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WhatsApp como medio de comunicación

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Cuando empecé a escribir este blog, muchos de mis amigos me preguntaron por qué les llegaba cada semana un WhatsApp con el contenido del artículo que había escrito.

Muchos agradecieron el hecho de que compartiera por esta vía mis textos, y otros tantos se extrañaban de que utilizara esta app como una suerte de publicidad para mis publicaciones. El hecho es que, un año después, tengo constancia de que muchos de esos mensajes que reciben mis contactos son plenamente efectivos, pues suelen pinchar en el enlace para leer mis reflexiones. Sea por curiosidad o por verdadero interés, el hecho es que funciona.

Nadie ve extraño que se difunda nuestra actividad profesional en Twitter, LinkedIn o Facebook. Sin embargo, aún llama la atención usar WhatsApp como herramienta de comunicación profesional, de empresa o de marketing, ya que lo asociamos a algo privado (y así es, de hecho). Sea como fuere, esta es una práctica cada vez más extendida en la comunicación 3.0. Y no sólo por particulares, como es mi caso, sino por grandes medios de comunicación. Muchos periódicos, radios e incluso informativos de televisión dejan un teléfono de contacto para que su audiencia pueda solicitar que le lleguen mesajes vía WhatsApp con las últimas noticias.

Esta nueva forma de comunicación a través de mensajería instantánea por parte de los medios es bastante reciente. En 2014, la cadena de televisión británica Channel 4 empezó a usar esta vía para informar de la cobertura de la histórica votación de independencia de Escocia. El material iba a ser difundido a través de WhatsApp con la esperanza de involucrar a los jóvenes que votaban por primera vez. El experimento resultó un éxito, y ha sido imitado hasta la saciedad.

Los grandes holdings de comunicación se van dando cuenta que, bien utilizada y con un objetivo claro, les puede resultar tremendamente útil como una vía alternativa de distribución de información para la audiencia. Porque a nadie se le escapa un hecho fundamental: cada vez nos informamos más a través de esta aplicación. WhatsApp se ha abierto un hueco importante en la forma en la que la gente descubre, debate y comparte las noticias. Tras Facebook y YouTube, es la vía por la que más información se consume en todo el mundo; incluso por delante de Twitter. Son las conclusiones de un estudio publicado por “Reuters Institute for the Study of Journalism”, con datos de 34 países.

Esto, claro está, conlleva un peligro evidente en la era de la postverdad, y es que no todo lo que se comparte por WhatsApp es real. Bien sea por desconocimiento, o bien de manera intencionada, cada día proliferan más y más bulos a través de esta vía, que generan una viralización casi instantánea y prácticamente imposible de frenar. Ante esto, como siempre, es necesaria una mentalidad crítica y un acceso directo a las fuentes que puedan confirmar o desmentir el hecho compartido.

Pero, ¿dónde está el límite en esta forma de comunicación que salta de la privacidad de una conversación a un nuevo modo de información? Hay una premisa bien clara: no ser invasivo. Recibir spam en el correo electrónico es tremendamente molesto, pero ni punto de comparación con recibir cientos de WhatsApp diarios en momentos inoportunos. Por tanto, empresarialmente hablando, se deben usar de forma muy limitada (yo diría que máximo dos al día) y siempre facilitar mecanismos para que el usuario pueda darse de baja del servicio si no le interesa.

Teniendo en cuenta esta norma básica, el uso de WhatsApp por parte de un medio de comunicación puede ser altamente efectivo. En primer lugar, porque permite al medio dirigirse directamente a su público objetivo, con una estrategia directa al mismo. Además, permite crear un vínculo más estrecho con su audiencia, al ser una comunicación casi de persona a persona, consiguiendo así generar un sentimiento de pertenencia a una comunidad: la del medio en cuestión. En medios más concretos, como la radio o la televisión, implican directamente al espectador u oyente, que puede sentirse partícipe de la programación al tener a su alcance una posibilidad directa de intervenir en la misma. Y, por supuesto, ofrece al medio esa inmediatez propia de la generación actual, que quiere y necesita estar informada al momento y con la facilidad de recibir dicha información en su propio dispositivo móvil.

Seguiremos viendo nuevas formas de explotar esta herramienta por parte de los medios, que han encontrado en WhatsApp (por el momento) un filón para difundir su trabajo de forma gratuita, viral y efectiva.

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Niños, sexo y redes sociales

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

La ha vuelto a liar. Fiel a su estilo, el juez de menores Emilio Calatayud ha hecho correr ríos de tinta en estas últimas horas debido a sus declaraciones en una tertulia de TVE.

A propósito de los peligros de las redes sociales entre los jóvenes, el magistrado no tuvo reparos en sentenciar que “actualmente las niñas se hacen fotos como putas”. Y claro, se armó el belén.

Es cierto que la frase es, cuando menos, desafortunada, más propia de exabrupto de charla de bar. El mismo juez ha reconocido que suele utilizar estas duras palabras con el fin de intentar provocar una reacción de los padres “para que protejan a los menores de sí mismos”. Y así es. Sinceramente, yo estoy más escandalizada por la realidad que se esconde tras el contenido de su mensaje que por el lenguaje que utiliza: niños pequeños que cuelgan fotos tremendamente provocativas en las redes sociales sin darse cuenta de las consecuencias de su acción. Como explica Calatayud, “después de las fotos, pueden venir los acosos, los abusos y las violaciones. Y, de hecho, pasa con más frecuencia de la que nos imaginamos”.

Bien, no vamos a exonerar de culpa al delincuente sexual basándonos en un supuesto mal comportamiento previo de la víctima, porque estaríamos legitimando sus acciones. Nada más lejos de mi intención. Pero sí que hay algo muy cierto tras las palabras del polémico juez. Estamos asistiendo a una descarada sexualización comunicativa que envuelve la vida cotidiana. Y eso es un peligro. Cuando hasta para anunciar un quitagrasas se recurre a imágenes de un revolcón en la cocina, algo está fallando. El sexo es omnipresente. También en la red.

Muchos jóvenes (cada vez con edades más tempranas) han cogido la costumbre de hacerse fotos con miradas insinuantes, morritos picantes y poses provocativas, cargadas de contenido altamente sensual. Con toda la dosis de inocencia que se presupone a un niño, estas imágenes no buscan la excitación del interlocutor, sino algo mucho más sencillo: su aceptación social. Sin más. Con tal de ganar popularidad, el chico o la chica trata de responder a lo que cree que es deseable entre la juventud, exponiendo su cuerpo como si se tratara de un mercado de carne barata, tratando así de llamar su atención. Cuanto más sexi sea su imagen, intuyen que más engancharán a sus amigos. Todo por un ‘like’.

Al final, los adolescentes acaban mostrándose en la Red como un mero objeto sexual, porque consideran que es lo que se espera de ellos. Creen que así serán mejor aceptados, mejor valorados. Y no dudan en copiar las poses de modelos e ‘influencers’, con las que creen que podrán gustar más. Para ellos, eso es lo deseable. Inevitablemente acaban asociando atractivo con deseo y sexo, como si fueran realidades únicas e indisolubles. Y no les culpo, porque a fin de cuentas es lo que han visto desde pequeños.

Por eso, es hoy más que nunca necesaria una educación digital, no sólo de nuestros hijos, sino sobre todo de los padres. Nosotros, progenitores, deberíamos estar más alerta que nunca ante la imagen que proyectan nuestros vástagos en las redes sociales. Cuidar el uso que hacen de ella, hacerles tener el control de lo que publican, y explicarles que no hay necesidad de mostrarse tan sensual para ganar amigos, es primordial si queremos sanar una sociedad hipersexualizada. Tener hijos es la mayor responsabilidad que tendremos jamás, pero también el mayor reto de nuestra vida. Debemos estar preparados.

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Cotillas, pero informados y siempre comunicados. Radiografía de los españoles en redes sociales

artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Es un hecho: las redes sociales han venido para quedarse. Están presentes, y de qué manera, en nuestra actividad diaria. Y su nivel de penetración es mayor cuanto menor es la edad del usuario.

Así lo confirman cientos de estudios, como el que ha presentado recientemente el IAB Spain. En su Estudio Anual de Redes Sociales en España de 2017 muestra los hábitos de los españoles en cuanto a estos medios online.

Para los autores de este estudio, las redes sociales serían todas aquellas estructuras sociales formadas por personas o entidades, conectadas entre sí por algún tipo de relación o interés común a través de Internet. Por eso, a las clásicas Twitter y Facebook, se van añadiendo otras como Snapchat, Instagram, YouTube, o las de mensajería instantánea.

No hay dudas sobre la inclusión de las redes en la sociedad española, y este estudio se encarga de confirmarlo en cifras: el 86% de los internautas de entre 16 y 65 años hacen uso de ellas de forma habitual; esto supone que existen en nuestro país 19 millones de usuarios de redes sociales, y que la cifra sigue subiendo año tras año (un 5 % con respecto a 2016, y un crecimiento de más del 50 % desde 2009). Ah, el estudio también señala que los más “enganchados” somos los que tenemos entre 31 y 45 años. Curioso, ¿no? Seguro que habría quien pensara que esto era un campo de batalla para adolescentes y jóvenes…

Claro, que los datos varían según de qué red social hablemos, y el uso que le demos a la misma. Por ejemplo, la más utilizada es Facebook (el 91 % de usuarios tiene perfil en ella), seguida de WhatsApp (89 %), YouTube (71 %) y Twitter (50 % tan sólo, con el ruido que hace a veces). Las predicciones de futuro del estudio apuntan a que será Instagram quien reine en un plazo corto de tiempo, pues en los últimos años la frecuencia de uso de esta red social claramente fotográfica ha aumentado de forma llamativa.

Eso sí, a la que más tiempo dedicamos es al siempre presente WhatsApp, que además se convierte en la red social mejor valorada de todas. Estamos en línea en el telefonito verde una media de 5 horas y 13 minutos semanales, alrededor de casi dos horas al día. Ahí es nada. Es lógico, pues nos permite chatear con cualquiera sin gastar apenas datos de Internet en los dispositivos móviles. Pero ojo, que Spotify viene pegando con fuerza en cuanto a tiempo de uso, y cada vez pasamos más horas conectados a sus listas de reproducción.

Por sexos, también varían bastante nuestras preferencias. Mientras las mujeres preferimos Facebook, Instagram y Pinterest, los hombres se decantan por Twitter, Spotify, y Tinder (la conocida aplicación para ligar). Prefiero no comentar mucho sobre esto, no me tachen luego de lo que no soy.

La parte que más me ha gustado de todo el estudio es cuando se pregunta a los usuarios que definan cada red social con una palabra. Facebook queda catalogada como “cotilla”, Twitter como “información”, WhatsApp como “comunicación” y Pinterest como “interesante”. Y me remito a uno de mis párrafos anteriores: que más de un 90 % de nosotros ande metido en una red calificada como “cotilla”, dice mucho del país de patio de vecinas en el que vivimos.

Muy interesante también es saber cuándo nos conectamos más a las redes sociales. Un dato muy significativo para los community managers, de cara a que su contenido programado tenga el mayor impacto posible. Ese ‘prime time’ de las redes transcurre entre las 20:30 y las 00:30. Somos animales nocturnos, los españoles.

¿Y cómo accedemos los españoles a las redes sociales? Principalmente, a través del móvil. El 94% de los accesos se realizan a través de smartphones: el ordenador ha sido desbancado. Y cuidado con las tablets, que algunos las daban ya por muertas: seguimos utilizándolas para estos menesteres en un 55 %, cuando el año pasado apenas llegaba al 28 %.

Así somos, y así nos movemos por las redes sociales en España. ¿Y tú? ¿Te ves reflejado en estos datos?

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Supervisar no es espiar. Sobre la vigilancia de nuestros hijos en Internet

artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

La pasada semana estuve en una clase con chicos de 12 años, hablando de podcast como una nueva forma de comunicar acorde a los hábitos de consumo de medios que existen actualmente. En un momento determinado, y para lograr conectar con ellos, aludí a uno de sus youtubers favoritos para explicar la importancia de las sintonías y las presentaciones. Me repitieron a coro, los veintipico, el saludo de Auronplay (querido @smdani: tú tienes la culpa de me haya enganchado a su canal). Sin embargo, y esto es lo más llamativo del tema, los profesores que les acompañaban se quedaron descolocados, sin saber de qué les estaba hablando.

Esto me ha hecho pensar, ya no tanto en los educadores (que podemos dejarlo para otro día), sino, yendo más allá, en el papel de los padres a la hora de conocer de primera mano qué contenidos ven sus hijos en Internet. Porque sí, es necesario estar pendientes para lograr empatizar con ellos, estar en su misma sintonía. Si tú, padre, no sabes quién es El Rubius, o qué es eso del Clash Royale, lo siento: no podrás mantener una conversación con tu hijo mínimamente interesante. Es lo que hay. YouTube, por ejemplo, ofrece un nuevo lenguaje, nuevas formas de compartir lo de siempre y un nuevo espacio en el que pasar tiempo libre. Mucho tiempo libre. Por eso, es necesario conocer y compartir las aficiones de nuestros hijos para entender su mundo.

 

Conocer, compartir, dialogar, formar, … ¿y censurar? Soy consciente de que, en plena era de la información, una de las grandes preocupaciones que tenemos los padres es cómo podemos controlar ese contenido, así como el uso que le dan nuestros hijos a sus redes sociales. Emilio Calatayud, juez de menores, asegura que, igual que nuestros padres rebuscaban en nuestros cajones, ahora somos nosotros quienes debemos rebuscar en el móvil de nuestros vástagos. Pese a que me suelo identificar mucho con sus opiniones, siento tener que decir que esta vez no estoy de acuerdo. Y ojo, que ni soy psicóloga, ni nada por el estilo: lo que explico a partir de ahora lo hago desde mi percepción personal y desde lo que a mí, como madre, me parece lo más apropiado para mis hijas (espero no equivocarme en un futuro).

Ser padre en la era del smartphone, en la que cada dos minutos sale una nueva aplicación social, hace que la vigilancia constante sea prácticamente imposible. ‘Ciberbullying’, ‘sexting’, ‘grooming’, son peligros derivados del mal uso de las nuevas tecnologías que nos preocupan a todos. El problema está en delimitar dónde termina el derecho a la intimidad de los hijos y dónde empieza nuestra responsabilidad como padres. Derivada de esta extrema preocupación, han surgido controles parentales que nos permiten bloquear ciertos contenidos que consideramos no apropiados; incluso, existen aplicaciones para espiar las conversaciones on line de nuestros pequeños descendientes. Haz la prueba: busca en Google “padres controlan a sus hijos en Internet” y verás que lo que más se demanda es “app para localizar el móvil de los hijos”, “controlar un móvil desde otro”, o “cómo controlar el WhatsApp de mi hijo gratis”. Alucinante. ¿Realmente esta es nuestra función como padres: espiar antes que confiar?

Curiosear a hurtadillas lo que hace nuestro hijo no va a evitarle todos los males de la adolescencia. Más bien, creo que lleva a una sobreprotección que puede frenar su madurez personal. No se trata de mirar su móvil, de controlar todos sus pasos: la clave (creo yo) reside en la formación previa y el acompañamiento. Si directamente optas por el control absoluto, algo falla. Cuando pones un programa de GPS a tu hijo estás vulnerando directamente su esfera más íntima. Piensa por un momento en qué valores le estás inculcando cuanto tú como padre le espías en su vida privada.

Antes de todo esto, habla con tu hijo. Explícale qué es Internet, qué peligros conlleva, y cómo debe actuar en la Red. Acompáñale en sus primeros pasos. Recuérdale que no comparta excesivos datos personales. Insístele en que una inocente foto, en el momento en el que salga de su móvil, ya ha perdido todo control sobre ella. Comparte con él sus inquietudes y aficiones: entra en su mundo. Vigila y permanece alerta, pero no espíes. Y, cuando sea el momento, marca unos límites de uso, pero siempre desde el respeto. Quid pro quo: la confianza que tú muestres en él será la confianza que él demuestre en ti.

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Citas célebres en las redes. No es oro todo lo que reluce

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Internet en general, y las redes sociales en particular, se han convertido en el espejo de un pseudo-intelectualismo pretendido y pomposo. Queremos parecer más listos, más reflexivos, más inteligentes. Y a veces conseguimos justo el efecto contrario. Por eso, desde hace algún tiempo, nuestro muro de Facebook y nuestro timeline de Twitter se inundan de imágenes de supuestas citas célebres. ¿Quién no ha sentido alguna vez las irreflenables ganas de estrangular a Coelho cada vez que aparece en nuestra pantalla con alguna de sus frasecitas?

Así funciona este fenómeno: una imagen de un personaje reconocible junto a una frase potente está avocada a convertirse en viral. Lo malo de esta moda es que no siempre aquello que nos muestran es verdadero. Pero, querido amigo, qué más nos da si la cita es cierta o no: yo la comparto y listo, que queda muy bien. Es bueno recordar que, por mucho que se repita una mentira, no se va a convertir en una verdad; por tanto, aunque hayamos escuchado mil veces aquello de que “todo el mundo es un genio, pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil”, siento comunicaros que Einstein nunca jamás hizo esta afirmación.

Entonces, ¿cómo enfrentarnos a la realidad de las citas célebres? Si nos tomamos algo de tiempo y, sobre todo, generamos una actitud crítica ante los contenidos que compartimos, es relativamente sencillo. Veamos:

1.- Las citas falsas siempre parecen verdaderas. Son rotundas, suenan bien, hacen pensar, y las ha dicho alguien con un peso moral importante, ¿Qué más pruebas necesitamos? Un poco de suspicacia, nada más.

2.- Se repiten hasta la saciedad. Tanto,  que tienen que ser ciertas a la fuerza. Se imprimen en camisetas, se ponen como estados del Whastapp,… Pero, ¿te has preguntado si realmente fueron dichas por sus personajes? En este blog de Atresmedia analizan las 10 citas más famosas que nunca fueron pronunciadas por sus protagonistas. ¿Te sorprende la del Ché Guevara? A mí también.

3.- Suelen relacionarse con personajes a los que todo el mundo admira. Y, cuanto más peso en la Historia tenga el personaje, más “creíble” es la información. Aquí ganan por goleada las citas de Lincoln, Voltaire y Sócrates. ¿Es capaz el humano corriente de discutir la veracidad de una frase contundente que aparece junto al retrato de estos referentes morales?

4.- La muerte mitifica. Hasta el punto de inundar la red con mensajes del finado en cuestión, que engrandecen su figura, pero que en muchas ocasiones jamás había dicho. Esto ocurría al fallecer Nelson Mandela. Incluso cuando murió Margaret Thatcher, algunos usuarios de Twitter denunciaron que algunos medios estaban publicando como verdaderas algunas frases que la dama de hierro jamás pronunció. Y es que como vaticinó Philip Seymour Hoffman: “Cuando muera, llenad Internet de fotos mías en blanco y negro junto a frases que yo no he dicho en mi p… vida” (no busques su veracidad y fíate de mí, que sí que es cierta).

5.- Pero hay un personaje vivo que se lleva la palma: el Papa Francisco. Se cuentan por cientas las frases que se comparten del Papa que jamás han salido de su boca. Y es que hasta los medios oficiales del Vaticano han tenido que pronunciarse al respecto, pidiendo prudencia a la hora de compartir esas “frases dulzonas” del Papa: ¿te acuerdas de aquel que decía “Navidad eres tú”?

6.- Podemos conocer su veracidad con un poco de paciencia. Lo más sencillo: busca la frase entera en Google entre comillas, y te llevará a su fuente original. Pero, si quieres ir más allá, hay webs especializadas en frases célebres. La más conocida es Wikiquotes, que lleva más de once años recopilando, traduciendo y debatiendo citas famosas y proverbios en todos los idiomas, configurando una de las bases de datos más completas y fiables. Hay también páginas que se dedican a desenmascarar falsedades en las citas de gente famosa, como QuoteInvestigator.

7.- Y, sobre todo, no compartas mecánicamente, como un autómata. No contribuyas a generar la gran mentira, y además estarás beneficiando a otra persona que simplemente quiere tráfico para su página o sólo busca llamar la atención. Antes de darle al botón, para y piensa si merece la pena.

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¡Basta de bulos virales racistas!

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Seguro que lo has visto en Facebook. Incluso puede que lo hayas recibido por Whatsapp. Estos días hemos visto atónitos la supuesta agresión desmedida de un hombre musulmán a una enfermera en un centro de salud español. Las imágenes, siempre acompañadas de comentarios racistas o xenófobos sobre la islamización de Europa: “musulmán agradeciendo así las ayudas que le damos”, decían. Incluso acusaban a TVE de no querer emitir las imágenes y escondernos la realidad.

Pues bien, aunque el vídeo es real y la agresión es igualmente deleznable, no está grabado en un hospital de España: lo que vemos es a un borracho liándose a golpes con el guardia de seguridad, un enfermero y una enfermera de un centro sanitario en Rusia; en Novgorod, concretamente. Nada más lejos de la realidad que pretendían colarnos. Sin embargo, muchos compartieron las imágenes en sus redes sociales, contribuyendo así a viralizar el vídeo. Tristemente, están mostrando implícitamente su conformidad con los comentarios que le acompañan al querer sacar a la luz una “verdad incómoda”.

Lo curioso del caso es que este vídeo del hospital se ha extendido al igual que el de la chica musulmana que camina impasible frente a uno de los heridos en el atentado de Londres de la semana pasada. De igual forma, el cariz racista que algunos quieren darle se ha viralizado por las redes sociales, hasta el punto de que la propia protagonista ha tenido que escribir a los medios explicando cómo su imagen está descontextualizada. Menos mal que el fotógrafo que tomó la instantánea también ha salido en su defensa.

Se trata de dos ejemplos perfectos de bulos, lo que en Estados Unidos llaman ‘fake news’, y nosotros hemos importado como la ‘postverdad’. Simple y llanamente, una manipulación de la realidad. El presidente norteamericano Donald Trump ha emprendido una campaña casi personal contra ellas y contra el proceder de algunos medios que, supuestamente, inventaron noticias contra él con la intención de socavar su campaña hacia la Casa Blanca.

Porque sí, detrás de este tipo de noticias hay un claro objetivo. Puede ser ganar dinero a base de clicks. O puede ser vender ideología. En el caso tanto del vídeo como de la imagen de Londres, la intención detrás de quien los colgó con semejantes frases racistas era crear una alarma social y un estado de opinión en contra de los refugiados. Un clima de odio racial que se retroalimenta de otras publicaciones de Facebook, como las supuestas ayudas millonarias a marroquíes en España, o la noticia de que Cáritas ha rechazado ayudara una mujer española por no ser inmigrante. Todo mentira. Al final permanece una sórdida idea generada con todas estas publicaciones: el extranjero, el migrante, el refugiado, es el enemigo a combatir. ¡Qué lástima que seamos nosotros mismos quienes estemos creando este ambiente prebelicista y antihumanitario! Es para pensárselo dos veces.

Contrastar la fuente de las historias, especialmente si tienen claros tintes racistas, debería ser un hábito. Compartir noticias de dudoso origen sin un ápice de espíritu crítico sólo contribuye a extender la desinformación, generar confusión y acrecentar el odio en una sociedad que ya está de por sí bastante caldeada. Antes de compartir, pregúntate: ¿estás plenamente de acuerdo con ese contenido y quieres que los demás lo sepan?, ¿crees que es verdadero?, y ¿qué pretendes conseguir realmente con ello?

Bien, para ayudarte en esta tarea de comprobación de la verdad, la cuenta de Twitter @malditobulo, que enseguida desenmascaró el caso que he relatado en las primeras líneas, ha redactado una suerte de manual para actuar ante noticias que puedan ser falsas. Estos son sus consejos:

1.- Desconfía de exclusivas de medios que no conoces.

2.- No te quedes solo con el titular.

3.- Cuidado con el “humor”. Hay medios que se escudan en que son “humor” para colar noticias falsas.

4.- Si no tienen fuente, fecha, lugar, no te fíes.

5.- Cuidado con las alertas falsas, que solo provocan miedo y viralización. Ni España está en nivel de alerta 5 antiterrorista, ni existen plátanos con sida. Para verificar este tipo de situaciones, consulta los perfiles en Twitter de @policia y @guardiacivil.

6.- Si la noticia contiene ciertos tintes ideológicos, ten cuidado, pues puede ser inventada. Se suelen recuperan informaciones antiguas, haciéndolas pasar por actuales para crear alarma.

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Los grupos de Whatsapp del cole: ¿oportunidad o riesgo?

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Hace tiempo publiqué en el blog de “La comunicación de las cosas” un artículo sobre este controvertido asunto del que hay muchas opiniones al respecto. Me ha parecido oportuno rescatarlo en este momento, cuando acaba de empezar un nuevo curso y nos tenemos que ver una vez más en la misma tesitura.

Al grano. Tengo dos niñas en edad escolar. Y soy de las que piensa que es fundamental la implicación de los padres en el proceso educativo de los hijos, no “aparcarlos” en la escuela para que les enseñen allí. Por eso, cuando la madre de una compañera de mi mayor me invitó a formar parte de un grupo de Whatsapp con otras mamás de la clase no lo dudé ni un segundo. “¡Esto es genial, poder consultar dudas y estar conectada con gente como yo!”. Ese fue mi primer pensamiento. Hace ya 4 años. Ahora, las cosas se ven de otra manera, y lo que en un principio me resultó tan atractivo, tiene ahora más sombras que luces.

No es que piense que los grupos para padres sean completamente negativos. Whatsapp es una herramienta a priori fantástica para el colegio, puesto que nos permite estar en contacto con las madres (ojo, algún padre también, aunque son la excepción) de los compañeros de nuestros hijos; un contacto de mucha utilidad si lo dedicásemos en exclusiva para a intercambiar información sobre cumpleaños, reuniones, trabajos en grupo, material extraviado o pequeñas dudas. Desgraciadamente, esto es una utopía, y al final ciertas conversaciones terminan por cansarte. Y es que hemos pasado de los corrillos a las puertas del cole a los “corrillos guasaperos”, con todo lo que esto conlleva.

No voy a entrar en el problema más conocido y preocupante, que es el de las críticas a profesores y al centro educativo en el grupo. Más que nada porque, gracias a Dios, no lo he vivido de primera mano. Pero sí en otro que afecta directamente a la educación de nuestros hijos. Hay veces que cuando me conecto a uno de los dos grupos del cole a los que pertenezco me entra un verdadero “complejo de agenda”: aparecen preguntas sobre la tarea del día, sobre qué materiales les han pedido en una determinada asignatura … Y veo madres verdaderamente agobiadas por este asunto, demandando celeridad en la respuesta para que el niño no se quede el día siguiente sin llevar los ejercicios. Ya cuando crecen y empiezan a tener exámenes, circulan todo tipo de mensajes sobre lo que entra o no entra para la prueba y, de verdad, es estresante. ¡Y los temibles deberes! … que nos hacen consultar en el grupo cada vez que hay una duda sobre cómo se resuelven. ¡Terminamos haciéndoles las tareas nosotros!

Sí, he de confesar que yo lo he hecho una vez, y reconozco que llegué a preocuparme para que mi hija no se quedara sin llevar los ejercicios hechos el día siguiente, aunque ella, que se había olvidado apuntarlos en la libreta, estaba tan tranquila; eso sí, a mi enana le quedó claro que aquella vez fue la primera y la última, y se lo recuerdo en cada ocasión que ella misma me dice “pregúntalo a otras mamás por Whatsapp” y yo me niego rotundamente. Con esto quiero decir que la sensación que tengo es que los grupos se han convertido en un verdadero mercadeo de tareas escolares, haciendo que los padres lleguen a ser una suerte de secretarios de sus hijos, preocupados por esa presión social latente por el éxito personal de nuestros vástagos. Que no digo yo que nos despreocupemos totalmente de lo que tiene que hacer el niño, pero estar pendiente no significa asumir su parcela de responsabilidad. ¿O sí?

Como en muchas otras facetas de la vida, con este comportamiento generado por el abuso de una tecnología que no nació para esto, estamos cercenando la libertad y autonomía de los niños al propiciar que deleguen sus obligaciones escolares en nosotros. Porque, piensen fríamente: ¿qué pasa si un día no llevan la tarea hecha al colegio? Lo más probable, que para la siguiente vez estén más atentos en clase, espabilen y lo apunten para no olvidarse. Y es que tan importantes son los deberes como la educación en responsabilidad, una de esas lecciones que, si aprenden de pequeños, podrá ayudarles mucho en la vida. No estamos haciendo ningún favor a nuestros hijos si les sobreprotegemos y terminamos haciendo nosotros su trabajo. Si en el colegio les intentan inculcar ese hábito de la responsabilidad, que empieza por acordarse de hacer los deberes o de qué lecciones entran en un examen, ¿quiénes somos nosotros, padres, para montar una red social paralela que les sirva a ellos como un colchón de seguridad?  ¿De verdad alguien nos ha pedido que nos ocupemos de eso?

Estoy convencida de que lo más importante para la educación de nuestros hijos es hacerles comprender que tienen ciertas obligaciones, y que nosotros estaremos ahí para ayudarles en lo que necesiten, pero no para dárselo todo mascado y regurgitado. Es necesario que entiendan que los padres somos un gran apoyo, pero que ellos deben asumir ciertas responsabilidades, pequeñas, a su nivel. Y que son capaces de hacerse cargo de ellas sin que esté sonando continuamente nuestro móvil, agravando nuestro estrés con cada pitidito. Formemos personas autónomas, y no autómatas dependientes.