Publicado en Periodismo, Política

Je ne suis pas El Jueves

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Vaya por delante que no tengo mucho sentido del humor. ¡Qué se le va a hacer! Pocas cosas consiguen sacarme una sonrisa desaforada, y no me divierten ciertas chanzas que parecen ser del gusto del común de los mortales. No me gustan las gracias que buscan la carcajada fácil con humillaciones, insultos y burlas. Llamadme rara si queréis.

Esta semana hemos conocido la decisión de un juez de investigar al director de El Jueves por un artículo en el que “se pasaron de la raya”, y nunca mejor dicho. Haciendo referencia a la ingente presencia policial en Cataluña, “bromeaban” con la posibilidad de que se agotaran las reservas de cocaína en la zona. Poco más que decir al respecto. Parece que a los propios aludidos no les ha hecho demasiada gracia el tema. Lógico. Donde unos ven una crítica satírica, yo lo único que veo es una descalificación flagrante. Y no, lo siento pero no me hace reír.

Se presupone que, como periodista que soy, debo defender a capa y espada la libertad de expresión. Y así es. Sin libertad de expresión no hay libertad de pensamiento ni tampoco democracia. El derecho a que los ciudadanos puedan expresar y difundir libremente sus opiniones es fundamental para cualquier sociedad desarrollada. Pero la raíz de todo debate radica en algo muy sencillo: no es un derecho absoluto. Habrá que defenderlo siempre, sí, pero únicamente hasta que choca de pleno con otros.

La libertad de expresión tiene límites, y estos pasan por el respeto a la dignidad y el honor de quienes estamos opinando. No es censura, sino sentido común. Si leemos detenidamente el artículo 20 de la Constitución, observamos que de sus cuatro apartados, tan sólo el primero describe este derecho fundamental, mientras que los otros tres se dedican a restringirlo. También lo hace la Ley Orgánica 1/82 sobre el Derecho al honor, la intimidad y la propia imagen. Y traspasando nuestras fronteras, el artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos determina los límites a este derecho al establecer que su ejercicio entraña deberes y responsabilidades especiales, por lo que puede estar sujeto a ciertas restricciones que deberán estar expresamente fijadas por ley.

Por supuesto que El Jueves, Charlie Hebdo, y publicaciones similares pueden publicar lo que quieran. Eso es libertad. Pero también entenderán que puede haber quien no entienda sus gracias y se sienta ofendido por ellas, tomando las medidas que considere oportunas. Eso también es libertad. Y democracia. Y justicia.

Y no, para hacer humor no es necesario provocar tensando la cuerda al límite. No todo vale. Un insulto, una insinuación de una conducta reprobable, no hace honor a la máxima de la práctica periodística: la búsqueda de la verdad. Y daña no sólo al ofendido, sino a la profesión en general. Hay muchos casos honrosos de sátiras geniales sin necesidad de caer en la falta de respeto o la humillación. Quizá el problema sea que eso ahora no interesa, no vende, no vale.

Existe una fina línea entre la corrección plausible y la ofensa. Por ella debe moverse con cuidado un viñetista o comunicador humorístico. Como el niño del globo en el campo de cactus de la imagen de portada. Si es demasiado correcto no hará gracia, pero si se pasa de frenada se volverá ofensivo y realmente tampoco hará reír. Cuando una broma ofende a alguien, en ese momento deja de ser una broma o al menos pierde su gracia. No podemos hacer de la libertad de expresión un paraguas bajo el que cobijar absolutamente todo lo que se nos pase por la cabeza. No puede haber libertad de expresión para una mentira, para un insulto, para humillar a otro. Jamás.

Por eso, yo sí puse en mis redes sociales en 2015 el famoso #JeSuisCharlie, porque no me entra en la cabeza que se asesine a alguien por publicar lo que sea. Pero nunca estuve, ni estoy, de acuerdo con su línea editorial. Tampoco con la de El Jueves. Sencillamente no me hace gracia ver cómo se burlan de otros. Para eso están las leyes que limitan este derecho: para que no pase de ser una plena libertad a un libertinaje absoluto.

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Publicado en Periodismo, Política

Por favor, no maten al mensajero

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

Asisto entre preocupada y atónita a la oleada de acoso y vejaciones que están sufriendo compañeros de la profesión estos días en Cataluña. Un clima irrespirable, en el que ejercer el periodismo libre se ha vuelto prácticamente un acto de valientes con pleno sentido del deber de la responsabilidad para con la sociedad.

El conflicto catalán ha quemado sus naves en la batalla de la comunicación. La lucha por el control de la información es la recompensa que buscan en el botín de la independencia los bucaneros del ‘procès’. Por un lado, con presiones del Gobierno de Puigdemont sobre la prensa local (a la que tienen agarrada por … las subvenciones) y la extranjera (a la que pretenden hacer creer sus propias mentiras). Por otro, agitando a ‘hooligans’ desaforados, que intimidan a los periodistas con gritos y comportamientos más propios de neandertales que de personas civilizadas. Hemos visto zarandeos a las estructuras donde los reporteros realizan sus conexiones, robos de micrófonos en pleno directo a profesionales tan curtidos como Hilario Pino, e incluso amenazas de muerte a Ferreras y su equipo de ‘Al rojo vivo’ cuando salieron escoltados del Parlament (algunos de ellos entre lágrimas).

Se les llena la boca al chillar ese pareado tan poco florido de “prensa española manipuladora”. Quizá embrujados bajo el hechizo ficcionado de la mentira independentista, se olvidan de que, hoy por hoy, la prensa catalana también es española. O jugamos todos, o se rompe la baraja. Aquí manipular, manipulamos todos. Pero bien entendiendo la palabra, sin dobles connotaciones. El ejercicio de informar incluye la capacidad de dar distintas versiones con unas u otras fuentes, exponiendo, presentando una realidad desde una perspectiva. La que sea. Creando estereotipos más o menos válidos. La diferencia entre el ejercicio deontológico de unos medios y otros reside no en su nivel de manipulación éticamente válida, sino en el de la mentira o el uso de la información con fines ideológicos. Es este el debate y no otro.

Estamos asistiendo a un ejercicio totalitario de la libertad de información que es fiel reflejo de la forma de pensar y actuar de los que quieren imponer sus criterios al margen de la ley. Tratan de vender hacia el exterior (incluso con vídeos cargados de patrañas sentimentaloides) la victimista idea del pueblo catalán agredido por un Estado opresor, que a lo largo de los siglos ha expoliado Cataluña. Una ficción que sólo se puede sostener con mentiras … y con control. Ojo de aquel que se mueva, porque no es que no salga en la foto, sino que directamente se lo cargan. Metafóricamente hablando. Quien no sostenga esta tesis, o tenga la valentía de rebatirla con argumentos, es señalado con el dedo, y vilipendiado hasta la extenuación. También en redes sociales, donde el acorralamiento se vuelve terriblemente asfixiante para algunos. Listas negras, ciberacoso, presiones políticas, son el día a día de muchos periodistas en Cataluña. Algo que recuerda “a los años más duros de ETA (salvando las distancias de que allí existía una banda terrorista)”, como señalan desde FAPE.

No hay periodismo sin periodistas, ni democracia sin periodismo. Sin periodistas, sin información plural, veraz, crítica y contrastada, no hay democracia posible. La libertad de expresión (que no el libertinaje), y el periodismo como medio de control del poder político y social son la raíz de todo el sistema democrático. Si lo rompemos, si lo zarandeamos, si lo culpabilizamos y criminalizamos, estamos llegando a otro tipo de regímenes, más propios de las dictaduras y los totalitarismos que de la tan deseada democracia, aquella que se enarbola como la justificación de referendos ilegales pero que luego algunos se encargan de pisotear desde la base. Así no.

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La “primera guerra mundial en Internet”

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

ue vivimos en una sociedad globalizada, donde cada problema local se convierte en mundial, es algo que no se le escapa a nadie. Que en este mundo hiperconectado las nuevas tecnologías juegan un papel fundamental, tampoco. El conflicto catalán no es únicamente una cuestión que afecta a España: más bien es un problema que traspasa nuestras fronteras, y llega a formar parte de esa especie de segunda Guerra Fría que se vive entre Rusia y los países occidentales.

El fundador de Wikileaks, Julian Assange, ha definido este episodio de nuestra historia como la “primera guerra mundial en Internet”. Y creo que es con lo único de lo que ha dicho recientemente con lo que estoy de acuerdo. Los gerifaltes de la Generalidad han utilizado la Red para organizar la pantomima del 1-O. Mientras, ese mismo día, vimos cómo el Gobierno se afanaba por bloquear enlaces, cortar comunicaciones y censurar sitios web. La guerra de trincheras se ha trasladado al ciberespacio. Y nada, nada de lo que se publica en estos días es inocente.

La divulgación de noticias altamente exageradas sobre víctimas de las actuaciones policiales en Cataluña, así como la curiosa proliferación de informaciones que tratan de denigrar y desprestigiar al Estado español frente a la postura de quienes sencillamente se estaban saltando la ley a la torera al ir a votar y propiciar un referendum al margen de toda legalidad, ya se está valorando en la sede de la OTAN. Detrás de todas ellas, un conglomerado de webs prorrusas y perfiles sospechosos en Twitter que han jugado un papel de desestabilización social al que se orquestó durante el Brexit, a favor de Marine Le Pen o de la ultraderecha alemana.

Pero ¿por qué ese interés de Rusia en un asunto que aparentemente es “de orden interno”? Lo que subyace detrás de esta ciberestrategia es un aprovechamiento geopolítico contra Occidente. Putin entiende que apoyando a los movimientos de ultraderecha y separatistas (como es el caso de Cataluña), está debilitando a Europa, socavando su unidad. Tal y como sucediera en la década de los ochenta. La Historia está condenada a repetirse.

Y capitaneando esta ofensiva en las redes sociales, el señor Assange, aliado del Kremlin. Precisamente el fundador de Wikileaks, acusado por EEUU de espionaje y otros delitos sexuales, y que vive desde hace años sin salir de una embajada en Londres para evitar su detención, ha estado especialmente activo estas últimas semanas en la Red hablando del conflicto catalán. Él, junto a Edward Snowden (exinformante de la CIA), y, ¡oh sorpresa! el canal televisivo ruso RT (uno de los principales medios de propaganda de Moscú) encabezan la lista de tuiteros más influyentes en torno al debate sobre el referéndum catalán, según portales especializados en análisis de datos de Twitter. La web Hashtagify, un motor de búsqueda de etiquetas en Twitter, sitúa a estas tres cuentas como las más activas con la etiqueta #Catalonia. De hecho, sólo entre esas tres cuentas se ha publicado un tercio de todo el tráfico tuitero con ese hashtag.

La mayoría de estos tuits están llenos de incongruencias y falsedades, fotografías de otros conflictos, y mera propaganda política. El mensaje más retuiteado (casi 10.000 difusiones) respecto a Cataluña es de Snowden, quien compartió a finales de septiembre un artículo de Puigdemont en el que hablaba de la supuesta “violación de los derechos humanos” que vive Cataluña por “la mano dura de España”.

Estamos en la época de la postverdad, la propaganda y la manipulación con fines políticos. La tecnología y las redes sociales han ensuciado la verdad. Pero nuestra experiencia nos ha enseñado a defendernos de las mentiras, de los datos falsos. La luz del conocimiento es la que debe acabar con las tinieblas de los tejemanejes de quienes quieren dominarnos desde las redes. No caigamos en el relativismo, pero tampoco seamos crédulos. Hoy, más que nunca, urge una conciencia crítica para un buen uso de las redes sociales y de los medios de comunicación en general. Esa será nuestra mejor arma en este nuevo modelo de guerra, la que nos aguarda en el siglo XXI: la guerra mediática.

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De la propaganda nazi a la postverdad catalana

(artículo publicado en Tribuna de Ávila)

En los años 30, un alemán de corta estatura, excelente demagogo y mejor orador, mostró al mundo entero cómo las mejores armas no son las que se utilizaban en la línea de fuego ni en las trincheras, sino en panfletos, periódicos, carteles, mítines, y hasta en producciones cinematográficas. Había nacido la propaganda política, y quedaba meridianamente claro que quien supiera utilizarla de forma correcta podría ganar cualquier batalla. Al menos, la ideológica.

Han pasado casi ocho décadas de aquello, pero esas técnicas que Goebbels promovió en la Alemania nazi siguen, a día de hoy, plenamente integradas en la comunicación de masas. Por eso, hechos como al que asistimos por desgracia en Cataluña el pasado 1 de octubre, nos recuerdan peligrosamente aquella maquinaria propagandística del Tercer Reich, con toda la implicación y carga emocional que esto conlleva. De los once principios que el Ministro de la Propaganda ideó como claves para llevar a cabo sus objetivos, al menos cinco de ellos han sido reproducidos fielmente en estos días, principalmente a través de las redes sociales.

PRINCIPIO DE SIMPLIFICACIÓN Y DEL ENEMIGO ÚNICO. La pretensión de Goebbels era mostrar y repetir hasta la saciedad una única idea, un único símbolo que permitiera individualizar al adversario en un único enemigo. Los nazis se esforzaron en presentar a los judíos como la fuente de los problemas económicos de Alemania. En el caso de Cataluña, los esfuerzos se centran en presentar al Estado español como causante de todos sus males históricos. He leído que España les roba, he escuchado que España se queda con sus riquezas. Mismos argumentos repetidos en entrevistas de televisión, en las escuelas e institutos. Jóvenes que lo lanzan insistentemente a través de los 140 caracteres de Twitter. Chavales que quizá no se hayan siquiera parado a pensar cómo, de qué manera se les está robando: simplemente lo dan por válido. Y se lo creen. Y se lanzan a poner en práctica el PRINCIPIO DE LA TRANSPOSICIÓN, cargando sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque.

Un argumento repetido millones de veces pretenden convertirlo así en verdad. Pero no tiene por qué serlo. Es el resultado del PRINCIPIO DE ORQUESTACIÓN, según el cual la propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas.

Esto entronca directamente con el PRINCIPIO DE LA TRANSFUSIÓN. Por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas. Hoy en día hablamos de ello como la “postverdad”, la forma de crear y modelar opinión pública apelando a las emociones y a las creencias personales. Tocando más las vísceras que la cabeza. Influir a través de la imagen, más que de la palabra. La imagen poderosa, que nos emociona, nos indigna, nos entristece. Y se comparte. Sin importar de dónde viene. Sin importar su veracidad. El gatillo fácil de Twitter.

Y de ahí deriva uno de los graves peligros de las redes sociales: la falta de criterio a la hora de compartir algo sin saber si es o no cierto. Lo que Goebbels llamaba PRINCIPIO DE LA EXAGERACIÓN Y DESFIGURACIÓN. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave. Es el arte supremo de la propaganda, que libra de todo pecado la mentira, si con ella se consiguen los objetivos que se pretenden. De esta manera, las redes sociales se convertían el pasado domingo en un vertedero incontrolado de bulos, exageraciones y burdas mentiras, con el único propósito de victimizar a unos y culpabilizar a otros. Como las personas ensangrentadas con brechas inexistentes y un buen chorro de mercromina. Como las ancianas que se caen por las escaleras y se culpa de ello a un supuesto empujón policial. Como las fotos de revueltas y heridos que se comparten una y otra vez en Twitter, sin importar que sean de otros años, que ni siquiera fueran en Cataluña. Como la imagen trucada del grupo de la estelada que acompaña este artículo (la original no tiene bandera alguna), y que algún humorista pasado de vueltas proponía para el Pullitzer. Como la cadena de WhatsApp del niño de seis años que habían dejado en coma las porras de la Guardia Civil. Como la joven de los dedos de la mano rotos “de uno en uno”, que reconoce finalmente su trampa. Y así, suma y sigue. Esto es lo que buscaban los que han orquestado este esperpento. Poco importaba el referéndum como expresión democrática. Querían sangre y violencia, que todo el mundo viera cómo son tratados por el país del que pretender dejar de ser. Y lo han conseguido. Han ganado la batalla. Lo triste es cómo un Gobierno entero ha caído en su trampa, ha picado en su anzuelo propagandístico, y se ha dejado hacer la cama. Poco importa ya que medios como Le Monde se dediquen a deshacer una a una las falacias en las redes estos días. La idea victimista ha quedado inoculada. Y el virus ya es imparable a estas alturas. “Miente, miente, miente que algo quedará. Y cuanto más grande sea la mentira, más gente la creerá”. Joseph Goebbels, 1936.

Y termino de escribir, y releo lo escrito. Y me entristece y asusta a partes iguales.

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La retórica del terror: cuando las palabras dañan como balas

artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

Esta semana se ha escenificado la pantomima del supuesto desarme de ETA. Y digo “supuesto” porque no estoy plenamente de acuerdo con cómo se ha gestado, ni creo que esto ponga el punto y final a una historia de terror, sangre y muerte.

En estos días, en los que los medios han vuelto a recuperar la dialéctica habitual de las décadas de los 80 y 90, creo necesaria una reflexión acerca del lenguaje que se utiliza en las noticias al hablar de actos terroristas. Y no sólo de ETA, sino más recientemente a la hora de informar sobre atentados perpetrados por el Daesh.

Comienzo con una curiosidad. ¿Alguien se ha parado a pensar por qué la noticia del supuesto desarme se publicaba en un medio británico, siendo una banda terrorista eminentemente española? Lo primero, claro está, por intentar explotar una proyección internacional. Pero también por el tratamiento que suele dar la BBC a este tipo de acciones. No hay en el Reino Unido ninguna duda sobre el carácter criminal de los actos de ETA. Sin embargo, el libro de estilo de la cadena rechaza el término “terrorista” en aras de una supuesta neutralidad, y los define simplemente como “grupo separatista vasco”. Así lo justifican: “Debemos reportar actos de terror, de manera rápida, precisa, completa y responsable. Nuestra credibilidad está socavada por el uso indeterminado de palabras que conllevan juicios emocionales o de valor. La palabra “terrorista” en sí misma puede ser más una barrera que una ayuda para lograr entender algo. Debemos evitar el término sin atribución, y dejar que la gente sea quien lo caracterice mientras nosotros reportamos los hechos tal y como los conocemos”.

Esto ocurre con la BBC. Pero durante años, los propios periodistas españoles también cayeron en la trampa de la dialéctica terrorista. Hablaban entonces de “lucha armada” (que parece ennoblecer al terror), “aparato militar” (que sugería una identificación con las fuerzas armadas de un país), “aparato logístico”, “comandos”. Escuchábamos hablar eufemísticamente del “conflicto vasco”, equiparándolo así a un enfrentamiento histórico entre Euskadi y el resto de España. Para el terrorismo es fundamental incidir con eficacia sobre los medios de comunicación y sobre el lenguaje político, lo que supone la imposición de un vocabulario propio, dirigido a alterar la visión de la realidad de acuerdo con su propia doctrina. La realidad es que no había guerra, ni bandos: sólo un grupo que buscaba infligir dolor y lo justificaba con fines políticos. Los medios de comunicación adoptaron poco a poco todo un lenguaje belicista, con lo que accedieron al juego de los torturadores y asesinos.

Mala praxis. Hay determinados temas lo suficientemente delicados, como lo es el del terrorismo, en los que los periodistas no pueden hablar de neutralidad y objetividad. La unión de toda la sociedad contra el terror debe ser común, e incluye también a los medios. La indefinición del lenguaje termina por definir de alguna manera al periodista, al programa y al medio. Y estas posturas están, sin duda, facilitando la desinformación y la distorsión de la realidad.

Ahora, ETA ya no está (afortunadamente) en la primera línea de la actualidad. Pero el terror sigue, en forma de atentados del Daesh. Sí, y digo Daesh porque me niego seguir el juego de quien quiere vendernos que son ‘Estado Islámico’, que son algo más que un complejo y completo grupo de terroristas organizados como si fueran un ejército. En un mundo completamente mediatizado, en el que las nuevas tecnologías de la comunicación son esenciales, estos terroristas apuestan por la propaganda, al más puro estilo del Goebels de la Alemania nazi. Por eso, es fundamental que no les dejemos ganar la batalla del lenguaje.

Los atentados suicidas no son inmolaciones, pues este último término revela una supuesta justificación noble de quien ejecuta el acto. Las acciones que llevan a cabo no son de la Yihad, pues este vocablo tiene una fuerte connotación religiosa, cuando sabemos que el Islam es una religión completamente alejada de toda violencia y busca la paz. Y no, no podemos hablar de Estado Islámico, puesto que se trata simple y llanamente de un grupo terrorista, y no de un Estado, e insistimos: no representa al Islam. Son, sencillamente, criminales asesinos, integristas radicales. Terroristas, no mártires.

Por eso se retuercen cuando se les nombra como Daesh, pues comprueban los daños que puede hacer el lenguaje en el imaginario colectivo. Este acrónimo árabe es plenamente peyorativo por la cercanía fonética de palabras como ‘Daes’, que significa “el que aplasta algo bajo sus pies” o ‘Dahes’: “el que mete cizaña”. Además, en su forma plural, ‘Daw’aish’ define a una agrupación de intolerantes que impone su punto de vista sobre los otros. Por eso, cuando escuchan esta palabra, los terroristas están tomando de su propia medicina.

Debemos aprender de nuestros propios errores. Los fallos que cometimos durante la sangrienta historia de la banda terrorista ETA no podemos cometerlos ahora con el nuevo terrorismo del siglo XXI. Ahora sí que estamos en una guerra total: la del lenguaje. En nuestras manos está saber quién se alzará con la victoria final.

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De Misas y televisiones

(artículo publicado en Tribuna de Ávila) 

“- España es un Estado jedi.

– ¿Ah, sí? ¿Dónde lo pone?

– Ahí, en el mismo párrafo que dice que es un Estado laico”

Es un chascarrillo que publicaba hace unos meses mi buen amigo Txomin para hablar de laicismo, laicidad y aconfesionalidad. Tres términos similares, pero con matices bien distintos. Una gracieta que sirve para ilustrar el pretendido debate que ha querido poner sobre la mesa los amigos de Podemos, acerca de la conveniencia de suprimir las Misas en TVE.

Suprimir las Misas. Porque, dice Iglesias, “nuestro país es un Estado laico”. Ya siento contradecirle. Nada más fácil que leer los primero párrafos de la Constitución para darse cuenta del error. Más bien somos un Estado aconfesional, en el que ninguna confesión tiene carácter estatal. No es lo mismo. Yo sé que le gustaría que España fuese un Estado laico, señor Iglesias. Mucho mejor si fuese plenamente laicista, ¿verdad? Pero la realidad es que, a día de hoy, con la ley en la mano, no lo es. Ni lo uno, ni lo otro.

Suprimir las Misas en televisión, quieren. La liturgia católica. Del resto de espacios religiosos, ni mú. Porque sí, también se emiten en La 2 cada domingo programas de las confesiones judía, musulmana, protestante. Incluso podrían emitir sus ritos, si así lo propusieran, pues es potestad de cada confesión decidir los contenidos que ellos mismos sacan en antena. Que las Misas televisadas en una cadena pública no son un privilegio de la Iglesia católica es un hecho penamente constatable. ¿Que sus espacios cuentan con más duración que otras confesiones? Cierto, pues se valora según el porcentaje de implantación de cada credo en el país. ¿Dónde está el problema?

Ellos, los de Podemos, aducen que estos espacios incitan al odio, que emiten “pensamientos propios de la Edad Media”. Evidentemente, son opiniones de quienes no han ido a Misa desde hace mucho, ni saben lo que en ella se puede decir o hacer. ¿O quizá la señorita Montero o el señor Echenique son parte de ese porcentaje respetable de audiencia que conectan el domingo con “El Día del Señor”? Porque, para emitir ciertos juicios, algo habrán tenido que escuchar de primera mano. ¿O no? Hablar de oídas es dañino e injusto. Y falta a la verdad.

Y no entienden lo que significa el servicio público que una televisión como TVE puede y debe hacer. Una televisión que está al servicio de todos los españoles. De todos. Sin excepción. De los de izquierdas y de los de derechas. De los ateos, pero también de los católicos. De los que van a Misa, y de los que no van, pero también de los que no pueden ir por enfermedad. La Misa televisada no es un programa al uso, un “reality de la fe”: no sólo se ve, sino se participa en ella, formando parte de una gran familia común. Y, aquellos católicos que, por lo que sea, no puedan acercarse a una iglesia, tienen derecho a disponer de ello. También por un canal público.

Televisión Española tiene dos canales generalistas con una clara vocación de servicio. Es una televisión que pagamos todos los españoles. Y no hay que olvidar, amigos de Podemos, que los católicos también pagamos religiosamente nuestros impuestos (nunca mejor dicho).

Y ojo, pues si es un problema de distribución de impuestos públicos, deberíamos someter a votación popular todo aquello que quieren los contribuyentes que se financie o no con su dinero. Quizá no quieran las Misas televisadas, podría ser. Pero más de uno se podría llevar un cierto sustillo con otras partidas que a muchos no nos gustan que se lleven a cabo con nuestros impuestos. La diferencia es que algunos entendemos que en democracia debe haber cesiones y concesiones por el bien común, el bien social, aunque no estemos de acuerdo.

Si no es una cuestión de audiencia, si no es una cuestión de privilegios, ¿por qué quieren defenestrar uno de los programas más antiguos de TVE? Quizá el interés no esté realmente en salvaguardar la identidad y la pluralidad de la televisión pública (que no estatal). Quizá los que claman por evitar supuestos contenidos de odio lo que consiguen es despertar soterrados enfrentamientos ‘guerracivilistas’, anticlericales, ‘quemacuras’. No creo que esto sea la cultura de la bondad que quieren, supuestamente, promover.

Por eso, más allá de diatribas sobre lo que debe o no emitir la televisión de todos los españoles (de todos, sin excepción), seamos un tanto críticos para saber discernir la ideología, los planteamientos y las intencionalidades que subyacen detrás de una propuesta que, sinceramente, no creo que sea la mayor preocupación existente en nuestro país en este momento. Y, mientras tanto, para los que no comulgan ni en Misa ni con la Misa, les recomiendo poner en práctica el ejercicio más democrático de todos: el del mando a distancia. Prueben a cambiar de canal los domingos por la mañana. Pero déjennos al resto que podamos seguir practicando nuestras creencias de forma libre. Respeto, lo llaman.

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La comunicación no verbal de los políticos

(artículo publicado en La Comunicación de las Cosas)

En política todo está medido, tanto lo que se dice como lo que se muestra. Y es que el primer objetivo de un candidato en una campaña electoral no es derrotar al adversario, sino ganarse a la audiencia, cautivarla y moverla a la acción. Es una cuestión emocional, no racional, ya que tratan de persuadir a ese más del 30 % de personas que aún no tienen decidido su voto, que van a resultar a la postre decisivas para no llevarnos a unas terceras elecciones. Y cada gesto, por mínimo que sea, cuenta. Por eso, hemos querido en este inicio de campaña estudiar a fondo a los cuatro grandes candidatos a Presidente de Gobierno, para ver cómo se manejan en esto que llamamos comunicación no verbal.

ACTITUD GESTUAL Y POSE

De entre todos ellos destaca sobremanera Pablo Iglesias. Es el verdadero experto en lenguaje gestual y dominio del ambiente televisivo. Iglesias busca siempre intimidar, llenar la pantalla con su imagen. Quiere ser el “macho alfa”. Cuando está de pie, separa mucho las piernas y pone las manos como los vaqueros a punto de disparar; es una aclásica postura de dominio para “hacerse más grande”, o dar la sensación de que controla la situación en la que se envuelve. Cuando se sienta, se relaja, echa el brazo detrás del respaldo de la silla, se siente confiado y así se muestra. Pero tiene un fallo grave: su expresión. Siempre está enfadado, o al menos lo parece. Presenta el entrecejo fruncido, la mirada en tensión, encorvado hacia delante, lo cual le resta fuerza y seriedad. Sabemos que está trabajando en ello, pero de momento la sensación que produce es de ser el candidato “eternamente enfadado” y excesivamente agresivo. Y eso le puede pasar factura.

No se queda muy atrás Albert Rivera, cuyos gestos y su cuidada postura le convierten en el más elegante de los cuatro candidatos. No en vano, el experto en análisis de conducta y comunicación José Luis Martín Ovejero considera que, a nivel de comunicación, “no hay ninguno mejor”. “Tiene una gestualidad muy comprometida con su mensaje y eso transmite mucha credibilidad, no manifiesta dudas. Cada palabra la acompaña con sus aaaaaaaagestos y así llega mucho mejor. Además, siempre mantiene una postura muy erguida, no se encoge, lo que daría sensación de temor o de huida respecto a ciertas preguntas; no retrocede físicamente ante temas que podrían serle más controvertidos; y la mirada es directa hacia el interlocutor, no se le descubren vistazos descendentes propios del temor o la vergüenza”, explicaba en El Mundo. Mueve mucho las manos, enfatizando su discurso, y muestra una importante seguridad en sí mismo a la hora de proyectar una mirada a su interlocutor, lo cual, unido a un impecable uso del lenguaje y una marcada educación a la hora de hablar, le convierte en un seductor innato. Sin embargo en los debates televisados hemos comprobado que los nervios suelen jugarle una mala pasada: comienza a bailotear de forma compulsiva, se mueve en exceso y desequilibra su postura, lo cual acaba afectando a su modo de hablar y altera su ritmo de discurso. Rivera ha confesado que está trabajando en ello con un coach personal, consciente de lo mucho que se juega a la hora de saber transmitir con su imagen.

El caso de Mariano Rajoy es más complejo. Dicen que el Presidente del Gobierno en funciones, experto en el campo político y con una dilatada experiencia, gana mucho en las distancias cortas; sin embargo, en los debates o las intervenciones televisadas no se encuentra agusto, por lo que es incapaz de transmitir cercanía, no llega a conectar con el aaaaaaaaavotante potencial. Rajoy muestra aparente serenidad en su rostro, inalterable. Este aspecto le resta frescura y le impide empatizar con su interlocutor, pues bloquea la comunicación de emociones y sensaciones. Le cuesta sonreír. Sin embargo, sabe modular perfectamente su tono de voz, imprimiendo positividad y amabilidad a su mensaje, por muy duro que este resulte. Él es consciente de que la victoria solo se obtiene cuando consigues componer un discurso civilizado, no solo en el fondo, sino también en las formas. Por otra parte, el Presidente gesticula más bien poco (quizá para no mostrar nerviosismo, como le pasa a Rivera), pero sí suele apoyar mucho sus palabras con las manos, especialmente con el inquisitivo dedo índice. A veces se lleva la mano al pecho, enfatizando su discurso para mostrar sinceridad y honestidad sobre lo que está diciendo. Y algo que le alabamos: mira directamente a quien le habla cuando el tono de la conversación lo requiere, manteniendo esa mirada, demostrando seguridad y valentía.

Y Pedro Sánchez. ¿Qué decir de Pedro Sánchez? Que es guapo. Y lo sabe. Que es seductor. Y lo sabe. Que tiene “charme”. Y lo sabe. Y todo ello lo explota. Demasiado. Tanto que el físico ha engullido el mensaje, hasta el punto de que cuando hacen esas encuestas a pie de aaaaaacalle sobre qué opinan de un candidato, la frase más repetida para el del PSOE es que es guapo. Y punto. Nada más allá de su empatía, de su mensaje, de sus ideas. Y como es guapo, y alto, y bien plantado, su pose es perfecta. Erguido, seguro de sí mismo, tiene un absoluto dominio del espacio físico para buscar cercanía con el público (lo que comúnmente se denomina proxemia). Sin embargo en sus gestos vemos cierta artificialidad, una naturalidad muy impostada. Su tono de voz es casi de locutor, como si estuviera publicitando un producto, lo cual genera la impresión de que su discurso queda enlatado, poco fluido, sin entusiasmo.

LOS TICS

Si hablamos de gestos compulsivos, Albert Rivera se lleva la palma. Es muy característica14441457230540
la pose de sus manos, siempre la misma: como si acabara de abrocharse la chaqueta, pasa la mano izquierda bajo la derecha, escondiendo el pulgar. Él mismo, en el programa que realizó recientemente junto a Susana Griso, admitió que no sabía dónde colocar las manos, y que el gesto le salía sin él pretenderlo. A veces cambia este gesto por el que simula “lavarse las manos”. En realidad todos ellos constituyen una vía de escape para sus nervios, le muestran expectante, en tensión.

Pasamos a Pablo Iglesias. El líder de Podemos tiene dos gestos muy característicos. El aaaprimero de ellos es la forma mecánica de mover brazos y manos para enfatizar su discurso. Siempre de las misma manera, tipo muñeco. Y siempre, siempre, con algo entre los dedos, como el tan comentado boli Bic. Esto le permite calmar los nervios mientras juguetea con el objeto. Por otra parte, tenemos el exceso de pestañeos; según los informes internos de su propia formación política, Iglesias “suele superar los 45 pestañeos por minuto y, en ocasiones, llega a los 75. Pestañear mucho transmite nerviosismo/inseguridad o bien que se está mintiendo. Se recomienda cuidar este aspecto”.

Hablando de pestañeos, Rajoy también cae en esta mala costumbre, y a veces con un aaaaaaaaaamovimiento exagerado. Es más: suele guiñar su ojo izquierdo cuando está defendiendo una idea o defendiéndose de una acusación. A ello se le une la lengua, que mueve por las comisuras de los labios en bastantes ocasiones, lo que parece mostrar que tiene la boca seca ¿por los nervios? Y, al igual de Iglesias, el candidato del PP suele utilizar un bolígrafo entre sus dedos para serenarse, solo que en este caso no es un humilde Bic, sino una pieza más sofisticada.

Y a Sánchez … pues no le he encontrado tic alguno, salvo un breve guiño de ojos, subida de cejas y gestos faciales seductores similares. ¿He dicho ya que sabe de sobra lo guapo que es?

TOTAL LOOK

aaaaaaaaaaa.jpgSon políticos a la antigua usanza, y se demuestra en su forma de vestir. Tanto Rajoy como Sánchez son fieles a los trajes. Especialmente el Presidente del Gobierno en funciones, quien no suele salirse de este tipo de look (salvo cuando sale a correr por las mañanas, claro). El protocolo obliga, y él representa a un país, por lo que la imagen de seriedad que aporta el traje es fundamental. De corte clásico y con camisas a medidas, el candidato popular no arriesga, y va a lo seguro. Complementa su imagen con corbatas anchas, preferiblemente de tonos claros (como el azul corporativo de su partido).

Pedro Sánchez también suele llevar trajes, aunque, a diferencia aaaaaaade Rajoy, él los leva de tipo slim fit, ajustaditos, más modernos. Eso sí, los reserva para debates y ocasiones especiales. En los mítines y apariciones televisivas, es fiel a una imagen más desenfadada, pero siempre con un elemento común: la camisa blanca. Remangada perfectamente doblada hasta el codo, el líder del PSOE no se separa de ella, lo cual le ha servido para ser carne de memes. Da igual: no le falla nunca.

Albert Rivera también usa trajes, aunque suele dejarlos para las grandes citas, como img_jsilvestre_20160607-094322_imagenes_lv_terceros_rivera-kgtB-U402338208052aUD-992x558@LaVanguardia-Webdebates en televisión y similares. Clásico, impecable, y de corbata estrecha, el candidato “naranja” remata su look con impolutos zapatos de vestir. En ocasiones le hemos visto sin americana, pero con camisas con la raya perfectamente marcada. Y con un aspecto más informal en los mítines y programas de televisión de corte humorístico (tipo “El Hormiguero”), donde cambia la formalidad de un sastre por los cuidados polos de Massimo Dutti, que le dan un aspecto más desenfadado pero arreglado.

Especial mención merece el cambio de Pablo Iglesias en estos últimos meses. Tras su comentado smoking de la gala de los Goya, el líder morado ha aceptado una prenda a la que siempre había renunciado casi por principios: la corbata. Como buen politólogo que nunca deja nada al azar, la elección de la ropa de Iglesias siempre ha estado cargada de Pablo-Iglesias-nuevo-prime-dias_129500167_5864509_1706x960simbolismo; la camisa remangada o las zapatillas (look con el que incluso ha llegado a presentarse ante el Rey) le acercaban al aspecto de la gente de la calle y le alejaban de lo que él llama “la vieja política”. Pero generaba dudas entre quienes consideraban que no era una forma correcta de vestir para alguien que aspiraba a la Moncloa. Ahora, aconsejado por sus asesores, aparece siempre con corbatas estrechas, con las que, de cara al 26-J, pretende conectar con los mayores de 50 años, proyectando una imagen “más presidenciable”. Por otra parte, sin perder las señas de identidad que le caracterizan, Iglesias cuida ahora más su peinado para no dar un aspecto desaliñado. Siempre lleva gomas del mismo color de su pelo en su sempiterna coleta, la cual suele preferir peinarse con raya en medio para no dar aspecto de “casco de pelo”, tipo Playmovil. Lo dicho: cualquier detalle medido hasta el extremo.

QUE NO FALTEN LOS COMPLEMENTOS

La imagen clásica y profesional de Rajoy se refuerza con la simplicidad de sus aaaaacomplementos. Poco más que su alianza de casado y un reloj Tissot en su muñeca izquierda, acompañado siempre de sus necesarias gafas de montura fina. Sánchez, por su parte, muestra las muñecas desnudas, sin reloj. Cero complementos, cero problemas de imagen. Simple.

Rivera no se separa desde hace un año de su llamativo aaaaSwatch, un modelo asequible a todos los bolsillos, con el que el líder de Ciudadanos deja de lado el lujo individual que mostraba en sus anteriores relojes de Armani o TW Steel para mostrar más austeridad en tiempos de crisis económica. Con el naranja corporativo de su formación política, siempre destaca en su muñeca en debates, mítines y cualquier acto oficial.

Por su parte, Pablo Iglesias siempre suele llevar algún adorno en su muñeca, pero pocas aaveces le hemos visto con reloj. Siguiendo una tendencia modernista y desenfadada, apuesta por pulseras como las que hacíamos de pequeños. De hecho, siempre lleva una azul y negra de hilo y varias finas de cuero, en ambas manos. Eso sí, sus asesores han conseguido que se quite las gomas del pelo de repuesto para su coleta que solía también portar en sus manos.