que se está viendo. Los medios son conscientes de esta revolución, y ya no miden solo el share, la audiencia de un programa, sino también en cómo se ha seguido ese programa en la Red. Ahora el rating también se mide en 140 caracteres: es el llamado impacto social.

El segundo estudio que ha realizado Twitter sobre el uso de la televisión de sus usuarios, refleja en datos toda esta realidad que acabo de señalar, y revela cómo esta red social ha influido sobremanera en el consumo de televisión en los últimos años. Sólo en España, el 89% de los usuarios de Twitter afirma que utiliza la red del pajarito mientras ve la televisión de forma regular. Es un 19 % más que hace tres años. El ascenso es imparable.

La televisión es, esencialmente, entretenimiento. Por eso, somos muchos los que pensamos que Twitter hace esta experiencia mucho más entretenida. Pero no solo se trata de diversión: tuiteando sobre cualquier programa, se pueden descubrir muchos detalles que puedan pasar desapercibidos del mismo en plena emisión, nos conecta con otros usuarios que tienen nuestros mismos intereses, y generamos conversación social. Una experiencia de comunicación de 360 grados.

Publicado en Iglesia, Política, Televisión

De Misas y televisiones

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

“- España es un Estado jedi.

– ¿Ah, sí? ¿Dónde lo pone?

– Ahí, en el mismo párrafo que dice que es un Estado laico”

Es un chascarrillo que publicaba hace unos meses mi buen amigo Txomin para hablar de laicismo, laicidad y aconfesionalidad. Tres términos similares, pero con matices bien distintos. Una gracieta que sirve para ilustrar el pretendido debate que ha querido poner sobre la mesa los amigos de Podemos, acerca de la conveniencia de suprimir las Misas en TVE.

Suprimir las Misas. Porque, dice Iglesias, “nuestro país es un Estado laico”. Ya siento contradecirle. Nada más fácil que leer los primero párrafos de la Constitución para darse cuenta del error. Más bien somos un Estado aconfesional, en el que ninguna confesión tiene carácter estatal. No es lo mismo. Yo sé que le gustaría que España fuese un Estado laico, señor Iglesias. Mucho mejor si fuese plenamente laicista, ¿verdad? Pero la realidad es que, a día de hoy, con la ley en la mano, no lo es. Ni lo uno, ni lo otro.

Suprimir las Misas en televisión, quieren. La liturgia católica. Del resto de espacios religiosos, ni mú. Porque sí, también se emiten en La 2 cada domingo programas de las confesiones judía, musulmana, protestante. Incluso podrían emitir sus ritos, si así lo propusieran, pues es potestad de cada confesión decidir los contenidos que ellos mismos sacan en antena. Que las Misas televisadas en una cadena pública no son un privilegio de la Iglesia católica es un hecho penamente constatable. ¿Que sus espacios cuentan con más duración que otras confesiones? Cierto, pues se valora según el porcentaje de implantación de cada credo en el país. ¿Dónde está el problema?

Ellos, los de Podemos, aducen que estos espacios incitan al odio, que emiten “pensamientos propios de la Edad Media”. Evidentemente, son opiniones de quienes no han ido a Misa desde hace mucho, ni saben lo que en ella se puede decir o hacer. ¿O quizá la señorita Montero o el señor Echenique son parte de ese porcentaje respetable de audiencia que conectan el domingo con “El Día del Señor”? Porque, para emitir ciertos juicios, algo habrán tenido que escuchar de primera mano. ¿O no? Hablar de oídas es dañino e injusto. Y falta a la verdad.

Y no entienden lo que significa el servicio público que una televisión como TVE puede y debe hacer. Una televisión que está al servicio de todos los españoles. De todos. Sin excepción. De los de izquierdas y de los de derechas. De los ateos, pero también de los católicos. De los que van a Misa, y de los que no van, pero también de los que no pueden ir por enfermedad. La Misa televisada no es un programa al uso, un “reality de la fe”: no sólo se ve, sino se participa en ella, formando parte de una gran familia común. Y, aquellos católicos que, por lo que sea, no puedan acercarse a una iglesia, tienen derecho a disponer de ello. También por un canal público.

Televisión Española tiene dos canales generalistas con una clara vocación de servicio. Es una televisión que pagamos todos los españoles. Y no hay que olvidar, amigos de Podemos, que los católicos también pagamos religiosamente nuestros impuestos (nunca mejor dicho).

Y ojo, pues si es un problema de distribución de impuestos públicos, deberíamos someter a votación popular todo aquello que quieren los contribuyentes que se financie o no con su dinero. Quizá no quieran las Misas televisadas, podría ser. Pero más de uno se podría llevar un cierto sustillo con otras partidas que a muchos no nos gustan que se lleven a cabo con nuestros impuestos. La diferencia es que algunos entendemos que en democracia debe haber cesiones y concesiones por el bien común, el bien social, aunque no estemos de acuerdo.

Si no es una cuestión de audiencia, si no es una cuestión de privilegios, ¿por qué quieren defenestrar uno de los programas más antiguos de TVE? Quizá el interés no esté realmente en salvaguardar la identidad y la pluralidad de la televisión pública (que no estatal). Quizá los que claman por evitar supuestos contenidos de odio lo que consiguen es despertar soterrados enfrentamientos ‘guerracivilistas’, anticlericales, ‘quemacuras’. No creo que esto sea la cultura de la bondad que quieren, supuestamente, promover.

Por eso, más allá de diatribas sobre lo que debe o no emitir la televisión de todos los españoles (de todos, sin excepción), seamos un tanto críticos para saber discernir la ideología, los planteamientos y las intencionalidades que subyacen detrás de una propuesta que, sinceramente, no creo que sea la mayor preocupación existente en nuestro país en este momento. Y, mientras tanto, para los que no comulgan ni en Misa ni con la Misa, les recomiendo poner en práctica el ejercicio más democrático de todos: el del mando a distancia. Prueben a cambiar de canal los domingos por la mañana. Pero déjennos al resto que podamos seguir practicando nuestras creencias de forma libre. Respeto, lo llaman.

Publicado en Periodismo, Televisión

Comidos por el morbo

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Pongámonos en situación. 3 de la tarde. Comienzan los informativos de televisión. Además de la ración diaria de penurias, corrupción y demás, llega una frase que se repite como un mantra: “Les advertimos que las imágenes que van a ver son muy duras”. Y siempre acompañada de la compungida cara del presentador o presentadora de turno, quien además hace gala de una conveniente pausa dramática. Y en ese momento, optas por mandar salir del salón a los niños, o taparles los ojos, o vete tú a saber qué triquiñuelas más para que no sufran con esas imágenes. Porque lo de cambiar de canal no entra en tus planes: quieres ver cuánto de duras pueden ser. Masoquismo visual, lo llaman.

¿Cuántas veces vimos la escena del asesinato del embajador ruso en Turquía? ¿Cuántas repetimos el vídeo en Internet hasta que pudimos “disfrutar” de una muerte cuasi en directo desde todos los ángulos? Queda claro entonces que la frasecita de advertencia, más que evitar herir nuestra sensibilidad, es un reclamo para que el espectador esté más pendiente de la emisión. Ya sabes: lo prohibido, lo desconocido, el lado oscuro, nos llama. Y da mucho morbo.

Lo que no tengo muy claro es si realmente disfrutamos con la violencia, las vísceras, la naúsea. O simplemente nos hemos adocenado tanto que ya todo nos resbala. Que si muestran al niño africano comido por las moscas lo más que nos llega a dar es repelús porque estamos comiendo. Nada más. Hemos perdido la capacidad de asombrarnos y, con ello, los medios han perdido la capacidad de crear conciencia y denuncia social. Porque nada nos afecta.

Pero la vida, amigo lector, es dura en sí misma. Y no tiene frasecitas de advertencia. Lo que pasa es que no queremos ver la realidad. Preferimos mantenernos en nuestra nube de ignorancia y pseudofelicidad, sin querer aceptar la podredumbre del mundo en que vivimos. Nosotros mismos nos marcamos esa advertencia televisiva en nuestras mentes, y curiosamente, ahora sí, le hacemos caso. Y preferimos mirar hacia otro lado. Para no herir nuestra delicadísima sensibilidad.

¿Qué pasó con Aylán, el niño ahogado? La imagen de su cuerpo inerte en la playa tocó la fibra de todos. Pero poco más de muchos “ayes” y golpes de pecho. ¿Quién se acuerda ya de él? ¿Y qué pasa con los miles de Aylán que mueren cada día, pero no tienen un fotógrafo detrás que inmortalice su tragedia?

Por eso los medios deben seguir denunciando, deben ser altavoces de injusticias, obligarnos a mirar el horror y el miedo a los ojos. Y que no lo escondan con frasecitas de advertencia, pues la vida real es lo suficientemente dura como para que no sean unas imágenes las que hieran nuestra sensibilidad, sino el hecho que representan. Que los que huyen de la guerra sufren, pasan frío y hambre, se ahogan, mueren. Que las pistolas matan, y la muerte por arma de fuego inevitablemente causa sangre. Que la vida, lamentablemente, es así de cruel en ocasiones. Y que, o nos ponemos las pilas, o esto se va al garete. Porque no es desagradable ver a refugiados bañándose como animales en bidones de agua caliente en medio de la nieve: lo verdaderamente desagradable, lo verdaderamente inhumano, es que haya gente en esas situaciones tan lamentables debido a la desidia de sus semejantes. No molesta la imagen, sino que molesta, incomoda y desagrada la realidad que hay detrás de ella.

Otra cosa es que alguien pretenda rentabilizar las desgracias ajenas, vivir del escándalo y hacer negocio con las penurias humanas. Eso es periodismo basura, “oportunismo mercenario”, como lo llama Pérez Reverte. Y es deleznable. No todo tiene un precio, y mucho menos la dignidad del hombre. Entiendo que para un profesional de la comunicación es muy complicado caminar por esa estrecha línea que separa la denuncia social del morbo, separando lo que es necesario mostrar para remover conciencias del gusto por lo gore. Ahí es donde entra en juego la profesionalidad, la ética, la humanidad del comunicador.

Sin embargo, y aunque asumo que existen este tipo de prácticas en el periodismo, que buscan rentabilizar la casquería, esto no debe alejar a los medios de su fin último, que es ser un verdadero espejo de la realidad para que el oyente, el lector, el espectador, conozca lo que ocurre, lo asuma, lo rumie, lo comprenda y actúe. A veces es necesario que alguien nos coja de las solapas y nos zarandee un poco, para bajarnos de nuestra nube y obligarnos a poner los pies en el suelo. A ver si, de una vez por todas, nos enteramos de qué está pasando realmente y sepamos actuar en consecuecia. Y que no volvamos a cerrar los ojos ante unas imágenes duras intentando no herir nuestra sensibilidad. Porque hay heridas más profundas que no provienen de imágenes, sino del corazón.

Publicado en Nuevas Tecnologías, Televisión

De cómo la televisión se reinventa para sobrevivir

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

El 21 de noviembre hemos celebrado el Día Mundial de la Televisión. Una jornada para rendir homenaje al medio por excelencia, a la tecnología que cambió radicalmente las formas de comunicación del siglo XX. También es un buen momento para hacer un chequeo general para comprobar su salud, si sigue siendo tan influyente e importante en un mundo en constante evolución comunicativa.

Cuando estudiaba periodismo, uno de mis profesores nos recomendó la lectura de un inquietante libro. Digo inquietante por la profecía que contiene el título: “La televisión ha muerto”, publicado en el año 2000. Su autor, Javier Pérez de Silva, comentaba entonces que “la tecnología está cambiando el negocio de la televisión. El día de mañana, el acceso a los distintos programas se hará bajo demanda on line, y las productoras televisivas ya están tomando posiciones para no perder el tren que nos lleva a todos hacia el futuro: el tren de Internet. (…) Nos acercamos hacia un futuro lleno de posibilidades, en el que no cabe el concepto actual de televisión”.

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Este es el libro en cuestión, publicado en el año 2000

Han pasado 16 años desde aquella predicción, y el hecho es que no iba desencaminada del todo. Aunque quizá fuera un tanto radical en su planteamiento, pues morir, lo que se dice morir, la televisión no ha muerto. Como reza la primera ley de termodinámica, no se destruye, sino que se transforma: ha evolucionado para adaptarse a las circunstancias de la sociedad actual. Una sociedad en la que las nuevas generaciones no encajan con el modelo de la televisión tradicional, consistente en pararse delante de una pantalla para ver lo que se emite: los nuevos consumidores de medios deciden ver contenidos que realmente encajen con sus intereses, deciden cuándo verlos e incluso deciden producir ellos mismos sus propios contenidos. No es de extrañar que en los últimos 12 años, la audiencia de televisión haya caído vertiginosamente en picado. Y entre los jóvenes es donde esa caída ha sido más acentuada, pasando de consumir más de 26 horas semanales de televisión, a “tan sólo” 18.

La idea de “esperar” los contenidos es totalmente anacrónica, contraria a lo que nos ha (mal)acostumbrado Internet. Yo lo veo diariamente en mis hijas, quienes, cuando no es de su gusto la programación que ofrecen los canales infantiles, rápido piden que ponga Internet en la propia televisión para ver su serie favorita. Está claro: la audiencia quiere el control. Y lo quiere ya. Lo más normal es que sólo nos sentemos a ver la tele cuando hay un Real Madrid-Barça, el concierto del reencuentro de OT, o si no queremos quedarnos fuera de la tertulia del café el día siguiente sin saber a quién han expulsado de “Masterchef”. Sin embargo, hoy por hoy es absurdo quedarse despierto hasta la 1 de la madrugada para terminar de ver tu serie favorita, cuando puedes disfrutarla en streaming donde quieras y cuando quieras.

Casos como el de las recientes elecciones en EEUU han dejado constancia del cambio no sólo en la televisión de entretenimiento, sino en la de información. Ahora las empresas de noticias utilizan Facebook Live, Snapchat, YouTube y otras herramientas para informar en vivo sobre un acontecimiento de estas características. Es algo hecho a la medida para una campaña electoral que se ha librado tanto en Twitter y Facebook como en los informativos nocturnos, con debates trasmitidos en vivo por Internet y candidatos atacándose desde las redes sociales.

Ante este panorama, ¿cómo es posible que sobreviva la televisión, tal y como la conocemos? Reinventándose a sí misma. Evidentemente, la tecnología ha sido una gran impulsora de estos cambios en la manera en la que los espectadores consumen televisión. Pero también la tecnología ha sido quien ha propiciado el cambio en la manera de hacer la nueva televisión. Según datos del último estudio de la consultora Kantar TNS, la llamada Smart TV tiene ya una penetración entre los usuarios de nuestro país del 34 %. Y creciendo. Aplicaciones propias y contenidos a la carta, donde las grandes empresas de comunicación ofrecen repeticiones de sus propios programas, así como avances inéditos de sus series más populares. Incluso contenido exclusivo on line, como el canal MTMad, la nueva y rompedora apuesta de Mediaset.

A su vez, asistimos al nacimiento de una “televisión social”, integrada con las redes. Los índices de audiencia ya no miden sólo los espectadores reales, sino el “impacto social” que ha tenido un programa concreto. Y es que el 79 % de españoles utiliza el móvil para comentar lo que está viendo en ese momento. ¿Crees que exagero? Echa un vistazo a la lista de trending topics de Twitter, y descubrirás bastantes hashtags relacionados con programas de televisión. Muchos de ellos, por cierto, auspiciados por la propia cadena, que invita a sus espectadores a esta práctica, consciente de su importancia actual.

En definitiva, la televisión aún no ha muerto como tal, aunque sí se ha transformado tanto que a veces parece complicado reconocerla. Ya no estamos únicamente ante un medio de comunicación de masas, sino que debemos entenderla como un dispositivo en constante desarrollo, participando de la convergencia con las tecnologías digitales y las redes sociales. Y que nadie la defenestre aún, pues, como ocurrió con otras tecnologías que en el pasado se tacharon de obsoletas, esta crisis televisiva que auguran algunos bien puede propiciar un renacimiento cual Ave Fénix. Sólo el tiempo lo dirá.